Nuestra lengua (1922)
DEL MISMO AUTOR:
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Nuestro preceptismo literario (1924) .................
ARTURO COSTA ALVAREZ
El castellano
en la Argentina
1928
Derechos reservados
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<= de a Ss 4-% s VA te ES INDICE GENERAL INTRODUCCIÓN Páginas Una ojeada al panorama . . . . . . . . . . . . +... 9 EL ESTUDIO La obra de los últimos veinte años . . . . . . . . . +. + 17 La contribución filológica argentina . . . . . . . . . + 51 LA ENSEÑANZA La acción social solidaria . . . . a a 59 El campeón del castellano en la ArecnMOR PEREA 63. EL RÉGIMEN La libertad americana en la lengua castellana . . . . . . 71 La Academia Correspondiente . . . . .. +... . . .. 81 LA EVOLUCIÓN La influencia extranjera en nuestro castellano . . . . . . 89 Albores de argentinismo . . . . . . .. . . . ... . 0. 95 Crepúsculo de españoliamo . . . ... .. . . .. .. 99 LEXICOGRAFÍA La cosa, la idea y la palabra . . . . O La definición, el significado y la acepción E El último diccionario de la Academia . . . . . . . . . +. 117 Los vocabularios de americanismos . . . . . . . . . . . 133 Una obra maestra de lexicografía . . . . . . . . . . . 139 El diccionario ideológico de la lengua . . . . . .. . . 1465 Disparatorio enciclopédico . . . . . +... +... .. . «.. 1732 GRAMATOLOGÍA La neogramática del castellano . . . . . . . . +. . . . 181 La enseñanza de la gramática . . . . . . . . . . . .« . 211 El uso del artículo . . . . . . .. . . .. . . . .. 233 El uso de la preposición . . . . E O La última gramática de la esdonifá sóázx sz... . . . 2607 * ETIMOLOGÍA Etimología y etimomanÍía . . . . . +... . +... .. . 275 Treinta etimologías de «gaucho» . . . . . . . +... . . 285 LINGUÍSTICA La lingúística al uso del arqueólogo . . . . . . . . . . 313 Una lengua curiosa: el papiamento . . . . . . . . . . . 319 La pobre Hache, letra para todo servicio . . . . . . . . 325 APÉNDICE Un libro afortunado . . . . . .... . . . . +. +. . . 333 Temas tratados . . . . . . . +... . . . . . . . . . 341
Autores citados . . . . . .. +... . . +. +... . ... 3435
Introducción
Una ojeada al panorama
«El libro que uno escribe es una carta que envía a un lector desconocido; y esta carta nunca se pierde, alguna vez llega al fin a su ignorado destino». Esto ha dicho no sé quien, y lo repito porque es verdad, y una verdad bien dicha. Un libro es una confidencia, la voz de un alma que llama a otra, a través del espacio y del tiempo; y el autor encuentra a su lector cuando un anhelo común los aproxima y una satisfacción común los une. A este lector presunto quiero decir algo aquí, aparte, para. ponerlo entre las cosas y yo, y más cerca de mí que de las cosas, antes de empezar a hablar de ellas.
Quiero decirte, lector, que, en el caso de este libro, nuestro anhelo común es ver refinado en todos el maravilloso instru- mento del lenguaje; y que nuestra satisfacción común resul- tará del esfuerzo que, para realizar ese anhelo, hagamos los dos unidos: yo, el autor, con mi función; tú, el lector, con tu aten- ción. Está, pues, en mi interés asegurar esta atención tuya, y por eso te pido que, antes de leer el libro, vengas conmigo a echar una ojeada al panorama sobre el cual la obra se des- arrolla.
Estamos en la orilla del vasto campo donde, bajo un cielo luminoso, la humanidad concentra su actividad intelectual. Al internarse en él nuestra vista van surgiendo acá y allá, unos tras otros, los recintos en que cada ciencia y cada arte guarda los tesoros de sus triunfos en la empresa de conocer e imitar a la Naturaleza; recintos atrayentes por lo que muestran a través de las caladas verjas que los circundan, y accesibles por los: amplios pórticos que abren en ellos las obras maestras, las más grandes creaciones del genio y del ingenio humanos. Y acá y allá, en todas partes, vemos circular sin tregua a la muchedum- bre de los que andan de recinto en recinto, por las vías del es-
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tudio, en eterna busca de explicaciones sobre el misterio del mundo; unos moviéndose pesadamente bajo la carga de sus du- das, otros deslizándose leves sobre las alas de sus creencias, y todos contentos de ver que se abren para ellos esos repositorios del conocimiento, donde se ponen en contacto directo con los hechos.
Desde la orilla del campo, sobre la cual desbordan las más nuevas especializaciones de la Ciencia y las más recientes divi- siones del Arte, vamos andando también nosotros en dirección al centro, al núcleo primitivo de la agrupación, al sitio donde se alzaron antaño los templos de la Escolástica; y al llegar a este paraje, el paso se nos demora ante las ruinas de esos mo- numentos medievales, que contemplamos con respeto pero no <on pena, hasta que nos para de pronto la sorpresa de ver en medio de esas reliquias, en pie todavía, los vetustos torreones de la Metafísica racional, de la Teología revelada, de la Dialéctica ergotista, de la Retórica formulista y de la Gramática doc- trinaria.
Esto, lector, nos cambia el ánimo, nos hace contemplar no ya con respeto sino con pena tales supervivencias de la época primitiva, en que el gobierno teocrático era el único posible para la humanidad ignara, y por tanto crédula ; sistema que, alterado en la forma pero mantenido en el fondo, subsiste cuando, en la edad media, la Escolástica establece el Dogma por principio y la Doctrina por método, a fin de enseñar al hombre a encas- tillarse en el Artículo de Fe para rehuir sus dudas, y a defor- mar, para amoldarlos a la Razón, los hechos de la experiencia. Estos vetustos torreones, resabios persistentes de esa organiza- ción escolástica, prueban que el hombre es ignaro y crédulo to- davía; y de ahí nuestra pena al contemplarlos.
Un rumor creciente, que acaba por definirse en intermina- ble vocerío, nos atrae y nos lleva hacia uno de estos torreones, el de la Gramática, que domina el recinto de la Lengua. Una muralla de imponente altura, obra de dos mil años de estratifi- cación progresiva, rodea este recinto y extiende junto a sí una ancha sombra; y en esa muralla no hay vanos, no hay pórticos ni portones, no hay sino uno que otro portillo obscuro y estre- cho, sólo accesible para los sacerdotes y catecúmenos de la orto- doxa secta. Una densa corriente humana, incesantemente reno-
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vada, pasa al pie de esta muralla clamando por libre acceso al recinto en que están los hechos de la lengua ; mientras en lo alto de la valla infranqueable los guardianes del tesoro, apostados en almenas, responden a los clamores soltando a la muchedum- bre, para aplacar su hambre de conocimiento, los mendrugos de las reglas gramaticales y de los preceptos léxicos, especie de pan ázimo, de maná ritual para el espíritu, insípido, apelmazado e indigerible para el cuerpo. La muchedumbre muerde este pan, advierte su insubstancia, lo rechaza y lo convierte en proyectil, lanzándolo contra los gramáticos que, impasibles, replican vol- cando sobre la corriente nuevas hornadas del litúrgico mante- nimiento.
El espectáculo invita a meditar. Hagamos eso, lector, sen- tados los dos aquí, sobre este sillar saliente fronterizo, desde el cual la mirada abarca el cuadro y al cual llega la sombra de la muralla. Esta muralla, baluarte de los gramáticos, impide al estudioso el conocimiento de su lengua, le substrae los hechos y no le da de ellos sino una elaboración pragmática. Mientras esta muralla exista, el estudioso no conocerá su lengua, no podrá usar «le una manera consciente los recursos que ofrece. Habría que transponer esta muralla, abriendo una brecha en ella, para po- der llegar hasta los hechos, a fin de analizarlos, determinar su característica y explicar su naturaleza, no por el dogma sino por la razón. ¿Será hacedera esta empresa? Sí, lector; es sim- ple cuestión de estudio abrirle vías al conocimiento. Anímate, y libremos el asalto de consuno: yo con mis fuerzas, tú con tu estímulo.
Empecemos por explorar la valla, por escudriñar los mate- riales de esta obra escolástica. Examinemos el desarrollo de la gramática latina, desde Varrón hasta los humanistas, y el de las gramáticas de las seis lenguas más usadas, desde los huma- nistas hasta hoy. Vamos extrayendo de los principios y de los métodos de esas obras el conocimiento de la substancia y de la forma de las estratificaciones de la muralla. Una vez en pose- sión de este conocimiento, escarbemos pacientemente con las uñas las junturas de las piedras, aferremos los bordes con de- dos tenaces, hagamos con los brazos fuerte palanca, y he aquí que, unas tras otras, las piedras se mueven, se desencajan, vaci- lan y caen, y la brecha queda abierta. Pasemos, lector, por ella.
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Henos ya en el recinto en que están los hechos de la len- gua. Estos hechos, divididos en grupos, ofrecen a los ojos una clasificación; y a poco andar descubrimos que la clasificación es: formal puramente: no en la índole del hecho sino en su figura. es donde se ha buscado su característica, En el terreno grama- tical, el principio de organización no es la función de la pala- bra sino su estructura; en el terreno léxico, igualmente, el prin- cipio de ordenación no es el significado sino la escritura. De ahí la falta de levadura que hace ázimo el pan de las reglas. gramaticales y de los preceptos léxicos. Esta comprobación, lee- tor mío, nos planta de golpe frente a la más dura dificultad de nuestra empresa: desentrañar la función gramatical y el sig- nificado esencial de las palabras. Ruda lucha habrá que librar contra la natural resistencia de las cosas a revelar su íntima. condición; y muy bien templadas armas necesitaremos para po- der vencer en ella. A Dios gracias, tenemos a mano estas armas, en la obra de los lógicos que, después de la Escolástica, han ex- plicado la relación de las ideas con los términos, desde Locke y Leibniz hasta Stuart Mill y Spencer; en la obra de los psicó- logos que han descripto sociológicamente la función del len- guaje, desde Herbart y Steinthal hasta Ribot y Wundt; y en la obra de los lingilistas que han coordinado las formas de las lenguas, desde Grimm y Bopp hasta Jespersen y Meyer-Liibke. Libros son éstos, de tal potencia lumínica que, como rayos an- ticatódicos, traspasan la envoltura concreta del lenguaje para poner al descubierto el recóndito núcleo que da su razón de ser a las formas y a las relaciones de las palabras.
A la luz de estos fanales vamos haciendo cómodamente dentro del recinto nuestro acopio de hechos característicos; tan cómodamente que en cualquier momento podemos desviar la atención de la tarca para ponernos a recoger acá y allá, en las diferentes lenguas examinadas, interesantes muestras de otros hechos, no ya castellanos sino lingúísticos; como entretanto po- demos también, de tiempo en tiempo, dar esparcimiento al ánimo observando el continuo tropezar y trastrabillar de los doetos gramáticos y lexicógrafos obececados por el dogma, y los ridículos tambaleos y tumbos de sus émulos indoctos. También de esto vamos tomando nota, para que nos aproveche, porque la sabiduría consiste en la superación de errores.
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Considerable es el acervo de datos que nos llevamos al sa- lir del recinto de la Lengua. Sentémonos, lector, otra vez, sobre el sillar saliente, para deleitarnos en contemplar y hurgar nues- tro tesoro. Al revolver sus materiales advertimos que a la gran cantidad de ellos se agrega su mucha variedad. Volquemos la alforja sobre el suelo para esparcir su contenido y clasificarlo en grueso; así podremos echar una ojeada al conjunto, que es también parte del panorama. Dos grandes montes han formado los materiales de Lexicografía y de Gramatología, y en torno -de ellos se apiñan en montículos los relativos al estudio cientí- fico, a la enseñanza, al régimen y a la evolución del castellano entre nosotros; y en la orilla del grupo nuevos montículos sur- gen con datos sobre la investigación etimológica y otros temas lingúísticos de interés general. Habrá que dar forma orgánica a todo esto para apreciarlo mejor; y habrá que escribirlo luego para que instruya y recree también a otros. Pensemos un poco -en esta nueva empresa, mientras recogemos los materiales y los volvemos a la alforja. Indudablemente el escritor complementa al investigador, y en este caso el libro sería el coronamiento del esfuerzo.
Ahora, lector, con esta idea en la mente y con el tesoro a cuestas, tomemos el camino de regreso. En tanto que así an- «damos, sintiendo ya satisfecha nuestra curiosidad científica, de- mos la debida satisfacción al anhelo estético, observando al pa- sar por los dominios del Arte, en el recinto de las Letras, un «detalle más del panorama: la manera de ser del escritor que quiere influir a un tiempo en la razón, la imaginación y el sen- timiento. Tratemos de descubrir el secreto de su arte, lo que nos aprovechará también. Detengámonos, pues, un momento ante el escritor sobrio en palabras, porque las ideas de suyo y por sí vibrantes no necesitan música de cascabeles; ante el escritor preciso en sus términos, porque el pensamiento claro exige el lenguaje exacto; ante el escritor llano en sus giros, porque la sencillez es el mejor medio de acentuar las formas; ante el es- eritor ordenado en sus períodos, porque el rumbo fijo es ya la meta vista de lejos; ante el escritor desenvuelto en su expresión, porque el paso ágil salva los hoyos y las piedras del camino. De- tengámonos sobre todo, y por más tiempo, ante el eseritor que transfunde su espíritu a su obra, para hacer de ella no un sim-
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ple inventario de hechos sino también un relato de las impre- siones que éstos le causan, al realizar o al frustrar sus anhelos. Veamos cómo este escritor deja por eso que la razón con sus. dictados, el sentimiento con sus impulsos y la imaginación con sus visiones agiten continuamente la masa inerte de los hechos; veamos cómo procura moderar estas fuerzas rehuyendo las afir- maciones absolutas, las prevenciones fijas y los devaneos qui- méricos; veamos cómo trata de confortar a su ánimo en los re- veses mostrándole la vis cómica que en toda cosa puede hacer grato lo ingrato; veamos, en fin, cómo se esfuerza para impedir que el desengaño, ante la indiferencia ambiente, trabe la ex- pansión de sus ideales, suprema florescencia del espíritu. Lector, la ojeada al panorama ya está dada. Por ella te has enterado del con qué y del cómo te escribo este libro; del porqué y del para qué sólo podrá enterarte con fidelidad el libro mismo, por cuanto, en materia de móviles y propósitos, la. verdad la dicen siempre los actos y nunca las intenciones.
El estudio
La obra de los últimos veinte años
Tal como la luz brilla en medio de la obscuridad, así está la libertad, limitada en todas direcciones y envuelta por la nece- sidad. Este admirable símil no es mío, pero me lo apropio para. representar el espíritu de nuestras publicaciones sobre la len- gua en la parte que puede llamarse típicamente argentina. Ca- racteriza a esta producción un anhelo de emancipación de las formas castellanas, que tropieza con la sujeción forzosa a tales. formas, puesto que en el castellano mismo es donde intentamos. realizarlo. Y la vehemencia de este sentimiento, exaltado por el obstáculo, nos ha hecho resbalar sobre la emancipación hasta. la independencia, en el magnífico campo de deportes intelectua- les que se llama la Teoría, induciéndonos a pensar que, si des- naturalizáramos nuestro castellano mediante aportaciones ex- tranjeras y vulgarismos nacionales, con el tiempo llegaríamos a. tener un idioma propio. Esta exaltación del sentimiento, aliada a nuestra tendencia atávica a resolver teóricamente los proble- mas prácticos, es lo que explica nuestra expresión «idioma na- cional», nuestra cuestión de la lengua, nuestra afición al re- busco de etimologías indígenas, nuestra debilidad por el uso de expresiones jergales, y nuestra fabricación de vocabularios de: argentinismos. Chispas de libertad todas éstas, que brillan so- bre un fondo cuya característica es otra: la necesidad; porque en nuestra producción sobre la lengua la cultura nos ha im- puesto una prédica continua del estudio del idioma, una correc- ción constante del lenguaje y una elaboración permanente de textos preceptivos y críticos para la enseñanza histórica, gra- matical y léxica del castellano.
Naturalmente, si nuestro anhelo de libertad en la lenguz no se ha realizado aún es porque todavía no hemos atinado en la elección del medio conducente. Y aquí hay que hacer una ob- servación. Al hablar de la libertad en la lengua se acostumbra confundir la lengua con la literatura; se dice que tendremos idioma propio cuando pongamos un espíritu argentino y una. modalidad argentina en nuestra producción literaria. Pero la lengua en función es una cosa y la lengua en potencia es otra, y con trasladar la cuestión del terreno lingúístico al literario no se la resuelve; porque la manera de usar una lengua no la
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transforma en otra, y porque por mucho localismo que injerte- mos en la nuestra, su tronco será siempre el castellano. También hemos equivocado el camino al pensar que realizaríamos ese ideal de libertad a fuerza de incrustar extranjerismos y vulga- rismos en nuestra lengua; ahí está ella, mechada de tales ingre- dientes hasta el exceso, y tan castellana como siempre; tanto que todavía seguimos subordinados a la tutela extraña en cuanto a su uso gramatical y léxico, puesto que nuestras autoridades, para su acertado manejo, son todavía la gramática y el diccio- nario españoles o españolados. No hemos visto que lo que está «en el fondo de nuestra cuestión de la lengua no es la lengua misma sino su régimen, las riendas de su gobierno, es decir, su «gramática y su diccionario tradicionales e intolerables; no he- mos estudiado esos textos para descubrir que lo que los hace intolerables es su índole formalista y arbitraria, ni hemos estu- «diado el modo de cambiar esta vetusta armazón escolástica por otra ideológica, es decir, en armonía con nuestra idiosinerasia- Sin embargo, tan evidente era ayer como hoy que, para reali- zar nuestro ideal de libertad en la lengua, para tomar posesiór. de nuestro castellano, debemos ser nosotros quien establezca el régimen de su manejo entre nosotros. Reconozco que esta evi- dencia sólo es accesible por el estudio; reconozco también que en nuestros teóricos de la cuestión de la lengua no ha habido nunca estudio, sino simplemente sentimiento, impulsivo hacia la libertad en unos, reflexivo ante la necesidad en otros.
Ahora bien: la falta de estudio en este caso particular no es más que una muestra de la falta de estudio que caracteriza en general a nuestra producción sobre la lengua. En cuanto a principios, el dogma tradicional nos satisface; en cuanto a mé- todos, el análisis superficial y la síntesis precaria nos bastan; y esto revela que no es la preparación sino la improvisación la base en que apoyan sus lucubraciones los que entre nosotros es- «criben sobre la lengua. Es corriente juzgar con benigna toleran- cia tales trabajos, porque se considera que sus defectos son sólo «de detalle. Mi disentimiento con este criterio es absoluto, porque «el vicio de tales trabajos es orgánico: ora atentan contra la cul- tura por la ignorancia que exhiben cuando confunden el habla local con la lengua común, y la compilación científica con la se- lección didáctica, y cuando presentan como particular el hecho general; ora estorban a nuestra evolución hacia una cultura propia por la rutina que encarnan, cuando aplican la evolución medieval al proceso lingilístico americano, el principio analó- «gico a la etimología, la cita de autoridad a la gramática, la defi- nición tautológica al diccionario, Uno que otro esfuerzo aislado, «demostrativo de conocimiento y de iniciativa, se pierde en esta masa inculta como en un jardín descuidado ahoga la maleza a las violetas.
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Poner al descubierto estas violetas es obra que reclaman muestras aspiraciones al orden, a la belleza, a la justicia y de- más valores que resume la cultura; y con tal objeto voy a pre- séntar aquí lo más saliente de nuestra producción sobre la len- gua en los últimos veinte años, para juzgar tales publicaciones <on un criterio favorable a la preparación y a la iniciativa, y «decididamente adverso a la improvisación y a la rutina. Porque -no €es la complaciente podadera, sino la ruda azada, la herra- «mienta que debe aplicarse a este jardín inculto para que nues- “tros mejores productos en él puedan ser conocidos y apreciados _por propios y extraños; puesto que no es la crítica de detalles, -sino la de principios y de métodos, la que extirpará de raíz las hierbas malas, para que las buenas logren desarrollarse y cun- «dir libremente. Hecha esta franca declaración del criterio, y de su razón de ser, queda el ánimo del lector preparado para las impresiones gratas e ingratas del ¡juicio a que va a asistir; jui- «cio que no consistirá en generalizaciones sino que se concretará .en una nota especial para cada caso.
1. LA CUESTIÓN DEL IDIOMA NACIONAL
La causa del idioma argentino privativo, como toda mala «causa, se apoya en más de un argumento, ora teórico ora prác- tico. En el campo ideológico, la primera razón fué política : todo país libre debe tener lengua propia; la segunda fué patriótica : -el lenguaje del gaucho, presunto arquetipo de nuestra raza, debe ser la base de nuestro idioma nacional; la tercera fué democrá- tica : el arrabalero bonaerense, presunta encarnación genuina de lo más puro del alma argentina, debe imponer su jerga al país entero- En el terreno de los hechos, se fundó la existencia del idioma privativo ante todo en la diferencia de nuestra habla po- “pular con el lenguaje culto que registran la gramática y el dic- .cionario, y luego en la infiltración de extranjerismos y vulga- rismos en nuestra lengua. Entretanto, la causa del castellano ha ido demostrando la inconsistencia de estos argumentos; por- «que en el mundo no existe tal consorcio exclusivo de idioma y nacionalidad, porque el gauchesco no es sino el castellano ar- «caico trasplantado a América por los colonizadores, porque el lenguaje orillero consiste sólo en un vocabulario restringido y variable, y porque nuestros vulgarismos y extranjerismos no “son privativos sino comunes a otros pueblos de habla castellana.
La cuestión del idioma nacional acabó a principios del si- glo con el triunfo de la causa del castellano, en la forma ex- puesta en mi libro Nuestra lengua, que detalla la historia de la «controversia; y durante los últimos veinte años este tema no ha tenido sino valor histórico para los escritores que lo han tra- tado. Al fin se ha reconocido que la cuestión del idioma priva-
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tivo no es una cuestión de hecho sino de anhelo, y de anhelo extraviado; y su discusión se sigue ahora con desgano, porque la dialéctica no hace sino repetir los lugares comunes del caso.
Esta cuestión ha sido examinada y resuelta científicamente en el libro a que se refiere la siguiente nota:
1. RuboLr GROSSMANN: Das auslándische Sprachgut im Spunischen des Río de la Plata, 1926, Hamburgo, 230 p. en 8%. — Este libro, obra erudita de un lin- gúista argentino de origen, hoy profesor libre en la Universidad de Hamburgo, ana- liza y describe la naturaleza y el alcance de las aportaciones extranjeras en el cas- tellano del Plata. Su lectura satisface plenamente por la abundancia de las obser- vaciones y la lógica de las conclusiones; y también por la amplitud de vistas del autor, que ha preferido subir al mirador de la cultura para descubrir la trascen- dencia social del caso, en vez de tenderse en el suelo para detallar microscópica- mente las particularidades del fenómeno. El autor dice en conclusión que (traduz- co): «la lengua argentina mantiene, frente al asalto del material lingiiístico ex- tranjero, la misma fuerza de absorción que la tierra ejerce sobre todos los indivi- duos llegados de fuera, a los cuales nacionaliza como argentinos externa e interna- mente en el más breve plazo» (p. 190) y que «hasta del porvenir parece excluída la formación de una lengua nueva en el Plata sobre la base de la importación lin- gúística extranjera» (204), porque, en la evolución general de la cultura hispano americana, la corriente del americanismo contrarresta el asalto del europeísmo, «y la lengua de esta cultura específicamente americanista será un castellano que, mediante una pulidez progresiva, volverá a adaptarse estrechamente a la lengua de la madre patria» (295). Es lástima que esta obra, tan interesante por su tesis cultural como importante por la documentación que ofrece, resulte inexacta en algunas de sus re- ferencias históricas, deficiente en su información bibliográfica, errónea en muchas de sus etimologías indígenas, e incorrecta cuando toma por documentos lingiiísticos los artificios chuscos del escritor plebeyo; pero estos defectos no amenguan su mé- rito excepcional como método de investigación científica y como cuadro fiel e im- presionante del carácter arlequinesco que agume nuestro castellano en ciertos círcu- los; en los círculos donde campean el iliterato arriba y el analfabeto abajo, y donde, a causa de la inmigración cosmopolita, cuantiosa e incesante, las jergas gringocriollas retoñan, florecen y cunden ferazmente. ¿Se corrompe por eso nues- tra lengua? No, por cierto, dicen Grossmann y los hechos; mientras haya cultura habrá lengua culta entre nosotros.
2. Entre los escritores que han tratado esta cuestión teóricamente en los últi- mos diez años descuellan los siguientes, en orden cronológico: RICARDO ROJAS, JOSÉ M. SALAVERRÍA, ARTURO MARASSO, ARTURO COSTA ALVAREZ, ERNESTO QUESADA, JUAN TORRENDELL, AMÉRICO CASTRO, MANUEL DE MONTOLÍU, LUCAS AYARRAGA- RAY, ARTURO CAPDEVILA, JORGE L. BORGES.
Il. EL ESTUDIO DE LA LENGUA
La cuestión del idioma nacional no ha impedido el estudio del castellano; al efecto hemos desarrollado, como he dicho ya, aparte de una prédica continua de este estudio y de una co- rrección constante del lenguaje, una elaboración permanente de textos históricos, gramaticales, lexicográficos y analíticos. La primera parte de esta producción recomienda el estudio de la lengua, 0 propone sus temas, o establece sus métodos; y ha em- pezado por diseutir el gobierno de ella, es decir, si debemos re- conocer la autoridad de la Academia española, o instituir otra propia que reglamente el uso gramatical y léxico de la lengua.
dl e a) El régimen académico
Este tema ha pasado a ser histórico; tan discutido casi como la cuestión de la lengua en el período anterior, en el ac- tual ha dejado de tratarse desde que nuestra aversión a las ins- tituciones dictatoriales impidió la formación de una academia argentina de la lengua, y desde que esa aversión, unida a nues- tra repugnancia a la tutela extranjera, hizo que muriera al na- cer, por falta absoluta de favor público, nuestra Academia Co- rrespondiente de la española. Rafael Obligado, que durante veinte años había estado luchando por la constitución de este cuerpo, tuvo que declarar al fin que no estimulaban a trabajar para la Academia española la falta de libertad de acción, la posibilidad de las repulsas y la inseguridad de la eficacia del esfuerzo, que entrañaba el sometimiento a la autoridad om- nímoda de esa institución (Revista de Derecho, Historia y Letras, XLI, 224).
3. Sobre la creación y función de esta Academia Correspondiente han dado «detalles ESTANISLAO S. ZEBALLOS en Revista de Derecho, Historia y Letras (XLI, 177) y ERNESTO QUESADA en Rafael Obligado (1920, pp. 12/14) y en La evolu ción del idioma nacional (1922, pp. 16/30 y 45/46); y la demostración del fracaso
«de esta institución y de la inutilidad práctica del cargo de correspondiente argen- tino de la Academia española ha sido hecha en el siguiente escrito:
4. ARTURO COSTA ALVAREZ: Historia de la Academia argentina correspon- diente de la española, 1928 (La Razón, agosto 14). — El autor explica la creación del cargo de miembro correspondiente de la Academia española, relata los esfuer: zos hechos por ésta para establecer esa institución en la Argentina, detalla la orga- nización de la Correspondiente y la ineficacia de su acción, hace notar que ni un solo correspondiente argentino ha presentado nunca a la Academia española el me: nor trabajo para retribuir el honor aceptado y justificar el título recibido; y en vir- tud de estos antecedentes afirma que ese cargo «ha sido y será siempre un simple título decorativo, que no significa ninguna actividad particular, que no está repre- sentado más que por el diploma en la pared, la medalla en el pecho y la reveren: cia agregada al nombre del autor en la portada del libro».
b) El cultivo del lenguaje
La enseñanza de la lengua nacional es en todas partes la base inconmovible de la instrucción pública; pero la composi- ción cosmopolita de nuestro pueblo ha atenuado algo la inflexi- bilidad de ese principio entre nosotros: necesitábamos maestros de cualquiera clase y la instrucción por cualquier medio, y a causa de esto dos veces, en 1894 y 1896, fracasó el proyecto Gómez de ley nacional sobre el uso obligatorio del castellano como instrumento de enseñanza en las escuelas públicas y pri- vadas, casi todas estas últimas sostenidas por extranjeros; y aparte de eso, en ciertos momentos de desconcierto idiomático general, el Gobierno tuvo que recomendar especialmente el estu- dio y el cuidado de la lengua: el ministro Quesada en 1877, el ministro D'Amico en 1880, el ministro Carballido en 1891, el
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ministro Sagarna que en 1923 amplió la enseñanza de la ma-
teria.
5. Ninguna nota saliente ofrece la bibliografía de este orden en los últimos veinte años, representada por escritos de carácter simplemente catequista que fir- man: ENRIQUE FREXAS, JUAN B. SELVA, LEOPOLDO LUGONES, ROBERTO F. GIUSTI, Francisco CAMÓN GÁLVEZ, JosÉ L. SuÁREz, TORRENDELL, COSTA ALVAREZ, EMI- LIO M. OGANDO y RICARDO MONNER SANS.
c) Metodología
En la bibliografía constituída por escritos sobre el estudio: científico del castellano hay que citar estas piezas recientes:
6. AMÉRICO CASTRO: discurso, 1923, en Boletín del Instituto de Filología t, 77; Introducción, 1924, en el primer cuaderno de este Instituto. — En el dis- curso 3e propone a nuestros estudiosos el análisis de las peculiaridades de nuestro: castellano, un castellano que, limitado al principio a Buenos Aires, se extiende en seguida a la Argentina y acaba por abarcar la América... y tanto de las pecu- liaridades fonéticas y morfológicas como de las sintácticas y léxicas... a fin de: establecer su evolución histórica, su extensión geográfica, su difusión social y su documentación literaria.... La enorme vastedad de tal plan hace de él un pro: grama puramente verbalista, una obra de simple aparato catedrático... En la segun- da publicación se recomienda el estudio científico del castellano y con tal motivo se: desarrollan estos atinados conceptos: «De no fomentarse la reflexión sobre el idioma, de seguir las personas inteligentes examinando estas cuestiones sin otro apoyo que: el del impulso sentimental, acabarían las generaciones jóvenes por inventar el mito de la argentinidad del lenguaje hablado junto al Plata... A medida que se res: tringe la cultura de las personas, su vocabulario y su sintaxis se van estrechando y anquilosando; colocados dentro del plano de lo vulgar, vulgarizamos la lengua, la achicamos, y acabamos por sentir la imposibilidad de decir las cosas de varias ma- neras... Un país hispanoamericano debe procurar singularizarse respecto de los de: más en la forma en que se distinguen las épocas unas de otras: mediante actitu- des diversas ante el mundo, actitudes que por otra parte surgen sin que nadie se lo proponga de un modo consciente; la lengua responde generosa a esa densidad [ ?] interior, y sigue caminos nuevos y fecundos sin que nadie se preocupe de señalarlos»..
7. ARTURO COSTA ALVAREZ: La contribución argentina al estudio del castellano 1926, 6 p. en 8*., (también en Revista de la Universidad de Buenos Aires, año XXI, 1, 11, 2); La libertad americana en la lengua castellana, 1927, 8 p. en 8%. (tam- bién en Revista de la Universidad de Buenos Aires, 2%. serie, sec. 11, tomo III, Pp. 170). —En el primer escrito se desaprueba la tendencia de nuestros estudiosos a investigar la evolución peninsular del castellano, por cuanto la documentación genuina de este proceso es inaccesible para nosotros; y se formula el siguiente pro- grama, circunscripto 4 nuestra esfera de acción propia: 1% organización léxica y gramatical del castellano colonial, con los datos que constan en nuestros archivos capitulares, judiciales y eclesiásticos; 2% especificación de la influencia fonética de las lenguas indígenas sobre nuestra habla, y de su aportación léxica, sobre todo toponímica; 3% investigación de las leyes del castellano a fin de fundar la Gramá- tica en ellas y no en autoridades; 4% compilación del Diccionario americano de la. lengua castellana, destinado a darnos un léxico propio, libre de lo anticuado, de lo desusado y de lo ripioso en el vocabulario, y de empirismo, de dogmatismo y de doc- trina en las definiciones. — En el segundo escrito el autor dice que la libertad que los americanos deben conquistar en la lengua es la del régimen de su uso, y que para realizar este ideal tienen que asumir el gobierno de su propio idioma mediante la producción de una gramática y de un diccionario adecuados a su espíritu, que los emancipe de la tutela extranjera representada por las gramáticas y los diccio- narios que hacen los españoles y los españolados, obras que por su tradicional es- tructura dogmática y empírica repugnan a la idiosincrasia americana.
d) Gramatología
Comprende esta producción la crítica de los principios en «ue se basa la gramática ortodoxa, y la exposición de los que deben constituir la gramática científica.
8. En el período anterior descuellan los estudios de ENRIQUE M. DE SANTA OLALLa, EDUARDO DE La BARRA y EDUARDO WILDE sobre el primer tema; en el ac- tual los siguientes, sobre el segundo.
9. ARTURO COSTA ALVAREZ: El escritor argentino y la gramática castellana, 1923 (Humanidades, La Plata, vi); Estudios sobre la gramática americana de la lengua castellana, 1923 (Humanidades, La Plata, vI1); La lengua y la literatura en Chile, 1924 (Nosotros, septiembre); La neogramática del castellano, 1925 (Hu- manidades, La Plata, X); La enseñanza de la gramática, 1928 (Humanidades, La Pla- ta, xvi). — En La lengua y la literatura se afirma que el vetusto plan en que se basan todavía por rutina la gramática didáctica y el diccionario alfabético hace. inservibles estos textos y es causa concurrente de la ignorancia de la lengua. La neo- gramática del castellano es un estudio que saca a la gramática didáctica de su asiento tradicional, el principio de autoridad, para presentarla sobre la base cien- tífica de las leyes orgánicas de la lengua; y esta teoría tiene un principio de de- mostración en El escritor argentino y en Estudios sobre la gramática, que analizan respectivamente la función del artículo y de la preposición, y dan las normas ra- zonadas de su uso. La enseñanza de la gramática expone los vicios orgánicos de los textos actuales de gramática, y detalla los puntos a que debe limitarse la enseñanza de esta materia en las aulas.
10. JUAN TORRENDELL: El libro de la semana, 1924 (Atlántida, mayo 29). — Este crítico sostiene, con motivo de la teoría gramatical expuesta en la nota pre- cedente, que nuestra lengua no es un organismo a cuyas leyes, que varían con los siglos, están sujetos todos los que la hablan y escriben; considera que el lenguaje culto es la obra arbitraria de los mejores escritores, pero admite como factor deter- minante de esa arbitrariedad la intuición, el tino. De lo que resulta que, después del rodeo, el crítico está con el criticado. Los hechos que llevan a esa intuición, los principios que rigen ese tino, son justamente los fundamentos de la teoría criticada, simple trasunto de las leyes no escritas que imponen a los escritores sus preferen- cias gramaticales. Vamos; tal vez baste un poco, muy poco de buena voluntad, para que el crítico convenga con el criticado en que deducir reglas gramaticales de los clásicos es como atribuir al intérprete la lengua en que se expresa.
e) Lexigrafía
Sobre los caracteres esenciales y las condiciones necesarias que debe reunir el Diccionario se han producido en el período actual los siguientes estudios :
11. AMÉRICO CASTRO: El problema del buen diccionario, 1923 (La Nación, septiembre 13 y 20); El lenguaje y los diccionarios, 1923 (La Nación, octubre 13). — Serie de artículos periodísticos (vale decir: un consommé de lugares comunes con croutes de actualidad) cuya substancia se reduce a las conocidas generalida- des sobre los méritos ideales y los defectos reales de los diccionarios de la lengua castellana.
12. Luis ARAQUISTAIN: Necesidad de un diccionario orgánico, 1924 (La Na- ción, noviembre 23). — Este escritor diserta sobre la necesidad de un diccionario ideológico de la lengua, sin analizar los esfuerzos hechos ya en cinco idiomas, el castellano inclusive, para resolver el problema. De ahí que llegue a la conclusión:
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absurda de que el «diccionario orgánico» debe ser a la vez ideológico y alfahético. clasificador y descriptivo... El escritor periodista está obligado, por razón de su oficio, a improvisar sobre cualquier tema; no tiene tiempo para estudiar, apenas si tiene tiempo para escribir. Y así sale ello.
13. BALDOMERO SANÍN CANO: Palabras, 1925 (La Nación, marzo 22). — Sos: tiene que el diccionario de la lengua debe ser una obra popular y no erudita, e internacional y no española; porque «el modo de hablar del pueblo es el que debe estar contenido en el diccionario» y porque «los miembros de la Academia, libres del contagio filológico, pueden colaborar en el diccionario con la misma competen- cia que los periodistas, los comerciantes, los soldados, los agricultores, los artistas y el clero»... Muy bien; pero inventario de la lengua es una cosa (de realiza- ción imposible, entre paréntesis, cuando un mismo idioma se habla en veintitantos países) y diccionario de la lengua culta es otra cosa; y a nada bueno conduce con- fundir la botánica con la floricultura.
14. ARTURO COSTA ALVAREZ: El último diccionario de la Academia, 1925 (Va- loraciones, La Plata, 111, 12); El diccionario ideológico de la lengua, 1927 (Huma- midades, La Plata, Xv); La cosa, la idea y la palabra, 1928 (Valoraciones, La Plata, 1v. 197); Acerca de un diccionario de americanismos, 1928 (La Razón, junio 19); Concepto del diccionario de la lengua, 1928 (El Argentino, La Plata, julio 7). — El primer opúsculo presenta los hechos demostrativos del espíritu dog- mático y teológico que alienta todavía al diccionario de la Academia, de sus defi- ciencias e insuficiencias orgánicas, de la inflación artificiosa de su vocabulario, y especialmente del método vicioso de sus definiciones empíricas y tautológicas. El se- gundo opúsculo expone la teoría, y ofrece un principio de demostración, del Diccio- nario Ideológico de la Lengua, que ordena las palabras por sus ideas y no por sus letras; la teoría desarrolla cuatro puntos: el plan orgánico, el cuadro de ca- tegorías, la clasificación de las palabras y la coordinación de las clasificaciones; y la demostración consiste en una sinopsis del plán orgánico, con las categorías fun- «damentales de la clasificación, y en tres artículos: ánimo (estados, disposiciones, sentimientos y emociones), mímica (gestos, ademanes y actitudes) y asientos (mue: bles y artefactos), que enumeran las voces específicas comprendidas en esos tér minos genéricos, y presentan coordinadamente sus significados. — El tercer opúscu- lo es una disquisición lógica tendiente a establecer el grado de conformidad re- presentativa de la idea con la cosa, y de la palabra con la idea, y en ella se llega a la conclusión de que la palabra no es más que un signo parcial de la idea, el signo de una de las características de la idea; por tanto, la determinación de los significados debe subordinarse a una clasificación lógica de las palabras por las características ideológicas representadas, y de la situación respectiva de la palabra en tal cuadro resultará su significación como componente parcial de la totalidad de la idea. Esta clasificación, que tendría por base la división en conceptos univer sales, generales y particulares, y por subdivisión los categoremas de género y es- pecie, se desarrollaría gradualmente desde los géneros sumos hasta las especies fnfi- mas mediante una muy larga serie de categorías intermedias que constituirían los géneros próximos. — El cuarto opúsculo expone el concepto del americanismo en le- xicografía, señala las dificultades del deslinde, y descalifica los vocabularios regio- nales americanos por su contenido equívoco y su valor nulo.
15. MANUEL DE MONTOLÍU: El diccionario del castellano en América, 1925 (Revista de la Universidad de Buenos Aires, año XXII, VI, 11, 6). — Dice este ca- tedrático que «los pueblos americanos deben preocuparse no sólo por su actual len: gua literaria, mantenida dentro de un marco académico más o menos convencio- nal, sino también por su lengua viva, por los dialectos nativos»; y desarrollado este exordio, pide a nuestro patriotismo y a nuestra cultura una acogida favorable para un proyecto de diccionario definitivo del castellano popular de la Argentina, que podría extenderse a toda la América castellana. La obra se haría sobre el plan de un glosario que están compilando ahora en Suiza, con los dialectos de la región francesa, 80 ccrresponsales seleccionados; la preparación de este glosario ha du: rado 18 años y ha producido 1.500.000 fichas, y hasta hoy no ha aparecido más que el primer cuaderno... ¿Dónde están, en la Argentina, los tahoneros necesa-
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rios para un amasijo de tan colosal volumen? El proyectista propone que se les re- clute entre los maestros de escuela de todos los rincones del país; entiende que la capacidad lexicográfica es un don natural del maestro de escuela en la República Argentina. Según el órgano oficial de nuestro Instituto de Filología (Boletín, 1, 143) hay ya entre nosotros 68 Calepini de esta laya: 38 de ellos son del sexo femenino, y no menos de 21 se concentran en el pueblito de San Isidro, en Catamarca... La publicación ostentosa que el referido órgano oficial hace de este resultado recuerda aquello de: Lista de la ropa blanca | que lleva mi hijo Crispín, | estudiante en Salamanca: | lo primero, un escarpín... | Y con esto aquí da fin | la lista de ropa blanca | que Leva mi hijo Crispín, | estudiante en Salamanca.
16. RopoLFO LENz: Problemas del diccionario en América, 1927, 48 p. en 80. —Contiene este folleto el texto de una conferencia en la que se tratan someramente al- gunos de los problemas que implica la determinación de la nomenclatura de un dic: cionario americano de la lengua castellana. Esta nomenclatura sería el vocabulario de la lengua culta, tal como aparece en los escritos, no solamente literarios sino. también de todo orden (p. 32); y aquí el lexicógrafo incurre en dos excesos, por- Que entiende que tal léxico debe registrar lo criticable (38) y también los extranje- rismos o voces extranjeras no asimiladas (39), estando lo primero contra el carác- ter didáctico de un diccionario de la lengua, y lo segundo contra la lengua misma de tal diccionario. Agrega que éste debe contener también los regionalismos, y con tal motivo incurre en un exceso más, porque afirma que el habla popular suminis- trará los materiales necesarios para ello (35), confundiendo así la lengua culta y común con la vulgar y dialectal, cuyo inventario y análisis no corresponde al dic- <ionario de la lengua. Durante 36 años este autorizado lingiiista ha estado esforzán- dose en sus escritos para conciliar los intereses de la lingiiística (catalogación total e€e imparcial) con las necesidades de la cultura (selección gramatical y léxica) sin lograr más resultado que colocarse en una situación precaria; porque tal empresa de conciliación no es realizable en el terreno científico sino en el campo más am- plio de la cultura, por un espíritu que se emancipe de la preocupación del purismo y no caiga por eso en el extremo opuesto: la legitimación del vulgarismo. La cien- <ia está al servicio de la cultura, y no al revés; de ahí que el diccionario de la lengua, lo mismo que la gramática didáctica, no pueden contener «todo lo que se dice» sino «todo lo que se dice correctamente». Se explica que para la ciencia no haya valores: ni barbarismo ni solecismo, por ejemplo; pero una cultura que no se fundara en valores habría perdido su razón de ser.
II. LA CORRECCIÓN DEL LENGUAJE
La corrección del lenguaje es el respeto a las formas con- vencionales de la lengua, para que la expresión sea claramente inteligible; resulta de la observancia de las normas gramatica- les, del uso de las voces corrientes o de otras nuevas justifica- das, y de la aplicación de estas voces en su exacto significado; implica también la justa correspondencia de la forma de la ex- presión con el modo del pensamiento, pero esto es materia esti- lística, relacionada con el manejo artístico, no ya puramente práctico, de la lengua. La Gramática y el Diccionario, los dos libros en que se codifica el régimen de la lengua, son, pues, la pauta de la corrección del lenguaje; pero, como ambos libros tienen por base el principio de autoridad, sucede que a este ar- bitrio ajeno preferimos el nuestro propio, y de ahí el hecho sin- gular, pero explicable, de que aleguemos esos textos cuando nos confirman y los recusemos cuando nos desmienten. Mientras no
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exista la gramática científica, fundada en las leyes orgánicas de la lengua, y el diccionario ideológico, que evite la vaguedad, la confusión y la tautología de las definiciones, la pauta de la co- rreción del lenguaje será siempre arbitraria. Inútil es decir que la arbitrariedad es, por consiguiente, el alma máter de nuestra. producción de esta especie; por lo que no entraré en la crítica. de sus detalles y me limitaré a enumerar sus piezas principales:
17. Figuran en primer término, por la vasta ilustración de sus autores y por la importancia social del texto examinado, las críticas de AGUSTÍN DE VEDIA al len- guaje de la Constitución, y de ALFREDO CoLmo al del código civil. Este último tra-- bajo tiene su precedente en el que hizo VICENTE F. LÓPEZ en 1869 sobre el mismo: texto, cuando analizó el espíritu y el cuerpo de esa obra, y censuró, no sólo el prin- cipio imperialista, el criterio dogmático y el sentido jurídico de sus disposiciones,. sino también la forma gramatical de sus artículos.
18. Los principales órganos de nuestra prensa han contribuído siempre a la: crítica del lenguaje usual con una sección destinada a evacuar las consultas de sus lectores al respecto; y en esta acción se han señalado por la amplitud de su es- fuerzo continuo y duradero: MONNER SANS en varios diarios y periódicos, MATÍAS CALANDRELLI en el diario La Prensa, SELVA en el periódico La Obra, y FRANCISCO ORTIGA ANCKERMANN, el chispeante «Pescatore di perle» del semanario El Hogar, que prefiere la sátira del disparate lógico a la crítica de la incorrección gramati- cal.
19. En la sección de compilaciones de barbarismos y solecismos, al fondo pri- mitivo, representado por los textos de DOMINGO F. ORLANDINI, ROMÁN M. CAÑAVE-" RAS, JUAN SEIJAS, JUAN A. TURDERA, ENRIQUE T. SÁNCHEZ, GERVASIO MUÑOZ RIVERA, ANTONIO ATIENZA Y MEDRANO, ENRIQUE GARCÍA VELLOSO, RAMÓN C. Ca- RRIEGOS y FÉLIX F. AVELLANEDA se han agregado en el período actual tres libros de MONNER SANs: las Notas, los Disparates y las Barbaridades, y varios capítulos en De gramática y en Pasatiempos, el vocabulario de Barbarismos inserto en el dic- cionario de SEGOVIA, la Guía del buen decir de SELVA y las Informaciones grama- ticales y filológicas de CALANDRELLI.
20. La crítica ocasional está constituída por escritos de SEVERIANO LORENTE, FAUSTINO J. TRONGÉ, FRANCISCO MORENO GODÍNEZ («Dr. Moorne»), JUAN BENE- JAM, AGUSTÍN RICHIERI, J. VALLEJO RIVERA, MIGUEL DE TORO Y GÓMEZ, COSTA ALVAREZ, EUSEBIO R. CASTEX, SANÍN CANO, VICENTE GARCÍA MEDINA, EDUARDO SCHIAFFINO, AYARRAGARAY, COLMO y LEOFPOLDO LUGONES; y en ella resaltan las si- guientes notas:
21. MAURICIO SCHNEIDER: La colocación del pronombre, 1925, 20 p. en 8%; Las incorrecciones de don Juan Valera, 1926 (Verbum, diciembre). — En la pri: mera publicación este crítico examina la tendencia, abusiva entre nosotros, A pos- poner el pronombre átono al verbo; y la reprueba fundándose, no en las particu- laridades orgánicas de la lengua, esto es, en sus leyes de estructura y eficiencia, sino en el principio de autoridad, es decir, en «los buenos escritores». En la segunda publicación vindica el lenguaje castizo de Valera en Pepita Giménez, cuya correc- ción gramatical ha sido negada por otro crítico, y apoya sus justificaciones en los clásicos españoles y en el diccionario de la Academia española. Todo esto, lo de una y otra publicación, revela en primer lugar que este crítico de crítico, o sumo crítico, no conoce el léxico académico ni sabe darle el poco valor que tiene, puesto que declara que no ha visto la muy visible incertidumbre y contradicción de la Aca- demia sobre la relación de preferencia entre los vocablos «inverisímil» e «inverosí- mil», en las dos últimas ediciones de su diccionario; y en segundo lugar revela que este sumo crítico está sumido hasta el cuello en la crítica gramatical dogmática, es decir, fundada en autoridades. Y como este escritor no es español sino argen- tino, hay que deplorar su debilidad espiritual como hijo de esta tierra que pre- fiere comentar cosas ajenas a ella, y su pobreza espiritual como representante de
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la nueva generación, llamada, no a remedar, sino a superar el esfuerzo de las an- teriores.
22. AVELINO HERRERO MAYOR: Del reino de germanta a las aulas universita- rias, 1927 (La Nación, febrero 20); El aforismo de Boileou y los prevaricadores del buen lenguaje, 1927 (La Nación, agosto 28); Las cualidades distintivas de la expresión corriente, 1928 (La Nación, enero 1%.). — En el primer escrito, ampo- llado por la erupción pedantesca y enrevesado por el énfasis de la prosopopeya, el autor señala dos hechos: que nuestros estudiantes usan el lunfardo autóctono en vez de la germanía exótica porque no percihen la función estética del lenguaje... y que nuestros profesores de castellano prefieren enseñar las formas comunes de la lengua en vez de los diminutivos peninsulares, y hacen eso porque son naciona- listas... A estas dos simplezas se reduce toda la substancia de este plato, que la presenta nadando en una salsa chirle de pampiroladas. Los otros dos artículos son otras dos raciones de la misma bazofia hecha de pamplinas, pedantería y altisonan- cia, como todo producto del arte cursi de «hablar en difícil»; también tiene por objeto, como el primero, predicarnos el cuidado de la lengua ofreciéndonos su ejem- plo, y también como el primero tiene por efecto hacernos pensar en criollo que «pa” semejante candil vale más estar a oscuras»... El caso de este escritor es una mues- tra de cómo, en nuestro medio, puede perder toda eficacia el mejor de los pre- ceptos a causa del tono magistral en que se expresa.
23. ARTURO CAPDEVILA: El idioma en la Argentina, 1928 (capítulo de Babel y el castellano). — Este escritor lamenta que en nuestra habla se observe la aversión al tú y al vosotros, y la afición al voseo y a la vizcaína concordancia de vos y de sus flexiones verbales con las formas te, tu y tuyo; y considerando incultos tales hábitos, prevé su desaparición «el día que la mayoría de los hombres cultos en la Argentina» corrijan su elocución... ¡Hum! al árbol torcido no hay quien lo en- derece; yo habría escrito: «el día que los hombres cultos en la Argentina corrijan esa elocución en sus hijos, secundados ante todo por las madres, y luego por la escuela, el teatro y la novela».
IV. TEXTOS HISTÓRICOS
Estas publicaciones se dividen en dos órdenes: las que des- criben la formación del castellano detallando su evolución, y las que presentan investigaciones etimológicas y filológicas.
a) Formación y evolución del castellano
24. Por lo general esta producción aparece en textos escolares y es simple re- capitulación inerte de generalidades sobre la formación y evolución medieval de la lengua. Entre los trabajos originales descuellan en el período anterior la mo- nografía de SAMUEL A. LAFONE QUEVEDO sobre el verbo, los estudios de La BARRA y la reseña de Toro Y GÓMEZ (Revista de la Universidad de Buenos Aires, XXVII, 9); y en el período actual hay que mencionar especialmente los siguientes trabajos:
25. LEOPOLDO LUGONES: El lenguaje del poema, 1916 (capítulo de El paya- dor). — Deliberadamente el autor resume en el lenguaje gauchesco la evolución del castellano vulgar en la Argentina, e historia filosófica y filológicamente esta evolu- ción, desde la formación del castellano, para desarrollar la génesis regional de ese lenguaje, cuyas características considera particularmente argentinas... De lo que resulta que no presenta el gauchesco como la rama rústica de nuestro castellano vul- gar sino como nuestro castellano vulgar por excelencia; lo que es como decir que entre nosotros no hubo criollos sino gauchos solamente... Se trata de un dicho y esto no altera el hecho; pero el lector deberá tener presente esa manera de decir para no confundir lo general con lo particular, como hace el autor deliberadamente, repito, en su empeño de simplificar grusso modo lo complejo; y pcr este detalle puede
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verse que el capítulo que lo contiene es de disertación dialéctica y no de investiga- ción científica.
26. RicarDOo ROJAS: tres capítulos de Los gaucheacos, 1917 (primer tomo de Historia de la literatura argentina). — En La lengua nativa el autor presenta el cuadro de las lenguas indígenas de nuestro territorio al iniciarse la colonización es- pañola, explica la preponderancia de las tres lenguas generales: guaraní, quichua y araucana, y su extinción gradual en beneficio del castellano. En El folklore de los gauchos enumera los elementos indígenas que han enriquecido al castellano, y los casos de hibridación que caracterizan a nuestras hablas mixtas, también en vías de desaparición. En El idioma de los conquistadores hace presente que el castellano que pasó a América con los conquistadores y con los colonizadores fué primera- mente la lengua popular, o familiar, o vulgar, de la que ofrece muestras sacadas de los archivos coloniales, y en segundo lugar la lengua culta, o académica, o litera- ria; y declara que el habla de los gauchos no es sino el castellano oral del siglo xv, que siguió una evolución en España y otra paralela en América. Toda esta obra, <uya preparación y cuya síntesis acusan una labor enorme, está destinada a ser de- finitiva por el acierto de sus conclusiones.
27. Max L. WAGNER: El español de América y el latín vulgar [1920] en el primer cuaderno del Instituto argentino de filología, 1924. — Se trata de la tra- ducción castellana de un artículo publicado originariamente en Alemania; en él, el autor establece un paralelo entre la evolución del castellano en las colonias ameri- <anas y la del latín en las colonias romanas, para demostrar la unidad esencial de estas dos lenguas conquistadoras, vulgares ambas, en toda la extensión de sus res- pectivos campos, y la escasa influencia fonética y léxica que sobre una y otra han ejercido las hablas autóctonas; después de lo cual llega a la conclusión de que, por la acción niveladora de la común cultura americana, facilitada por el contacto per- manente que mantienen entre sí los pueblos de habla castellana, esta lengua no sufrirá en América la suerte que el latín tuvo en Europa. — Es curioso que en esta obra científica del siglo xx se aplique al examen comparativo de las diferen- cias entre la lengua culta y la vulgar el rancio criterio purista que ve en el ha- bla rústica una deformación de la urbana. ¿Es así realmente? ¿el castellano fué culto al principio y luego degeneró en vulgar? ¿O es al revést... Lo científico, es decir, lo natural, sería ver en la lengua culta un injerto en el tronco de la vul- gar, y considerar como un plausible esfuerzo de la cultura el propósito de que el injerto reduzca ese tronco a un pie sin ramas ni hojas ni flores ni frutos. Choca, pues, que se inviertan estas posiciones en una obra científica; el purista es el único que puede decir que «línea» se convierte en (wird zu) «linia», y «diligencia» en «deligencia» y «vergiienza» en «vergoenza» y «aceite» en «asaite», etcétera; lo que hay que decir en una obra científica es que, a tal forma en la lengua culta, corresponde en la vulgar tal otra. Si no, se sugiere, como en la obra purista, la falsa idea de que el vulgo estropea la lengua, la barbariza, cuando lo que sucede en realidad es que el culto refina la lengua, la civiliza. Si los lingiistas menospre- cian a los gramáticos porque éstos no hacen ciencia sino doctrina, sería bueno, para distinguirse mejor, que no repitieran las fórmulas de ellos, muy justificadas en ellos y absurdas en los que no están con ellos. Pero... ¿no habré perdido el tiempo con este comentario? ¿no será el lingiiista de hoy sino el gramático de ayer con otras alforjasf... La sutileza analítica, la tendencia dogmática y el apego a las fórmulas, características comunes a ambas castas, así lo insinúan.
28. Penro HENRÍQUEZ UREÑA: El supuesto andalucismo de América, 1925, 8 p. en 8% — Demostración de que es arbitrario afirmar que en el castellano de América predominan las formas andaluzas; porque «no hay pruebas que permitan atribuir a razones de población las manifestaciones lingiiísticas de nuestra América que coinciden, en parte, con las de Andalucía»; y el autor insinúa como explica- ción mejor de esos hechos «la influencia del clima sobre los fenómenos fonéticos». Pero no desarrolla tan escabroso tema.
29, FRANCISCO ROMERO («Gramático»): Curiosas opiniones sobre la antigúedad del vasco y del castellano, 1925 (Nosotros, octubre). — Este escritor resume, sin
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valorarlas, las opiniones de varios autores antiguos sobre el origen del castellano... La información sin crítica es tarea que deben dejar a los gacetilleros los que pue- den superarlos.
30. JosÉ M. SALAVERRÍA: El estilo de la América castellana, 1927 (La Na- ción, abril 28). — Este escritor afirma que en la América castellana «el lenguaje corriente apenas muestra diferenciaciones dignas de tenerse en cuenta, y es cierto que en el tono, en el dejo, en la pronunciación y en el uso de palabras y modis- mos, un colombiano y un salteño se diferencian menos, pero muchísimo menos, que un burgalés y un gaditano». Y la razón de esta unidad estaría en el hecho de que «la conquista y colonización de América, aunque realizada por Castilla, práctica- mente fué una obra que salió de Sevilla y de su hinterland marítimo, la bahía de Cádiz»; y Sevilla era entonces «la gran metrópoli exploradora donde todos, proce- dieran de donde procedieran, lo mismo manchegos como vizcaínos, acababan por amoldarse al ambiente y recibir ellos también el sello, el cuño andaluz»... Eso de un hinterland que es marítimo, y que está del lado de afuera y no de adentro, me hace cosquillas; pero debo mantener la seriedad para ocuparme de lo que importa, y lo que importa es esto. El autor no documenta ninguna de sus cuatro afirma- ciones, con las que cree sentar otros tantos principios, que resultan ser proposi- ciones tremendamente controvertibles. Esta manera dialéctica de imponer el con- vencimiento, este recurso de la afirmativa categórica, ha sido siempre tan ineficaz para resolver cuestiones de hecho como querer sacar agua del pozo con una criba.
31. SEVERO ALTUBE Y LERCHUNDI: Notas filológicas, 1927 (La Prensa, ju- nio 2, lo y julio 4). — Este filólogo vascongado atribuye a la influencia del vas- cuence varias particularidades de nuestro castellano en la sintaxis, en el léxico, en la morfología y en la fonética. De su demostración resulta que hay unas cuantas analogías puramente accidentales entre las formas del castellano y las del vascuence; cualquier otro filólogo de cualquiera otra nacionalidad podría señalar coincidencias de la misma especie entre su idioma y el nuestro. Pero el autor presenta como eti- mologías las simples analogías porque está interesado en probar la afinidad vasco- argentina; y al efecto ha asentado su demostración en ciertos principios elabora- dos ad hoc, que no enuncia y que son éstos: 1) un estado tan delicuescente del castellano en América que lo hacía pasible de sufrir la influencia hasta de un idioma tan poco afin de él como el vascuence; 2) una preponderancia de los pobladores vascos del Plata tan extraordinaria que imponía las formas de ese idioma al resto de la población; 3) una restricción tan extrema del campo de observación que hace considerar típicamente argentinas las voces y locuciones elegidas, aun cuando en su mayor parte son comunes al castellano de otros países. Asentada sobre tales bases, la pretendida contaminación vascuence del castellano en la Argentina se des- vanece al menor soplo crítico, como toda fantasía; pero de esa labor inútil queda una enseñanza: la conveniencia de observar el precepto de que no se debe fiar en las apariencias... La analogía no es signo infalible de afinidad, como el parecido entre las personas no es siempre prueba de parentesco.
32. ARTURO CAPDEVILA: El embrollado problema del tú y el vos, 1928 (tres capítulos de Babel y el castellano). — El examen de un fenómeno es un trabajo científico, y a este carácter debe amoldarse el lenguaje que lo exponga; por aquello de que no le sienta bien un par de pistolas a Cristo. De ahí que choque ver que aquí se llame «embrollado problema» a una «cuestión compleja», y que se tilde de «sucio mal» al voseo, calificaciones propias del batallador lenguaje doctrinario. Con un pie en el estribo y otro en el suelo no es posible ir lejos, aparte de que son in- evitables los tropiezos; como el de afirmar con los gramáticos que «el vos es plural de por sí», cuando el uso dice y ha dicho siempre otra cosa; y el de proclamar con los puristas que los cultos son los árbitros de la lengua, cuando la persisten- cia del voseo prueba justamente lo contrario. Pero éstos son detalles; en cuanto a lo principal, el autor demuestra tener un conocimiento suficiente de los anteceden- tes y de las condiciones del hecho que examina, y un sentido práctico poco común para inducir causas y deducir consecuencias plausibles. Su conclusión es que el pro- ceso secular por el predominio de una u otra forma de tratamiento se resolvió a fines 'del siglo XvII, cuando en España «se tutearon los más cultos y el vos quedó
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para los inferiores», y por consiguiente, «en Lima y en México la adopción del tú Xué un fenómeno de cultura y buena crianza, al paso que en lo restante de Amé- rica el triunfo del voseo en las masas populares no fué sino una imposición del £eneral atraso».
33. JORGE L. BORGES: El idioma de los argentinos, 1928, 186 p. en 16%.—El Autor afirma que los argentinos no tienen más idioma que el dastellano, al Que apli- can una sensibilidad que, por ser argentina, no es la de otros pueblos a pesar de la comunidad de lengua; y de ahí que entre el castellano nuestro y el ajeno, el es pañol sobre todo, haya diferencias en la afición o aversión a determinados voca- -blos o giros, y en la comprensión de determinadas significaciones. Sus palabras son stas: «Dos conductas de idioma veo en los escritores de aquí: una, la de los sail- neteros que escriben un lenguaje que ninguno habla y que, si a veces gusta, es precisamente por su aire exagerativo y caricatural, por lo forastero que suena; otra, la de los cultos, que mueren de la muerte prestada del español. Ambos divergen del idioma corriente: los unos remedan la dicción de la fechoría; los otros, la del me- morioso y problemático español de los diccionarios. Equidistante de sus copias, el .no escrito idioma argentino sigue diciéndonos; el de nuestra pasión, el de nuestra casa, el de la confianza, el de la conversada amistad... Muchos, con intención de desconfianza, interrogarán: ¿Qué zanja insuperable hay entre el español de los es- .pañoles y el de nuestra conversación argentina? Yo les respondo que ninguna, ven- ¿urosamente para la entendibilidad general de nuestro decir. Un matiz de diferen- tiación, sí lo hay; matiz que es lo bastante nítido para que en él oigamos la patria. No pienso aquí en los algunos miles de palabras privativas que intercalamos y que Jos peninsulares no entienden. Pienso en el ambiente distinto de nuestra voz, en 18 valoración irónica o cariñosa que damos a determinadas palabras, en su tempe- ratura no igual. No hemos variado el sentido intrínseco de las palabras, pero sí Bu connotación. Esa divergencia, nula en la prosa argumentativa o en la didáctica, es grande en lo que mira a las emociones. Nuestra discusión será E pero _huestro verso, nuestro humorismo, ya son de aquí».
b) Investigación etimológica y filológica
34. Mantiénese todavía, en las investigaciones etimológicas, como método único, ¿el principio de la analogía de forma y significado, aunque la descalificación de tal _método es universal, y entre nosotros ha sido hecha en el período anterior por ALBERTO NAVARRO VIOLA (Anuario bibliográfico, 1Y, 169; v, 167) y por PAUL GROUS8AC (Anales de la Biblioteca, 1, 385; y Une énigme littéraire, París, 1908, p. 249). En el períodc actual hay que mencionar especialmente los siguientes tra- «bajos: 35. ROBERTO LEHMANN-NITSCHE: El retajo, 1914; El chambergo, 1916; La bota de potro, 1916; La ramada, 1919 (las cuatro monografías en Boletín de la Academia Nacional de Ciencias de Córdoba, XX, XXI y XXI11); Etimologías españo- Jas: gaucho, 1927 (La Prensa, febrero 6). — Los cuatro estudios folklóricos, que resumen amplias investigaciones tendientes a determinar el lugar, el tiempo y el _Imodo de las costumbres populares descriptas, son también lexicográficas por cuanto - precisan la geografía, la cronología y la semántica de los vocablos que significan .esas costumbres, y enumeran los derivados de ellos, todo a la luz de los datos que suministran la biblioteca léxica, científica y literaria de la materia, y la documen- .tación testimonial contemporánea, que comprende la observación directa del mutor. Yl retajo detalla todas las variedades del recurso así denominado en la industria ganadera criolla, y declara el origen y deslinda el significado, en los países ibero- americanos, de 80 vocablos que indican esa operación, o que con ella se relacio- nan. El chambergo indaga la etimología de este vocablo y sus aplicaciones a través del tiempo y del espacio, extiende la averiguación a las diversas clases de sombrero -de la indumentaria gaucha, e incluye otras prendas en la documentación literaria. La bota de potro consigna las particularidades de este artefacto criollo y de sus similares, hace su historia, lleva la descripción de tal forma de calzado hasta la _£poca más remota de la civilización, incluye el chiripá en la documentación lite-
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yraria, dilucida la etimología de bota, y establece sus significados, sus derivaciones y algunas de sus sinonimias. La ramada señala el origen, el objeto y las particula- ridades de la construcción así denominada, y expone también la relación léxica de «este término con su sinónimo enramada. — En su última publicación este etimólogo trata de demostrar que «a los vocablos de origen gitano pertenece también gaucho»; .habrían formado esta voz en España los andaluces, quienes la habrían introducido .luego en el Plata... Muy lindo; pero la verdad no es una suma de hipótesis.
86. VICENTE GARCÍA DE DIEGO: Sobre el argentino «yuyo», 1919 (Zeitschrift .des deutschen wissenschaftlichen Vereins zur Kultur und Landeskunde Argentiniens, Y, 133). — Considera que la forma argentina yuyo corrobora la hipótesis de una derivación latina: < jojuwm, que habría preponderado, entre las demás de lolium, «en Galicia y Portugal, y en todas las zonas del castellano; y agrega esto: «El punto de origen del argentino yuyo es el castellano central, o lo que de un modo vago _podemos llamar hoy el andaluz, en el cual no podríamos siempre precisar si un .férmino es del caudal castellano que fué descendiendo por Andalucía en la Recon- «Quista, o si corresponde al fondo de voces elaboradas según su propia fonética a través de la dominación árabe». — Todo en esta nota es correcto, todo menos e) lenguaje, que resuta anfibológico: ¿qué es lo que representa la vaga expresión Jdo que? ¡el castellano central precedente o el andaluz siguiente!... ¿y dónde está .en la frase la circunstancia condicional a que alude el podríamos!... y si se llama .al castellano central un punto ¡a qué dimensión atomística imperceptible queda re- «¿ducido todo lo que el castellano central contienef... ¿y adónde va ese caudal del «que sólo se dice que desciende por Andalucíaf... ¿y a qué poseedor se refiere el _posesivo de su propia fonética? ¡al inmediato voces, al remoto Reconquísta o al re- ._motísimo Andaluctu?... Crea este estudioso que, para el lector de sus escritos, no es tarea grata estar aplicando a su estilo las despabiladeras línea a línea.
87. LEoPOLDO LUGONES: Voces americanas de antecedencia griega, 1923 (La Nación, enero 14, febrero 18; Voces americanas de procedencia arábiga, 1923-1925 (La Nación, marzo 4, 25, abril 29 de 1923; febrero 24, marzo 9, junio 1 de 1924; .marzo 1, abril 5 de 1925); Algo respecto a indianismos, 1924 (La Nación, mayo 11); Nuevas etimologtas arábigas, 1927 (La Nación, febrero 13, abril 3, noviem: abre 27); Contribución etimológica, 1928 (La Nación, julio 29). — Este etimólogo repite la afirmación hecha por Groussac 23 años antes, de que está en el caste- llano, y no en las lenguas indígenas, el origen de casi todos los presuntos america- nismos; pero, en vez de ofrecer la demostración directa de esta tesis, rastreando la documentación de tales vocablos en el castellano antiguo, se limita a afirmar ex «Cáthedra, sin probarlo: 1% que los vocablos que examina surgieron en España du- rante el proceso medieval de la formación de la lengua; y 2% que luego pasaron a América en el habla vulgar de los conquistadores. Precaria es, pues, desde el prin- «cipio, la posición de este investigador, que construye castillos etimológicos en el aire de un par de hipótesis no verificadas; porque sólo el sofista puede creer que lo «que es verdad en muchos casos es verdad en todos. Tenemos aquí, por consiguiente, waina aplicación del método que la crítica lingiiística llama despectivamente scientia ad libitum... Menos científico aún es el fin de tales trabajos. Con esta investiga- .ción de derivaciones el etimólogo no se propone la alta empresa de describir tal «0 cual proceso en la evolución del castellano, ni siquiera de exponer tales o cuales mormas de correspondencia fonética, semántica o morfológica en esa evolución; su objeto no es lingiiístico, es sólo lexicográfico: hacer una compilación a bulto, con miras a la publicación de un diccionario etimológico, de cuya elaboración prepara- “toria ofrece muestras, según dice: «con propósitos de amena divulgación»... Su obra es, por tanto, empírica y recreativa; y esto explica los siguientes hechos. El -etimólogo se limita a establecer una relación puramente lógica entre el supuesto -.derivado castellano y el supuesto primitivo griego, o árabe, o bajo latino, y aplica su dialéctica a demostrarla; pero nada dice de las otras condiciones que la rela- «ción etimológica debe implicar para que, además de lógica, resulte necesaria y única, es decir, verdadera. No se cuida de historiar la cosa que el vocablo significa, ni -de comprobar la proximidad en el espacio y en el tiempo del primitivo con el de- rivado, ni de fundar sus derivaciones en las normas de la evolución fonética y
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morfológica, únicos materiales con que puede fabricarse en este caso un eslabón sólido entre el antecedente y el consiguiente. En suma, todo el caudal de informa- ción que exhibe este lexicógrafo en cierne es el que le suministran otros lexicógra- fos en flor... Vése por esto que un etimólogo argentino del siglo XX hace tabla rasa de los principios elementales de la investigación científica, para plantarse en el período embrionario de la etimología formal, que va de san Isidoro a Ménage, pasando por Palencia, Venegas, el Brocense y Vossio; de modo que es uno de tan- tos en la hueste indisciplinada de los etimólogos que, según Quevedo, «practican tarea más entretenida que demostrada, y dicen que averiguan lo que inventan».
38. FRANCISCO ROMERO («Gramático»): La etimología de perro, 1925 (Nos- otros, noviembre). — Considera satisfactoria la etimología: perro < Petrus o Pedro, que presenta Korting en su Lateinisch-romanisches Worterbuch, y nada dice de que Groussac, sin conocer este antecedente de 1891, propuso la misma etimología en la Revue Hispanique de 1906; y por Groussac justamente teníamos ya noticia de lo de Korting... Bien sé que es una posición filosófica sostenible la de que el mundo no existe fuera de nosotros; y si el desgraciado realista ingenuo se deci- diera a interrogar al nonato y al cadáver, ante la respuesta concordante y categó- rica de ambos testimonios reconocería de una vez la gran verdad del idealismo: que el mundo nace y muere con nosotros... Pero, aunque tengamos que enorgullecernos de esta gran conquista de la sabiduría alemana, sería caritativo mantener la fic- ción de la continuidad de la existencia del hombre sobre la tierra, para que los estu- diosos como (iramático no tuvieran que recargar su tarea ya difícil de decir lo nuevo, con la tremebunda empresa de repetir todo lo viejo.
39. ARTURO CosTa ALVAREZ: Un problemita de etimología, 1925 (Revista de Filologia Portuguesa, Sño Paulo, VII, 285); Las etimologias de «gaucho», 1926, 28 p. en AR% (también en Nosotros, LIV, 183); Utra elimología de «gaucho», 1927 (Nosotros, LY, 212); Etimología y etimumanta, 1928 (Nosotros, LX, 347). — En el primer artículo el autor reproduce, ampliándolo con nuevos datos, el capítulo de su libro Nuestra lengua sobre el origen y la correspondencia de los nombres de pila Santiago, Diego, Jacobo, Jácome y Jaime; y al presentar ese escrito, el editor invita a los filólogos brasileños y lusitanos a llevar más lejos la investigación del caso. — El segundo artículo enumera y critica todas las etimologías de la palabra «gaucho» propuestas hasta hoy, para desaprobarlas por superficiales o arbitrarias, plantea los términos de este problema etimológico y detalla la bibliografía relacio- nada con el tema, — El tercer artículo examina y rechaza una etimología más de «gaucho» e incita a los etimólogos brasileños a investigar la historia y el origen de este vocablo en el portugués de Rio Grande do Sul y Santa Catharina, a la luz de las crónicas de los viajeros, exploradores, Iinisioneros y funcionarios de esa re- gión entre mediados y fines del siglo XvI11. — El cuarto artículo hace la historia y señala las deficiencias de los diferentes métodos seguidos por los etimólogos de todos los tiempos, y sienta las condiciones que, según el método científico, debe lle- nar la investigación etimológica; censura además la afición de los estudiosos a la obra conjetural en este campo y dice que «la etimomanía consiste en tratar la etimología como un lindo problema nada difícil».
40. MARTINIANO LEGUIZAMÓN: dos capítulos de Hombres y cosas que pasaron, 1926; Una voz del «Martín Fierro», 1926 (La Nación, abril 18); La cantramilla, 1926 (La Nación, octubre 3). — En el volumen colecticio Hombres y cosas, el ca- pítulo Ceiba y seibo presenta etimologías indígenas, y el de Las quintanderas mues tra la procedencia portuguesa del vocablo epónimo, En los dos últimos artículos se ofrece el significado conjetural de cantramilla, raro ejemplar de unívoco (hapaz le: gémenon) porque sólo en una obra, y una sola vez en ella, aparece esa palabra en la literatura castellana: en el verso 4646 del Martín Fierro, que corresponde al 4644 en la edición de la Biblioteca Argentina, cuya numeración saltea dos versos desde la página 112. :
41. Juan (G. FIGUEROA BALCARCE: La famosa «contramilla», 1926 (El Argew tino, La Plata, octubre 3). — Por singular coincidencia fortuita este escritor pro- pone en La Plata, en un diario y en cierta fecha, la misma solución que Leguiza-
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món ofrece en Buenos Aires, también en un diario y en igual fecha, para el pro- blema de la significación de cantramilla. Considera que esta dicción o grafía es in- Correcta, y que el vocablo real era contramilla y significaba, a la luz de las infor- maciones de Vidal en Picturesque Illustrations, la perilla alargada y puntiaguda que, puesta en el extremo de la caña de 32 pies, picana común de los bueyes cuarte- ros, servía a un tiempo de aguijada para estos bueyes, y para agregar a esa caña el palo de 8 pies que hacía de ella la picana de los bueyes delanteros.
42. MANUEL LIzONDO BORDA: Voces tucumanas derivadas del quichua, 1927, "Tucumán, 402 p. en 8%. -— La base de este libro es un acopio numeroso de regio- nalismos tucumanos de origen quichua, y su objeto es presentar los caracteres lexi- cográficos de esas voces, especialmente la etimología; aparte de lo cual también se «consignan las significaciones, la difusión del vocablo dentro de la provincia, y su ex- tensión en el resto del país, y fuera de él en Chile y en Bolivia, a lo que se agrega su documentación cuando se trata de arcaísmos coloniales. Como casi todos estos indigenismos son nombres de lugares, de plantas y de animales, el autor ha llevado su laboriosidad hasta precisar la localización del topónimo y hasta registrar la corres: pondencia científica de las voces referentes a la fauna y a la flora, declarando en todos los casos sus autoridades. Por su método, pues, este libro es laudable: tiene una estructura orgánica que lo hace superior al farragoso y arbitrario Tesoro de catamarqueñismos de Lafone Quevedo; pero, en cuanto a sus principios, acusa muy graves deficiencias. El autor tiene un concepto acomodaticio de la ciencia y de la utilidad, y considera que la obra de aficionado no debe ser juzgada con rigor. Luego funda sus etimologías, no en su conocimiento propio del quichua, sino en los tex- «tos lexicográficos de Mossi principalmente, y subsidiariamente en los de González Holguín y Torres Rubio, prescindiendo por completo de autoridades tan altas como "Tschudi y Middendorf. Y por esto su libro toma un carácter reflejo, que le quita toda autoridad directa; y a causa de la exclusión apuntada, resulta no ser ni si- quiera una selección sintética de las investigaciones hechas hasta hoy por los prin- «cipales quichuistas en ese campo de observación.
43. VicEnTE Ross1: Etimolojiomantas sobre el vocablo «gaucho», 1927 [Cór- -doba] 20 p. en 8% — Rechaza la etimología gitana atribuída por Lehmann-Nitsche a la voz gaucho, en primer lugar porque en la lengua de los argentinos y de los uruguayos no hay «iberismo» sino «una realidad indígena y negroafricana», y luego porque el gaucho «no ha podido ser bautizado con un vocablo gitano y tra- tado de extranjero en su propia tierra», y también porque «ni en gauchos car- navalescos se encontrarán cualidades andaluzas»... Este escritor rivaliza con Mi- Jlanesio en el arte de la etimología onomástica maravillosa: declara que los apelli- dos Moreira, Fierro, Luna, Vega, Laguna, Barrientos, Cuello, Cruz, Jiménez y Con- rtreras son de procedencia portuguesa.
Y. TEXTOS GRAMATICALES
Nuestra producción de gramáticas no responde a fines de exposición científica sino de enseñanza escolar; por eso estos li- bros no tienen el carácter de teoría de la lengua sino de instru- mento pedagógico. Además, por falta de iniciativa de sus auto- res, todos están vaciados en el molde tradicional, y en su fondo y en su forma no son sino repeticiones de la obra escolástica, que difieren entre sí en los detalles pequeños solamente. El ar- gumento de autoridad es su principio dogmático, el examen su- perficial es su método empírico, y la arbitrariedad es su crite- rio anacrónico; repiten también la incompleta división tetrámera de la materia y la heterogénea clasificación aristotélica de las categorías ideológicas, y siguen entrometiendo a la Lógica en
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un libro que debería sólo describir las cosas y dejar a los filóso- fos las especulaciones sobre la razón de ser de ellas.
a) Gramáticas
44. La producción de gramáticas se inició entre nosotros con los libros de ANTONIO J. VALDÉS y de FELIPE SENILLOSA, editados a raíz de la declaración de nuestra independencia; y éstos fueron los primeros textos escolares de la materia en la América castellana. En España misma, después de la iniciativa de Torio de la Riva en 1798 y 1802, la gramática no se hizo elemental sino en 1828, cuando apareció la de Joaquín Cabezas («Jacob Saqueniza»). Ninguna nota digna de mención contiene esta rama de nuestra producción sobre la lengua, única por su estupendo desarrollo; porque, para confirmar lo de «cada maestrito tiene su librito», ninguno de nuestros profesores de gramática se va de este mundo sin haber im- preso antes su texto, que presenta un nuevo ejemplar fósil de la especie.
db) Vocabularios ortográficos
45. En materia de vocabularios ortográficos ningún esfuerzo se ha hecho para. continuar la obra magnífica de SANTA OLALLA, en 1885 - 1887, sobre homónimos, parónimos e isónimos (Revista de Educación, La Plata, 1x, 3 y 175; Xu, 677) que debería reeditarse oficialmente en volumen, a fin de divulgarla entre los maestros, porque en su estado actual sólo es accesible en las más grandes bibliotecas públi- cas. La producción de esta especie, exceptuadas las obras de MARCOS SASTRE y VICTORIANO E. MONTES, no es sino maleza, de la que ofrecen una muestra los dos libros siguientes:
46. JosÉ SUBIRANA: Diccionario castellano homónimo ortográfico, 1892, Bue- nos Aires, 236 p. en 16; nueva edición con el título de Ortografía castellana [1914] Barcelona, 214 p. en 16% — El autor expone los principios de la ortogra- fía y sus reglas, y agrega un vocabulario que se caracteriza externamente por su gran volumen, e internamente por un concepto extravagante de la homonimia: abri- guémonos y abrigué monos, atalaya y ata al aya, no ruego al noruego son muestras de ese exceso, que llena las tres cuartas partes del libro. Salta a la vista el artificio de tales homonimias, y choca ver aplicado así, en una obra seria, el recurso de la re composición silábica: chiste habitual de los deslenguados que se recrean en fabri- car equívocos groseros, cuando no indecentes, como los que forman los nombres de los ficticios personajes D. Benito, D. Federico, D. Felipe, D. Serapio, Da. Ci- riaca y Da. Lucila con sus indecibles apellidos.
47. MANUEL ZEBALLOS: Glosario ortográfico de la lengua castellana, 1924, 284 p. en 16% — Se trata de un vocabulario de homónimos y parónimos que, en cuanto a la homonimia, rivaliza en extravagancia con el de Subirana: su autor cree que puede haber confusión entre amen y amén, salvajes y salvajez, tirantes y tiran- tez, víscera y visera, etcétera. Este autor va para atrás en el camino recorrido por Montes y Santa Olalla.
c) Contribución a la gramática
48. En cuanto a los trabajos de contríbución a la gramática, en el período anterior alimentaba a esta producción la cuestión de la ortografía, cuestión que se resolvió en el último cuarto del siglo pasado con la adopción definitiva de las re glas de la Academia española, cuando la doctrina de la uniformidad, predicada por MARCOS SASTRE, acabó por prevalecer sobre la teoría de la simplificación, sos tenida por SARMIENTO; y en esa producción descuella la erudita Ortoyrafía foné- dica de CAYETANO Á. ALDREY. Ahora las publicaciones de esta especie no contienen sino una discusión de detalles entre gramáticos ortodoxos, y en medio de esa ma-
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raña surge una sola planta valiosa: el estudio de MONNER SANS sobre El neologis- mo, que refuta el sentido estrecho desfavorable, de «barbarismo», asignado a ese término por los gramáticos puristas, y sostiene su amplia significación de «voz nue- va», demostrando además que no hay razón para repudiar in límine toda voz nueva, como no la hay tampoco para rechazar prima facie el arcaísmo. También son dig- nos de nota los siguientes escritos:
49. Jos GABRIEL: Gramática ideológica, 1917 (Nosotros, febrero); Vivir no- es beber o la reforma de la ortografía, 1927 (Caras y Caretas, junio 18). — La pri- mera publicación es un opúsculo que trata una cuestión gramatical insoluble... ¡adorables estas cuestiones insolubles, sin las cuales la humanidad intelectual se habría muerto de tedio insoportable hace ya largo rato!... La cuestión es ésta: si en las oraciones de verbo pronominal con término de carácter equívoco hay que considerar a este término como sujeto en voz pasiva o como complemento en voz ac- tiva, y en el último caso al pronombre se como sujeto impersonal. No está demás explicar que el carácter del término se hace equívoco porque el verbo pronominal puede tener, aparte del sentido reflexivo, tanto el activo como el pasivo. El crítico resuelve la cuestión en esta forma: la oración de marras es activa; el pronombre se es su sujeto singular, y el término es su complemento; por tanto, el verbo debe estar en singular como el sujeto, sea cual fuere el número del complemento. Reco- noce que esta solución tiene en su contra el uso, pero tal inconveniente no lo arre- dra; y no se ha detenido a considerar que en castellano repugna al pronombre sé la función de sujeto, como tampoco ha visto todavía, y esto es lo grave, que la Ló- gica es el peor de los recursos para explicar los hechos gramaticales. En la segunda publicación, el autor no está por la reforma extrema de la ortografía actual; ad- mite la conveniencia de simplificarla un poco, pero lo que desea ver ante todo es que se corrija la mala pronunciación del castellano; porque esto hará desaparecer muchas contradicciones entre ella y la ortografía, y «más cuerdo que eliminarlos sería enseñar a valerse con propiedad y elegancia de muchos elementos ortográ- ficos que no se usan o se usan malamente, y que constituyen la riqueza musical de nuestra lengua, el matiz agradable, la discreta gala».
VI. TEXTOS LEXICOGRÁFICOS
Esta producción comprende todo texto que presenta pre- ceptivamente el significado de voces, locuciones y frases hechas, así como las publicaciones que con tales textos se relacionan; y también toda obra de investigación etimológica o histórica sobre el significado de términos pertenecientes a las nomenclaturas especiales de la onomástica y de la toponimia.
a) Diccionarios generales
Nuestro país es el único, entre todos los de la América cas- tellana, que ha producido diccionarios de la lengua común. Allá por 1871, Rufino J. Cuervo, en colaboración con Venancio G. Manrique, otro escritor colombiano, intentó publicar en Bogotá un Diccionario americano de la lengua castellana; pero la obra no pasó de un prospecto, del que hay detalles en la Revista Ar- gentina, xi, 309, Nuestra producción de esta especie se limita a las dos obras siguientes, ambas del período anterior:
50. Matías CALANDRELLI: Diccionario filológico-comparado de la lengua cas tellana, 1880 - 1916, doce tomos en 4"., en total 128 + 3792 páginas. — Esta obra se desarrolla alfabéticamente hasta la voz «nabateo», y ha quedado incompleta. Su característica es la etimología de cada palabra y la comparación de los elementos
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castellanos con las raíces correspondientes en las demás lenguas europeas, y de cada voz castellana con las de origen común en las otras lenguas neolatinas. Su vocabu- lario es estrictamente el del diccionario de la Academia española, del cual el autor saca también sus definiciones, que corrobora con citas de clásicos españoles. De ahí la incongruencia de esta obra que, hecha en Buenos Aires y por un argentino de adopción, apadrinada por eméritos patriotas y favorecida con el subsidio oficial, <ontradice internamente el carácter americano que tales circunstancias debieron im- ponerle. He aquí una muestra de esta contradicción. La segunda acepción de fili- bustero es la siguiente: «el que trabaja por la separación de nuestras provincias ul 4ramarinas»... ¿Cuáles son las provincias ultramarinas que poseemos los argenti- nosf... El autor, que no advirtió que cualquiera de los diccionarios no oficiales de su época: Salvá, Domínguez, Caballero, Chao o Fernández Cuesta, era preferi- ble al de la Academia por los americanismos que contenía, tampoco advirtió que en un diccionario español las definiciones son por fuerza españolas, y que el lexi- <ógrafo americano debe hacer constar esto, en todo caso de discrepancia, para no hacer papel de autómata.
51. ENRIQUE ORTEGA: Diccionario de la lengua castellana, 1895, 702 p. en 16% — Declara el autor que su obra tiene por base el Diccionario popular de la lengua castellana (tal vez el de Picatoste, por el tipo manual) y además el de la Academia «española y el vocabulario de Granada; y que en él se incluyen muchas voces nue- vas y de uso corriente en la América castellana. Es cierto que la iniciativa de in- «corporar el americanismo al diccionario general de la lengua corresponde a Salvá; pero Ortega llevó más lejos esta innovación admitiendo argentinismos del lenguaje familiar, como atorrante, farra, titeo y otros términos pintorescos, todos tan casti- zos y necesarios como difundidos y arraigados, y sobre todo insustituíbles por su <omprensión específica. Treinta años han pasado ya desde que apareció este diccio- nario general, y el esfuerzo no se ha repetido. Los lexicógrafos argentinos no se han puesto todavía a la obra de compilar el Diccionario americano de la lengua cas- tellana; no es la alta empresa lo que los mueve sino la vanidad aldeana, y ahí están todos entregados a la tarea pueril de atrapar particularidades, o a la ocupación Subalterna de proponer ampliaciones y enmiendas en una obra extranjera: el dic- «cionario español de la Academia.
b) Contribución al diccionario general
52. Esta producción tiene por objeto ora completar ora corregir en sus deta- "lles el diccionario de la lengua. En la tarea de completar se ha distinguido MONNER ¿SANS, quien desde 1896, con sus Minucias lexricográficas, ha estado proponiendo a la Academia española la admisión de argentinismos; y en la de corregir han «desplegado su rutina los siguientes escritores:
53. AMÉRICO CASTRO: El nuevo diccionario de la lengua española, 1925 (La Nación, noviembre 22, diciembre 6, 13 y 20). — Este escritor se propone demostrar la incompetencia de la Academia española en la obra de su diccionario, mediante la «exhibición de las incorrecciones e insuficiencias que contiene la última edición del mismo. El detalle de esta obra es lo único que interesa al crítico, que no se cuida .absolutamente de los vicios orgánicos de ella: la hipertrofia del vocabulario, la tau- tología de las acepciones y la vaciedad o el dogmatismo de las definiciones. Des- «cartada la paja de esta crítica — esto es, las variaciones sobre el tema de la refe- rida incompetencia académica, y las generalidades sobre las condiciones que, en cuanto a formas siempre, debe reunir un diccionario —el grano consiste en una «enumeración de etimologías que se corrigen, de definiciones que se reforman y de «contradicciones ortográficas que se denuncian. El crítico empieza declarando que: 4Quería dar sobre este libro un juicio justo y ponderado, a fin de que mis pala- bras, dichas sin ánimo de enojar a nadie»... y para calificar los que considera «errores de la Academia recurre a este vocabulario agresivo: «disparates», «dislates», «absurdos» y «desatinos», «necedad», «bobada» y «tontería»; habla de los «filo- lógicamente indoctos que han ido a la corporación llevados por los azares de ls
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política conservadora o del nepotismo»; e intenta ridiculizar al Secretario Perpetuo no por errores de fondo en su obra literaria sino por dos palabritas que hay en ella. Luego, antes de iniciar su tarea de corrección de faltas ajenas, hace esta falsa. atribución: «la ortografía introducida en Chile por Andrés Bello»; y después de re- prochar a la Academia el viso enciclopédico de sus definiciones de cosa, y no de palabra, el crítico define a su vez... ¿cómof... describiendo a lo naturalista el albumen y el albur, y detallando cinco acepciones de alcachofa que resultan ser cinco cosas, lexicográficamente representadas por una sola: el artificio de mate- rial diverso que reproduce la forma de ese fruto y que tiene numerosas aplicacio- nes; y mientras acusa a la Academia de «engolamiento, pedantería y misterio» en su estilo, no vacila en decir que «ir a misa» es «un esfuerzo litúrgico» y escribe esto: «el pedúnculo y las brácteas del involucro son comestibles antes de que éste llegue a floración»... Todo lo cual se resume filosóficamente en que no es dado a un español corregir defectos españoles; y de ahí que esta crítica resulte ser en substancia nada más que una paráfrasis de lo que dijo la sartén a la olla.
54. JUAN B. SELVA: Crecimiento del habla, 1925, 240 p. en 16%. — Este creci- miento del habla se especifica en la obra como el desarrollo del neologismo y la su- pervivencia del arcaísmo en América, y un criterio de recolección a bulto, prin- cipalmente en el campo del vulgarismo, es el que ha regido la compilación del mate- rial, representado por 6000 voces y 2000 acepciones no incluídas en el léxico aca- démico. Hay en este libro, dos capítulos, uno de «semántica argentina» y otro de «modismos argentinos», de cuyo contenido resulta que se llama «argentinas» a par- ticularidades del castellano observadas en nuestro país, aunque se reconoce que no son originarias ni privativas de él; el autor está, pues, a un paso de llamar argen- tino al castellano porque se habla en la Argentina, aunque se hable también en otras partes.
55. RAMÓN C. CARRIEGOS: Idioma nacional, 1927 (Revista de Instrucción Pri maria, La Plata, abril 16 y mayo 1%). — Este escritor define el significado de va- rios adverbios de lugar, sin investigación ideológica, simplemente según el método empírico tradicional, que lleva a la tautología: adelante — más allá. Y declara que destina tal trabajo a una gramática que prepara... ¿Qué tendrá que ver la Gra- mática, que explica los caracteres, con el Diccionario, que expone las significacio- nesi La Gramática ha establecido un sistema propio de denominaciones para divi- dir sus «partes de la oración» en categorías y subdividirlas en clases, y del sig- nificado de las palabras no toma sino la característica que corresponde a tales de- nominaciones; le basta ver que adelante significa «lugar», y no le interesa saber qué lugar es el que indica. En cambio, al Diccionario le interesa esto último, y la apre- ciación gramatical no le importa... Naturalmente, se puede probar todo lo con- trario de lo que acabo de afirmar aduciendo las gramáticas y los diccionarios exis- tentes... Muy bien; pero no olvidemos que, con el mismo argumento del error in- veterado, se pudo probar respectivamente a Copérnico, a Galileo y a Colón, que la Tierra constituía el centro del universo, y estaba inmóvil, y no era redonda.
c) Lexicoyrafía especial
56. En esta sección son dignos de mención favorable, aparte del diccionario naval de Luis D. CaBRaL, y de las nomenclaturas de peces y de aves por EDUARDO L. HOLMBERA, que pertenecen al período anterior, el esbozo de vocabulario tecno- lógico de SANTIAGO E. BARABINO, el vocabulario psicológico de FRANCISCA RODRÍ- GUEZ y la nomenclatura de capas de caballo por DÉsIRÉ BERNIER (Anales de la So- ciedad Científica Argentina, LXXXI, 350) que, dicho sea de paso, DANIEL GRANADA no ha tenido en cuenta al preparar la suya (Boletín de la Real Academia Española, vir, 628; vin, 58 y 187). Merece nota especial el siguiente glosario:
57. DIRECCIÓN DE AERONÁUTICA NAVAL: Focabulario aeronáutico, 1928, 26 p. en 8%. — Contiene 604 artículos que definen la significación de las voces y lo- cuciones de uso corriente en la tecnología aeronáutica. Es de lamentar que en este
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vocabulario no aparezcan debidamente castellanizados los términos brevet, canard, looping, plafond, sandows, tandem y vrille, cuya grafía exótica no representa su fo- nótica real en nuestra lengua, por cuanto pronunciamos brevete, canar, lupin, pla- fón, sandos, tanden y brille.
d) Nomencladores
58. Entre las compilaciones onomásticas y toponímicas resaltan por su mérito la obra de ADRIÁN BECCAR VARELA y ENRIQUE UDAONDO, y la de HOLMBERG en el apéndice de Lin-Calel; y hay que dedicar nota especial a las siguientes:
59. DOMINGO MILANESIO: Etimología araucana, 1915, 66 p. en 16%.; segunda edición, 1918, 98 p. en 16%. — Este opúsculo es un vocabulario que explica desati- nadamente el significado de cierto número de voces araucanas, topónimas casi to- «das; y este disparatorio ha contado, para su impresión, con el auxilio oficial. He ahí algo, el auxilio oficial indebido, que, a fuerza de prodigarse en el campo de nuestra producción bibliográfica, va a acabar por caracterizar como ínfimo el nivel de nuestra cultura. Los que deciden la inversión de fondos públicos en tales pro- ducciones, ya sean libros, folletos o artículos de revista, deben advertir que con el siglo xix ha pasado, para no volver jamás, el período de nuestra iniciación cultu- ral, en el que era forzoso alentar todo esfuerzo, por vano o trivial que fuera; ahora el intelecto argentino está obligado a superar ese esfuerzo porque repetirlo es de- mostrar ineptitud. Alentado el autor por tal apoyo, tres años más tarde hizo una segunda edición ampliada de sus desatinos, con una portada bombástica farandu- lera y con su retrato después de ella. El araucano es para este araucanista de car- naval la lengua madre que explica toda la nomenclatura geográfica pampeana y bo- naerense. Ya en la primera edición nos había curado de espanto diciendo que chan- cho es una voz araucana que significa puerco, y que Chacabuco es araucano, y Villaguay araucano, y que el compuesto galés Trelew («pueblo de Luis» por su fundador Lewis Jones) es también araucano; de modo que no sorprende mucho ver, en la segunda edición, que el araucano llega hasta explicar los apellidos espa- ñoles, portugueses, italianos, franceses e ingleses, y Linares es «pajas ratoneras», Leiva es «río o arroyo», Gnecco es «Dios del agua», Trongé es «lugar donde hay juntas», Ranelagh es «bajar al lugar de las apuestas»...
60. FéLIx SaN MARTÍN: Toponimia araucana del Neuquen, 1919 (capítulo de Neuquen, 210 p. en 8%.) — Da el significado etimológico de 118 denominaciones geográficas indígenas y relata hechos históricos relacionados con esas localidades. El autor profesa el debido respeto a sus antecesores en este campo etimológico, y por tanto, al construir sobre esa base, realiza un progreso. Dos defectos de poca monta se advierten en su obra: la ordenación geográfica de los artículos, que no tiene las ventajas de la alfabética, propia de toda compilación lexicográfica, y el ca- pricho de varias grafías, como muluche, picuche y huiliche, que están en desacuerdo <on las ortodoxas y cuya heterodoxia el autor no explica.
61. PABLO GROEBER: Toponimia araucana, 1926, 196 p. en 8%. — Este libro es un vocabulario de 281 artículos que llena los requisitos de la obra científica, en su plan y en su método. Su tema es la investigación etimológica de los nom: bres indígenas aplicados a la topografía del Neuquén y de la parte sur de Men: doza. El autor toma por base la dicción local y establece su grafía fonética me- diante signos convencionales cuyos valores explica. Llama a esto «transcripción», y lo que falta precisamente en su libro es la castellanización de esas grafías de tipo alemán; la n subpuntuada, la e invertida, la o y la u diacríticas son recursos gráfi- cos y no letras castellanas, y en la transcripción — que se distingue de la transli- teración en que es una adaptación fonética y no una versión gráfica — hay que prescindir de todo signo que no sea propio de la lengua en que la adaptación se hace: naturalmente, ésta resulta imperfecta, pero la deficiencia se salva, en la obra erudita, agregando entre paréntesis a la grafía aproximada, que es la transcrip- ción, la grafía exacta, hecha con los signos convencionales del caso. Habrá que co- rregir esto en otra edición del libro, y también habrá que suprimir entonces el ex-
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<eso de dividir en sus elementos, y de presentar con mayúsculas y entre comillas — <omo cosas extrañas a la lengua — palabras que están de antiguo castellanizadas, <omo puelche, mapuche, pehuenche, picunche, huilliche y tehuelche. Para la inter- pretación de los topónimos araucanos, este etimólogo se atiene principalmente a la información oral, que confirma, completa o suple con la lexicográfica de Havestadt, Febrés, Barbará, Lenz, Schwarz («Augusta») y San Martín, y con la de los ex- ploradores Falkner, Cox, Olascoaga, Mansilla, Moreno y Albarracín; pero nada cita de Zeballos en su Descripción amena, como si ésta no fuera una voz que hay que oir también en tal materia, para aprobar o desaprobar sus informaciones. Caracte- riza a las interpretaciones el escrúpulo del intérprete, que en cada artículo ofrece el cuadro de los elementos entre los cuales ha hecho su elección, lo que importa dar la razón de ella. En la región antedicha aparecen topónimos quichuas y aimarás, que el investigador interpreta igualmente, apoyando sus soluciones en Middendorf y en Bertonio, y también en Juan Durand, etimólogo boliviano a quien reconoce com- petencia. Pueden tolerarse al autor ciertos rasgos germánicos en la sintaxis y en la tipografía; pero en un libro castellano es una incongruencia usar grafías ale- manas, como Kechua por quichua, y la inicial W para indicar el rumbo oeste; y también choca en él la profusión, igualmente germana, de la mayúscula aplicada a nombres comunes. Me alegro de que mis reparos a este libro se reduzcan a formas de escritura; en cuanto al fondo, repito que es fruto de ciencia y de conciencia, una obra recomendable por su plan y por su método.
e) Investigación toponímica y onomástica
62. En la producción de esta especie sólo aparecen dos trabajos de mérito: la monografía de GROUSSAC sobre varios nombres geográficos de la Patagonia (Anales de la Biblioteca, VIM, 387) y el estudio de ROMUALDO ARDISBONE sobre los diver- sos géneros de investigación que requiere la exposición científica de la toponimia argentina. También hay que mencionar aquí los siguientes trabajos, que se distin: guen no ya por sus méritos sino por sus defectos.
63. MARTINIANO LEGUIZAMÓN: La selva de Montiel, 1903, (Revista de Dere- cho, Historia y Letras, XVII, 24); dos capítulos de Hombres y cosas que pasaron, 1926: A través de un apellido y Toponimia araucana. — El primer artículo esta- blece el origen histórico del nombre geográfico de «Montiel». Un capítulo del citado libro, A través de un apellido, expone la etimología vascuence de «Leguizamón» y las diversas representaciones históricas de este apellido. El otro capítulo, Toponimia araucana, presenta etimologías indígenas conjeturales, atribuyendo las diferencias entre el topónimo y su presunta equivalencia a alteraciones fonéticas que no deta- la ni documenta... Escamotear la dificultad no es resolverla.... En el curso de este capítulo se dice que la obra de Febrés sobre el araucano aventaja a la de Ha- vestadt «por ser española su versión, mientras la de Havestadt es latina»... No se puede impedir que este escritor vea así la cosa; limitémonos a recordar que la am- plitud del horizonte depende del punto de vista, y en toda clase de perspectiva el alcance de la observación da la medida de la altura o estatura del observador.
64. JuLrio BARREBA ORO: Verdadera clasificación de las lenguas aborígenes de la República Argentina, [Mendoza, 1926] 78 p. en 16%. — Sin conocer ni los ru- dimentos de la Lingiiística, este escritor acomete la empresa de demostrar que las lenguas indígenas de América «pertonecen al grupo de las lenguas llamadas mon- gólicas», y considera lenguas mongólicas al chino... y al japonés... y al tár- taro... La demostración de su teoría, a la que llama «descubrimiento», consiste en el recurso pueril de aparear dicciones comunes a las lenguas comparadas para deducir de su analogía su parentesco. Como consecuencia natural del plan de esta obra, las etimologías indígenas que ofrece son acomodaticias; por ejemplo, Arauca- nia se descompone del siguiente modo: ar, raíz mongólica que expresa la existen- cia, «ser»; nacai, voz nipona cuya significación es la de «joven, rebelde, monta raz»; nia, desinencia castellana (p. 20)... «Macaneo corrido» llamamos a la obra de esta especie los argentinos.
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f) Vocabularios regionales
El criterio generalmente adverso al castellano de América. con que se hacían en Europa, es decir, en Madrid y en París, los diccionarios de nuestra lengua, y que llevaba a no inventa- riar en ellos sino el lenguaje de los clásicos y de los clasicistas, originó en la América castellana la publicación de vocabularios regionales destinados a completar o a corregir esos diccionarios. Con la única excepción de la obra del dominicano Esteban Pichardo, el Diccionario de provincialismos de la isla de Cuba, Habana, 1836, la producción de este género se inició en la Ar- gentina con el vocabulario de Manuel R. Trelles, compilado en 1853; y es curioso observar que, por reacción natural, figu- ran en tales textos, como valiosos recursos de la lengua, voca- blos que forman el caudal priricipal “en las listas de barbaris- mos compiladas por los críticos ortodoxos del lenguaje.
65. A la obra inicial de MANUEL R. TRELLES, Academia Argentina, JUAN M. GUTIÉRREZ, BENIGNO T. MARTÍNEZ, GRANADA, ENRIQUE TAGLE J., LAFONE QUE- VEDO y FORTUNATO A. PERALTA J., se han agregado en el período actual las siguientes:
66. Ciro BAYo: Vocabulario criolo-español sud-americano, 1910, Madrid, 256: p. en 8% — La primera publicación de esta obra se hizo en la Revue Hispanique, París, 1906, x1v. Es una compilación de americanismos usados en la Argentina y en Bolivia, que, según el autor, «debieran tomar carta de naturaleza en España». Predominan los indigenismos que denominan seres y objetos de la tierra, y están en segundo término los regionalismos de dicción y de acepción.
67. ToBfas GARZÓN: Diccionario argentino, 1910, Barcelona, 536 p. en 8% — Compilación de vocablos usuales en la Argentina, y a veces también en otros paí- ses de habla castellana, que no están en la 13% edición del léxico académico o que: figuran en ella con otro significado. Se trata casi exclusivamente de barbarismos que el compilador prefiere presentar, según confiesa, como efecto de «la ley inelu- dible y universal de la evolución de la lengua», a fin de dar a la Argentina «un diccionario propio». Al efecto ha buscado sus materiales en la jerga periodística, la monserga oficial y el guirigay arrabalero, y ha agregado a este acervo uno que: otro término específico de la fauna y de la flora; corroborándolo todo con citas. de presuntas autoridades, entre las cuales no ha vacilado en incluir la propia (pp. 104, 127 y 185).
68. MIGUEL TOLEDANO (con el seudónimo «Diego Díaz Salazar»:) Vocabula- río argentino, 1911, 62 p. en 32%.; (con el anagrama «Manuel Gil de Oto»:) apén- dice de La Argentina que yo he visto, [1914] Barcelona, 10 p. en 16%. — En el Vocabulario el autor declara haber eliminado de su compilación todo lo que es. del castellano común, como expresión castiza o exótica, y que ha incluído en ella, aparte de los vocablos castellanos cuyo sentido ha cambiado notablemente en nues- tro medio, las palabras o frases lunfardas que usan a veces las personas cultas, excluyendo las demás, y también las voces usadas solamente entre los más rústicos. El apéndice de La Argentina es un glosario de varias voces y locuciones propias. del lenguaje familiar y del orillero, comentadas algunas, en cuanto al carácter so- cial del concepto, con la acritud biliosa que desarrolla en los aviesos el desengaño sufrido, y con la lengua soez de quien ya no tiene nada que perder.
69. LISANDRO SEGOVIA: Diccionario de argentinismos, neologismos y barbaris- mos. 1911, 1096 p. en 8% — Compilación inorgánica de voces, locuciones y frases no incluídas en la 13% edición del léxico académico, clasificadas arbitrariamente,
o
ora por su localización ora por su significado ora por su estructura, en los doce- vocabularios que componen este indisciplinado y farragoso cuerpo colecticio.
70. FÉLix F. AVELLANEDA: Palabras y modismos usuales en Catamarca, [1911] 116 p. en 8% (apéndice de la 3a. edición del Tesoro de catamarqueñismos: de Lafone Quevedo, 1927). — Compilación destinada a completar el vocabulario de: Lafone Quevedo con voces recogidas personalmente por el autor en la parte cen- tral y oriental de Catamarca, y entre las cuales se indican muchos barbarismos. Esta compilación no tiene en cuenta las hablas regionales de España y del resto: de la América castellana, y por tanto adolece del mismo vicio orgánico que ca- racteriza a todos los vocabularios de americanismos. Además, por el carácter em-- pírico de sus artículos, que tienden a la descripción y no a la definición, esta obra es más bien folklórica que lexicográfica.
71. ENRIQUE MOLINA NADAL: Vocabulario argentino español y español ar- gentino, 1912, Madrid, 66 p. en 16%. — El prólogo de este opúsculo, escrito en es- tilo pedestre y lenguaje antigramatical, revela, en cuanto al fondo, la incultura deJ' sutor y su ignorancia crasa. Más adelante, los materiales del vocabulario resultan ser exclusivamente orilleros y lunfardos; y en la elección de vocablos soeces y en
los detalles lexicográficos vuelven a manifestarse la incultura del autor y su igno- rancia crasa.
72. WÁSHINGTON P. BERMÚDEZ y SERGIO W. BERMÚDEZ: Lenguaje del Río de: la Plata, 1916, 212 p. en 8%.— Se trata de un vocabulario alfabético de voces, modismos y refranes corrientes en la Argentina, en el Uruguay y en el Paraguay, que sólo llegó al artículo «acomodar», en cuyo punto ha quedado inconcluso afor- tunadamente. Esta obra era populachera, servil, pedantesca y absurda: tenía por: base las lucubraciones de los cronistas de diario y de los escritores plebeyos, se pro- ponía ampliar el léxico académico, proclamaba una vez al menos en cada página su superioridad frente a ese diccionario, y en lugar de definir sintéticamente la pala- bra enumeraba analíticamente sus aplicaciones.
73. FLORENCIO GARRIGÓS: El idioma castellano en la Argentina, 1923 - 1928 (en Caras y Caretas). — Obra en curso de publicación, una publicación en extremo- fragmentaria e irregular, que se desarrolla durante años en decenas de volúmenes. sin paginación, y que se extravía en la maraña del más vasto y variado material informativo, artístico y literario. Los neologismos que este lexicógrafo expone están documentados con citas de escritores argentinos; pero ¿acaso todo escritor argen- tino puede ser presentado como modelo de corrección en el lenguaje? ¿y es el dic- cionario de la lengua un inventario sin discernimiento, o una selección discreta 1 He ahí dos cuestiones previas que este lexicógrafo ha debido estudiar y resolver a fin de no repetir los traspiés de sus antecesores; pero ha preferido ignorarlas para. realizar libremente su propósito de presentar una compilación a bulto, en la que el criterio de cantidad excluye al de calidad, y en la que aparece como justificado.
por el uso lo que no es una necesidad de la lengua sino una arbitrariedad del es- eritor.
g) Contribución al vocabulario regional
El propósito de presentar a todo trance una característica de nuestro castellano, aunque fuera inculta, ha llevado a este campo de actividad, el de rebusca del detalle, a buen número de exploradores superficiales, y de eríticos bien intencionados y mal orientados; entre unos y otros hay que citar especial- mente, en el período actual, a los siguientes :
74. RAMÓN C. CARRIEGOS: El idioma argentino, 1904, 148 p. en 16%; Minu cias gramaticales, 1910, Tandil, 264 p. en 16%; Apostillas lexicográficas, 1913-1914
(El Lenguaje, Madrid, 11, 18; 111, 59). —El capítulo final del primer libro ex- plica el significado de buen número de palabras y frases que el autor considera
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«argentinismosx. El segundo libro contiene en su segunda parte un vocabulario de criollismos documentados con citas que, según se declara (p. 151) «demuestran «que los escritores nacionales y extranjeros nacionalizados no desdeñan el uso de los vocablos que no son castellanos». En los artículos de El Lenguaje, el autor presenta antecedentes clásicos peninsulares de varios presuntos argentinismos, y critica algu- nas impropiedades corrientes en nuestro castellano. Este escritor no ha podido en- «arar nunca las particularidades de la lengua con un criterio definido: ora trata de demostrar que tenemos un idioma propio, ora nos hace ver que hablamos cas- tizamente... y de este modo nos predica a la vez la licencia y la observancia...
El barco sin brújula no va a ninguna parte; está a merced de las olas y del viento.
75. MANUEL CasTRO LÓPEZ: Vocablos gallegos en el Plata, 1906, en Almana- que gallego para 1907, p. 71. — El autor advierte que en el diccionario gallego de Valladares figuran 18 vocablos del castellano del Plata que Granada, en su Vocabu- dario, declara de origen portugués o indígena; y presenta sus significados, no siem- pre concordes en ambas hablas. Los vocablos son éstos: bosta, cacho, cancela, ca- rozo, ceibo, choya, desmochado, fariña, invernada, nana, paisano, pataca, pucha, pucho, salcochar, varal, viña, zafado. Pero no intenta sugerir que estas voces hayan sido introducidas en nuestro castellano por la inmigración gallega.
76. MIGUEL DE TORO Y ('I8BERT: El castellano de América [1910] capítulo de Apuntaciones lexicográficas, París; El idioma nacional de los argentinos [1921] capítulo de Americanismos, París, p. 9; dos capítulos sobre diccionarios argentinos en Los nuevos derroteros del idioma, 1918, París, pp. 320 y 331; El idioma de «un argentino, 1923, Madrid, 46 p. en 8% — En el primer libro se inserta una lista de 86 argentinismos suministrada al autor por Juan B. Selva. En la segunda publicación, el autor demuestra, con las correspondientes citas justificativas, que las alteraciones en que se funda el presunto idioma nacional de los argentinos, se- gún lo presenta Abeille, «se encuentran igualmente en el idioma nacional de los españoles, en el de los chilenos, de los colombianos, de los peruanos, de los vene- zolanos, de los centroamericanos, de los mejicanos... y hasta de los franceses». En el tercer estudio entresaca de los diccionarios de Garzón y de Segovia un nú- mero de argentinismos para presentarlos como voces corrientes en España, a fin de probar que ambas obras revelan en sus autores un conocimiento insuficiente del castellano que se habla y escribe en la Península. En el cuarto escrito clasifica y comenta palabra por palabra el vocabulario especial de La guerra gaucha de Lu- gones, con el resultado de que encuentra en él, aparte de buen número de arcaís- mos, no menos de 1700 voces no incluídas en el léxico académico, y que «no son palabras inventadas a capricho: fuera de contados neologismos personales son pa- labras que se usan, que forman parte del vocabulario argentino actual, y en mu- chos casos del vocabulario español». El crítico considera impropios o innecesarios algunos de estos neologismos, censura francamente determinados barbarismos y cier- tas grafías caprichosas, y termina con esta declaración inevitable: «Es La guerra gaucha un libro hecho de intento para presentar todas las variedades que abarca hoy el argentinismo». Luego hermana este esfuerzo de renovación de la lengua, «que se observa en toda América y en España, con el que realizó el gongorismo en su época.
77. ROBERTO LEHMANN-NITSCHE: apéndice de Adivinanzas rioplatenses, 1911. — Este apéndice es un índice de 80 palabras citadas en el texto, casi todas regio- nales, de las que se explica el origen y el significado en sendas notas al pie de la página correspondiente. Entre estas notas se lee la siguiente (p. 210): «Samborom- bón: voz indígena, de idioma desconocido»... Asegurar que una cosa forma parte de otra, cuyas partes se ignoran, es contradictorio; pero es también filosófico: muestra el eterno conflicto de la superstición con la razón, que se manifiesta tam- bién en el conocido chascarrillo: «Desime la berdá, Balentín, ¿bos crés en laj áni- mas! — ¿Yo? ¡qu'esperansal ¡qu'é de crerl ¡no faltaría más! ¡pues nol... pero «que hay ánimas es siguro».
78. Euseñio R. CASTEX: Cantos populares (apuntes lexicográficos), 1923, 160 p. en 16%; Tópicos lericográficos, 1927, 80 p. en 16%.; Enmiendas a un dicciona-
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rio de americanismos, 1925-1926 (veintidós artículos en La Raza). — En la pri: mera parte de su primer libro el autor demuestra, con documentación suficiente, que el criollismo de nuestros cantos populares, gauchescos o de tierra adentro, no es sino «rancio hispanismo». En la segunda parte prueba, con el mismo recurso de la cita literaria clásica, que cierto número de argentinismos tienen su origen en España unos y en Portugal otros, y formula esta tesis: «Esos pretendidos dic- cionarios de argentinismos y demás ismos no son más que listas de voces omitidas por la Academia; pero de ahí a que sean americanismos hay gran distancia. Descon- temos también los barbarismos, la chabacanería, la vulgaridad, y veremos a qué quedan reducidos los argentinismos, sin contar, por supuesto, los lunfardismos, que, los que no son italianismos, son del caló español»... Todo este detalle es cierto, 0 poco menos; pero, en cuanto a lo fundamental, el autor no advierte que las vo- ces castellanas cuyo uso común se ha perdido en España y se ha conservado en América son americanismos. En sus dos últimas obras el autor prosigue su tarea de descalificar presuntos americanismos, documentando siempre sus afirmaciones.
79. PEDRO GRENÓN: Relaciones documentales, 1924-1926 (Boletín del Instt- tuto de Investigaciones Históricas, 11, 108, 170, 249; 111, 48); Propiedad y antí- yúedad de nuestra nomenclatura pecuaria, 1925, Córdoba, 32 p. en 8%; Un estudio filológico, 1926 (Humanidades, La Plata, x11). — El primer trabajo es un catá: logo de voces familiares y campestres, y de vulgarismos prosódicos, que, a juicio del compilador, se consideran erróneamente como formaciones gauchescas, y que en realidad existen desde la época colonial, según consta en manuscritos de los siglos XVI, XVII y XVIIM, que ha examinado en el Archivo de los Tribunales de la ciudad de Córdoba. El segundo trabajo es una enumeración de términos campestres, es- pecialmente ganaderos, que constan en documentos también de la época colonial. E) tercer trabajo es el extracto lexicográfico de un documento de la última década del siglo xv1r archivado en el Obispado de la ciudad mencionada.
80. AMÉRICO CASTRO: El nuevo diccionario de la lengua española, 1925 (La Nación, diciembre 20); Un libro alemán sobre argentinismos, 1927 (La Nación, noviembre 6). — La última parte del primer artículo presenta algunos argentinis- mos como expresiones del castellano clásico, con las correspondientes citas litera- rias; y en el segundo se declara que algunos de los argentinismos catalogados en el libro de Grossmann son voces comunes a España o a otras regiones de Amé- rica. — Bueno será advertir que, en esta cuestión como en tantas otras, el punto de vista hispano no será nunca el americano: en América el regionalismo se de- fine por el lugar de uso y no por el de origen. De modo que un vocablo castellano cuyo uso general se perdió en España y se conserva en América es un indiscutible americanismo, porque es en el castellano común de América donde se encuentra y no en el de España; así como es un hispanismo el vocablo castellano que no se usa en América, pero sí en España. Al definir estas posiciones no pretendo imponer a los españoles el criterio americano... tan absurdo sería esto como la recíproca... lo que quiero es abrir los ojos a los argentinos para que no sigan hablando por boca de extranjeros, al tratar estas cuestiones.
81. RAÚL MoGLra: ¿Alguna vez la Academia tiene razón? 1926 (Nosotros, marzo); Observaciones sobre el lenguaje de Buenos Aires, 1927 (Nosotros, mayo). — En el primer escrito el autor afirma que la voz macanero es corriente en cierta región de Córdoba entre la gente del pueblo, por lo que se justifica la in- -«clusión de ese artículo en el léxico académico... Conque la gente del pueblo, y una región de Córdoba... ¿Y quién ha dicho que la gente del pueblo está en rela- ción directa con el Diccionario? ¿y qué tiene de argentinismo un localismo tan cir- eunscripto que ni siquiera llega a ser cordobesismo?... La segunda publicación es un trabajo analítico superficial, es decir, sin vistas a la exposición de la teoría que el hecho observado encarna, o a la composición del todo cuya parte se muestra; de ahí la falta de clasificación del material examinado, en cuyo despliegue se mez- clan los fenómenos fonéticos con los morfológicos y los léxicos. Este es un defecto ergánico, al que se agrega otro estructural: la cita bibliográfica numerosa, s0 pre- texto de documentación. El trabajo empírico y fragmentario, y la mutua exhibi- ción del esfuerzo ficherista de sus afiliados, son los vicios característicos de la
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escuela cientificista, germanista y sectaria que el autor ha tomado por brújula. para sus exploraciones lingiiísticas en el mar del castellano; el tiempo se encargará de hacerle ver que esa brújula tiene su campo magnético fuera del círculo de los in- tereses culturales de América; y le hará ver también la diferencia que hay entre: adoptar servilmente los métodos europeos, o tomar de ellos lo que responda a nues- tra idiosincrasia de estudiosos, que no debe ser la de repetidores mecánicos sino la. de asimiladores y creadores autónomos.
82. SANTIAGO M. LUGONES: Contribución al estudio del castellano en la Ar gentina, 1927 (Nosotros, enero y junio). — Se establece el significado de un nú- mero de voces no documentadas, y se declara que tal compilación tiene por objeto ampliar o corregir los léxicos que registran vocablos o modismos del lenguaje fami- liar y vulgar en la Argentina. Con esto el compilador demuestra su falta de prin- cipios como Jexicógrafo, por cuanto confunde el habla popular con la lengua de los: escritores, que es la que catalogan los léxicos; lo que es como confundir la gramá- tica parda de los analfabetos con la gramática normal de los cultos. Muy dignas de estudio son las formas vulgares de toda lengua; pero este estudio debe hacerse: con fines analíticos, muy distintos de los fines didácticos que persiguen la gramá- tica y el léxico. Proceder de otro modo es atentar contra la cultura, es llevar ar jardín yuyos. Hay que definirse como herbolario o como jardinero; mientras el compilador no se decida por una u otra ocupación, hará una obra que no será. aprovechable para el jardín del lexicógrafo por falta de documentación literaria, ni para el herbario del lingiiista por falta de caracterización científica.
83. VICENTE Rossi: Rectificaciones y ampliaciones, 1927 [Córdoba] 24 p.. en 8%; Más rectificaciones y ampliaciones, 1927 [Córdoba] 32 p. en 8% — Comen- tario crítico de notas lexicográficas de varios autores, al que quita todo valor la falsa posición de este lexicógrafo, empeñado en prescindir sistemáticamente del castellano para explicar la formación de nuestros regionalismos.
84. Completa esta lista el capítulo de Notas lexicográficas que contiene el Bole- tín del Instituto de Filología, 1, 1926, en el que analizan voces y locuciones de nuestro castellano ANGEL J. BATTISTESSA, ANA JULIA DARNET, EMILIA GONZÁLEZ, SANTIAGO M. LUGONES, CLARA E. MALAMUD y JUAN SERBUDO BASALDÚA. Ninguno de estos investigadores define su posición lexicográfica, y a todos mueve el mismo impulso infantil: ampliar el léxico con materiales rebuscados. En cuanto a las condiciones externas de sus trabajos, éstos hacen pensar, por su falta de indivi- dualidad y por la trivialidad de su desarrollo, en ejercicios escolares mecánicos.
h) Glosarios gauchescos
El gauchesco es la representación literaria de la rama rús- tica del castellano vulgar en el Plata, esto es, del habla de los gauchos, nuestros campesinos de origen peninsular desde fines del siglo xvi hasta fines del siglo xtx.
85. A las compilaciones y notas de FRANCISCO J. MUÑIZ, HILARIO ASCASURI, LEGUIZAMÓN, MONNER SANS, FRED. M. PAGE, FRANCISCO SOTO Y CALVO y VÍCTOR ARREGUINE en el período anterior, se han agregado en el actual las de Bayo, WaL- TER LARDEN, RUDOLPH SCHULLER, LEOPOLDO LUGONES, SALAVERRÍA y LIZONDO BorDa; y las siguientes, que reclaman párrafo aparte:
86. ELEUTERIO F. TISCORNIA: «Martín Fierro» anotado y comentado, 1925, 522 p. en 8%.— La primera parte de este libro relaciona las expresiones gauches- cas con sus antecedentes remotos en la literatura peninsular, y la glosa es en ella una nota accidental; la segunda parte es un glosario, de más de 300 artículos, que da por primera vez forma orgánica al análisis de las voces privativas del gau- chesco, presentando la dicción de ellas, su grafía, su significado, su evolución y sw derivación. En esta última parte el autor revela suficiencia científica, destreza téc- nica, laboriosidad en la investigación, acierto en el discernimiento, sobricdad en la
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«exposición, y sencillez en el estilo; y tales condiciones hacen de su glosario una obra de utilidad indiscutible.
87. SANTIAGO M. LUGONES: notas en Martín Fierro, 1926, 340 p. en 16%. — En su prólogo el glosador demuestra falta de preparación en fonología y en crítica textual: 1) habla de una erre gutural que se asemeja al redoble de un tambor, y de otra cuyo sonido se parece al que se obtiene raspando una tabla con papel de lija; 2) declara que el texto es una edición depurada de errores tipográficos y de irregularidades ortográficas, pero nada dice de lo principal, que es: cuál de las diversas versiones ha elegido; advierte los deslices que sobre el lenguaje culto con- tiene el poema, tanto en la dicción como en la flexión, y también en el léxico, pero no sienta la conclusión necesaria de que en Martín Fierro hay dos lenguas mez- -cladas: la natural del autor y la postiza de su personaje. En el glosario, la inter- pretación del gauchesco se confunde con la de la lengua común, y se tratan en par- ticular los vulgarismos prosódicos ya explicados en las generalidades del prólogo; pero esto es sólo redundancia. En cuanto a lo principal, las glosas son oportunas, .concisas y acertadas, y os de sentir que un índice alfabético no las resuma al final del libro. No vacilo en decir que esta obra supera a todas sus congéneres recientes en .amplitud, y también en la precisión del conocimiento de la idiosincrasia gaucha: .sentimientos, ideas, maneras, costumbres y expresiones.
3) Glosarios orilleros y lunfardos
El orillero, jerga del compadrito (valentón arrabalero) y -el lunfardo, jerga del malevo (delincuente profesional) no son propiamente sino «modos de hablar» porque se reducen a sim- ples vocabularios, con unas 1500 voces y locuciones en total, -que en parte amplían el caudal común de la lengua, en parte reemplazan sus elementos y en parte cambian la acepción de «ellos. Estos lenguajes tienen por base el castellano vulgar, es decir, las formas vulgares del léxico, de la pronunciación, de la flexión y de la construcción; apenas si se observa en ellos uno .que otro accidente propio: en la fonética, el sonido de la equis gallega, representado por sh: escrushiante (sonido que fué tam- “bién castellano hasta el siglo xvi); en la morfología, la trans- posición silábica: gotán por tango (recurso común a tales jer- gas en otros países, y que tiene su aplicación más complicada en el loucherbéme y en el largonji franceses); y en la sinta- xis, la repetición enfática, al final de la frase breve, del primer miembro de ella: te digo que no quiero, te digo (lo que entre nosotros se llama «hablar en sángúiche», y que es también un rasgo italiano, del lenguaje familiar toscano, según De Amicis -en L'idioma gentile [1921] pp. 86 y 287).
88. A la obra de ANTONIO DELLEPIANE en el período anterior se han agre-
.gado en éste la de FRANCISCO PALERMO: Novísimo diccionario lunfardo, 1913-1914 (en el diario Crítica) y las compilaciones siguientes:
89. Luis C. VILLAMAYOR: El lenguaje del bajo fondo, 1915, 128 p. en 16% — Este vocabulario lunfardo amplía considerablemente el de Dellepiane; y está es- «erito en un estilo tan rudimentario, y presentado con tantos errores gramaticales, léxicos, ortográficos y tipográficos, que se puede decir, dada la especialidad de su tema, que, por no ser ésta una obra pulida, es justamente obra de verdad, fruto directo de la naturaleza. Pero hay que tomarla cum grano salis porque, empe- fiado en ampliar el vocabulario del bajo fondo, el autor ha introducido en su com-
e
pilación expresiones del lenguaje familiar pintoresco, malicioso pero decente, y sobre todo del soez lenguaje orillero, bravucón, insolente e injurioso, que nada tienen que hacer con la jerga lunfarda, que es el habla solapada y cínica del vicio y del delito.
90, Josey HARNIST: Zum Spanischen in Argentinien, 1919 (en la Zeitschrift des deutschen wissenschaftlichen Vereins zur Kultur- und Landeskunde Argentiniens v, 520). — Acopio inorgánico de particularidades casi exclusivamente léxicas del ha- bla vulgar bonaerense. Las anotaciones y las significaciones son exactas, y abarcan desde el lunfardo, extensamente analizado, con 5us infiltraciones en el lenguaje familiar, sobre todo en el de los patoteros (troneras en pandilla), y desde el orillero con sus apodos denigrativos para los extranjeros, y la jerga hípica con sus tecnicis- mos, hasta... (y aquí se rompe la unidad del cuadro) los neologismus, de vocabu- lario y de acepción, no ya vulgares, que resultan de la comparación de nuestro castellano con el léxico académico.
91. RENATA DONGHI DE HALPERIN: Contribución al estudio del italianismo en la República Argentina, 1925, 18 p. en 8% — Breve lista de voces y locuciones italianas castellanizadas, de uso circunscripto al lenguaje orillero; la preceden un resumen de observaciones generales acertadas sobre el tema, y una exposición plau- sible de los principios lexicográficos fundamentales adoptados para el caso.
92. VICENTE Ros81: Supuesta contribución al estudio del italianismo, 1928, [Córdoba] 44 p. en 8%. — Crítica que en parte corrige y en parte confirma el es- tudio de Halperín sobre la materia.
VII. TEXTOS ANALÍTICOS
Comprende esta producción las publicaciones en que se analiza o define el habla particular de las clases inferiores : el gauchesco de los antiguos campesinos, el orillero de la plebe ur- bana, el lunfardo de los profesionales del vicio y del delito, y las jergas gringocriollas de los inmigrantes analfabetos, entre las que descuellan el bachicha y el cocoliche, de los genoveses y de los napolitanos, respectivamente; y prepondera en estas publicaciones la exposición de las características del gauchesco, y el examen fonético, morfológico y léxico de sus elementos.
Sarmiento fué el primero que llamó la atención, en 1843, sobre el hecho de que el lenguaje del gaucho no era más que un castellano andaluzado, y en 1885 sobre el carácter artificial del gauchesco literario. Lo primero lo confirmó Monner Sans en 1894, en El lenguaje gauchesco, antes que los críticos peninsula- res dijeran otro tanto; lo segundo lo ha demostrado Calixto Oyucla en su Antología, pero no ha sido visto por Rojas ni por Leguizamón en sus análisis del Martín Fierro: Rojas no tiem- bla al declarar que esta ficción cultigauchesca es «valiosísimo documento filológico», y Leguizamón tampoco se estremece al decir que su vocabulario es «expresión fidelísima de las hablas populares de hace medio siglo». El superlativo de estos escrito- res evidencia su pasión, y la pasión ofusca; muy grande es la diferencia que la ciencia debe ver entre la naturaleza y el arte, entre el original y la copia, entre el modelo y la imitación, por- que media entre uno y otro extremo toda la distancia que se- para al cuerpo de su reflejo, y a la persona de su retrato.
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93. Descartando las numerosas publicaciones de esta especie en las que el análisis es puramente superficial, y entre las cuales sobresale la de ARREGUINE (La Nación, 13 agosto 1900), quedan apenas como producciones de carácter científico, durante el período anterior, el estudio de GASTÓN MASPERO, fundamentalmente erró- neo, porque ve en el gauchesco una degeneración del castellano académico, y el de PAE, mucho más amplio y científico, porque es comparativo y porque se apoya. no tanto en la lengua artificial de los versificadores gauchescos como en datos re- cogidos personalmente por el autor en nuestro medio.
94. En el período actual se ha producido, en este orden de los textos analíti- cos, una obra maestra, que es el ya citado libro de GROS8MANN. Este libro contiene copiosas listas de extranjerismos introducidos en nuestra lengua, con mención de las influencias que los presentan, del medio en que se usan, de su grafía, de su dic- ción y de su significado; como también el análisis de las alteraciones fonéticas, morfológicas y sintácticas del castellano en boca de los extranjeros de diversas na- cionalidades; el de las modificaciones prosódicas y ortográficas del extranjerismo en nuestro castellano; y el de su morfología y sintaxis especiales. Aparte de tanta información y observación valiosas, contiene también, y esto es deplorable, buen número de transcripciones del periódico El Fogón de Montevideo, presentadas co- mo documentos fidedignos del bachicha y del cocoliche; absurdo tan palmario como lo sería tomar por testimonios de la evolución de las lenguas románicas las maca- rroneas que lucubraban por burla los escritores satíricos del siglo xvi en Italia, en Francia y en España. El carácter artificial de esas composiciones chuscas no ha. saltado a los ojos de este estudioso lingiiista, que ha venido a realizar así, provo- eando una carcajada de ultratumba, la predicción irónica de Miguel Cané en El eriollismo: Recuerda este autor una observación de Littré a propósito del apuro en que se verían los antropólogos y filólogos del siglo XXX, cuando, al excavar el suelo de la Martinica ya inhabitada, descubrieran cráneos de negros junto a ins- cripciones francesas; dice Cané que en igual aprieto se verán los que, en un por- venir remoto, exhumen en nuestras bibliotecas los productos de la literatura coco- liche, y agrega: «Nuestros choznos gozarán tal vez entonces de alguna sabia y eru- dita disertación sobre El idioma nacional de los argentinos a principios del si- glo XX; estudio de filologia comparada sobre la conocida obra: «Lis amori de Ba- chichín cum Marianina, per il hico del duoño de la funda de lo mundungo»... Como se ve, no ha sido menester que transcurra más que un cuarto de siglo para que haya aparecido, confirmando esa ironía, la sabia y erudita disertación sobre tal tema.
VIM. PARODIAS JERGALES
Las producciones de este género pertenecen a la literatura, y su bibliografía no es, por tanto, de este sitio. Si se incluyen aquí algunas es para llamar la atención sobre el error de los que consideran que esas produceiones son documentos lingiiísti- cos, es decir, manifestaciones reales del lenguaje que presentan. Este error comete Toro y Gisbert con la composición que cita en Americanismos (p. 19) sin advertir su palabrerío artificial. Para el estudio científico de estos lenguajes no debe conside- rarse documento la parodia, por la deformación que implica necesariamente; y es parodia, por ejemplo, toda obra de versi- ficación gauchesca hecha por escritores cultos, cuya habla co- rrecta irrumpe continuamente en la media lengua de sus per- sonajes. El lenguaje del gaucho era, repito, la rama rústica del castellano vulgar del Plata en los siglos XVII y XIX, y su docu- mentación fidedigna está en los archivos judiciales y militares,
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y también en los cuadros de costumbres de los prosistas Ro- berto J. Payró, Martiniano Leguizamón y Benito Lynch; la do- -cumentación del orillero y del lunfardo se encuentra en los vo- -«cabularios correspondientes y en los cuentos de José Severino Alvarez (Fray Mocho); y la documentación de las jergas italocriollas, en las primeras publicaciones anónimas de esa -clase, genuinamente populares, hechas en los periódicos bonae- renses de 1886 a 1890, principalmente en El Laberal, en Fígaro, en Don Basilio, en La Broma y en uno que otro semanario de -caricaturas del mismo período.
He aquí la lista, en orden cronológico, de las parodias idio- máticas que sobresalen entre sus congéneres, unas por el inge- nio de su inspiración, otras por el arte de su composición, otras solamente por la notoriedad que les ha dado la cita de algún filólogo.
95. [RAMÓN ROMERO]: Los amores de Giacumina per il hicos dl duoño di la .fundita dd Pacarito [1886]. — Este opúsculo, escrito en la jerga bachicha del ge- novés acriollado, creó el género llamado impropiamente cocoliche, nombre que co- rresponde en propiedad a la jerga del napolitano acriollado. Reproduce con fideli- dad las características del bachicha.
96. [Anónimo] Caló porteño, 1887 (La Nación, febrero 11). — Artículo de «costumbres que contiene un largo diálogo entre compadritos, y con ello la primera «documentación literaria del orillero.
97. [Anónimo] Encuentro con una china, 1893, apéndice de El idioma del delito por Dellepiane. — Ingeniosa composición métrica en la que se cuentan, en es- tilo apropiado y casi exclusivamente con el vocabulario lunfardo, los preliminares y las resultas de un caso de estafa mutua, hecho corriente en las relaciones del vicio con el delito.
98. SEVERIANO LORENTE: en Decadencia de la lengua castellana en la Repú- blica Argentina, 1897, p. 26 (también en el Diccionario de Garzón, artículo cha- .ludo). — Soneto compuesto de términos gauchescos mezclados con otros orilleros y otros insólitos, y aplicados con tan poco acierto en cuanto a su significado que la -composición, en vez de ser una caricatura, resulta un disparatorio.
99. J. VÍCTOR TOMEY: ¿Quiere Vd. aprender el argentino? 1910 (Hojas selec- tas, Barcelona, 1x, 721). — Este escrito intenta presentar en forma amena, por su contraste con las expresiones correspondientes del castellano peninsular, una se- rie de argentinismos espigados casi todos en el vocabulario del lenguaje casero y ca- llejero.
100. MIGUEL TOLEDANO («Manuel Gil de Oto»): El idioma [1914] en La Argentina que yo he visto, p. 76. — Serie de quintillas en que el autor ensarta há- bilmente ciertas expresiones de nuestro castellano, casi todas del lenguaje familiar, que chocan necesariamente al español, habituado a dar otro sentido a esas pala- bras.
101. AUGusTO GONZÁLEZ CASTRO («El reportero X»): El señor Juan Filólogo Pérez, 1923 (El Mundo Argentino, julio 25). — Diálogo chusco en el que uno de los interlocutores habla un castellano artificial, cuyo vocabulario aparece mechado de extranjerismos, vulgarismos, tecnicismos deportivos, y voces del gauchesco, del bachicha, del cocoliche, del orillero y del lunfardo. Grossmann, en Das auslándische Sprachgut, pp. 199 a 204, se ha tomado el trabajo de glosar estos términos en nú- mero de 156.
102. L. AMBRUZZI, en El Hogar, 1924, enero 11. — Soneto burlesco que ofre- ce una muestra del castellano italianizado, al que no hay que confundir con la jerga italocriolla, constituída por algún dialecto italiano castellanizado.
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Al llegar aquí al término de su lectura, el lector advertirá que su ánimo no se inclina a una apreciación favorable del cua- «Aro que ofrecen nuestras publicaciones sobre la lengua; pero tan pronto como haga el debido esfuerzo para relegar al fondo de la escena lo que no vale, verá surgir al frente ciertos valores positivos de que podemos jactarnos: Sarmiento, Sastre y Aldrey en la ortografía, Santa Olalla en la gramática, La Barra en la fonética, Navarro Viola y Groussac en los principios y métodos de la etimología, Groeber en la toponimia araucana, Toro y Gómez en la historia de la lengua, Rojas en la evolución de nuestro castellano, Monner Sans y Selva en la prédica del buen decir, Ortiga Anckermann en la crítica del lenguaje, Trelles y Granada en la lexicografía regional, Tiscornia en la lexicogra- fía gauchesca, Grossmann en el análisis científico.
Es de esperar que el estudio habrá multiplicado este elenco cuando, dentro de otros veinte años, vuelva a hacerse este in- ventario.
Sinopsis de la clasificación
1. La cuestión del idioma nacional 1-2 VI. Textos lexicográficos:
11. El estudio de la lengua: a) Diccionarios generales .... 50-51 a) El régimen académico .... 34 b) Contribución al diccionario b) El cultivo del lenguaje .... 5 gOneral .oooocooccccocncno 52-55 €) Metodología ........0.... 6-7 c) Lexicografía especial ..... 56-57 d) Gramatología ............ 8-10 d) Nomencladores ........... 58-61 e) Lexigrafía ............... 11-16 e) Investigación toponímica y III. La corrección del lenguaje... 17-23 ONOMÁStiCA ....0ooooooo... 62-64 IV. Textos históricos: 1) Vocabularios regionales .. 65-73 a) Formación y evolución del g) Contribución al vocabulario castellano ........ Ponmms.. 24-33 TOgional ...ooocoooooomoo.- 74-84 b) Investigación etimológica y h) Glosarios gauchescos ..... 85-87 filológica ................. 34-43 i) Glosarios orilleros y Junfar- _V. Textos gramaticales: O 88-92 a) Gramáticas ............ á 44 . b) Vocabularios ortográficos . 45-47 VII. Textos analíticos ......... 93-94 -c) Contribución a la gramática 48-49 VIII. Parodias jergales ...... 95-102
Academia Argentina, 65. Aldrey, 48. Altube y Lerchundi, 31. Ambruzzi, 102. Araquistain, 12. Ardissone, 62. Arreguine, 85, 98. Ascasubi, 85. Atienza y Medrano, Avellaneda, 19, 70. Ayarragaray, 2, 20. Barablino, 56. Barrera Oro, 64. Battistessa, 84. Bayo, 66, 85. Beccar Varela, 58. Benejam, 20. Bermúdez S. W., 72. Bermúdez S. W., 72 Bernier, 56. Borges, 2, 33. Cabral, 56. Calandrelli, 18, 19, 50. Camón Gálvez, 5. Cañaveras, 19. Capdevila, 2, 23, 32. Carriegos, 19, 55, 74. Castex, 20. 78. Castro A., 2, 6, 11, 53, 80. Castro López, 75. Colmo, 17, 20. Costa Alvarez, 2,4, 5, 7, 9, 14, 20, 39. Darnet, 84. Dellepiane, 88. Dirección de Aeronáutica Naval, 57. Figueroa Balcarce, 41. Frexas, 5. Gabriel, 49. García de Diego, 36. García Medina, 20. García Velloso, 19. Garrigós, 73. Garzón, 67.
19.
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Autores comentados
Giusti, 5. González E., 84. González Castro, 101. Granada, 56, 65. Grenon, 79. Groeber, 61. Grossmann, 1, 94. Groussac, 34, 62. Gutiérrez, 65. Halperin, 91. Harnist, 90. Henríquez Ureña, 28. Herrero Mayor, 22. Holmberg, 56, 58. La Barra, 8, 24. Lafone Quevedo, 24, 65. Larden, 85. Leguizamón, 40, 63, 85. Lehmann-Nitsche, 35, 77. Lenz, 16. Lizondo Borda, 42, 85. López, 17. Lorente, 20, 98. Lugones L., 5, 20, 25, 37, 85. Lugones S. M., 82, 84, 87. Malamud, 84. Marasso, 2. Martínez, 65. Maspero, 93. Milanesio, 59. Moglia, 81. Volina Nadal, 71. Monner Sans, 5, 18, 19, 48, 52, 85. Montes, 45. Montolíu, 2, 15. Moreno Godínez, 20. Muñiz, 85 Muñoz Rivera, 19. Navarro Viola, 34. Ogando, 5. Orlandini, 19. Ortega, 51. Ortiga Anckermann, 18. Page, 85, 93.
Palermo, 88.
Peralta, 65. Quesada, 2, 3. Richierl, 20. Rodríguez, 56. Rojas, 2, 26. Romero F., 29, 38. Romero R., 95, Rossi, 48, 88, 92. Salaverría, 2, 30, 85.
Sánchez, 19. Sanín Cano, 13, 20. San Martín, 60.
Santa Olalla, 8. 45. Sarmiento, 48. Sastre, 45, 48. Schiaffino, 20. Schneider, 21. Schuller, 85. Segovia, 19, 69. Seijas, 19.
Selva, 5 18, 19, 54. Senillosa, 44. Serrudo Basaldúa, 84. Soto y Calvo, 85. Suárez, 5. Subirana, 46. Tagle, 65. Tiscornia, 86. Toledano, 68, 10C. Tomey, 99.
Toro y Gisbert, 76. Toro y Gómez, 20, 24. Torrendell, 2, 5, 10. Trelles, 65. Trongé, 20. Turdera, 19. Udaondo, 58. Valdés, 44.
Vallejo Rivera, 20. Vedia, 17. Villamayor. 89. Wagner, 27.
Wilde, 8.
Zeballos E. S., 3. Zeballos M., 47.
(En esta bihliografía, Buenos Aires es siempre el lugar de edición de los li- bros, folletos, revistas, diarios y periódicos mencionados, salvo cuando se nombra otra localidad. La indicación del tamaño de los volúmenes se basa en las dimen- siones corrientes de la hoja de papel de obra (centímetros: 65x95, 72x92, 74x110, 82x118) de cuyos dobleces resultan estos formatos: en 32% desde el mínimum hasta 15x10; en 16% desde más de esta medida hasta 20x15; en 8% desde más de esta medida hasta 30x20; en 4% desde más de esta medida hasta el in-folio y el in-plano, formatos inaplicables a la clase de volúmenes aquí citados. El número de páginas que se indica es el que suman las diversas numeraciones del texto).
La contribución filológica argentina
Hace un siglo que el término «filología» empezó a perder, en el uso corriente, su amplio significado tradicional de «estu- -dio de la vida intelectual de un pueblo antiguo», para aplicarse a representar sólo una parte de ese concepto; y en estos tiem- pos «filología» no significa estrictamente sino la investigación histórica de las expresiones de una lengua en su literatura, des- pués de un breve período durante el cual, con la calificación de «comparada», representó la investigación histórica de las formas estructurales de varias lenguas afines, investigación que es hoy la base de la Lingilística. Por consiguiente, la Filología, en su concepto actual, es esencialmente la crítica de las expre. siones históricas de una lengua, y sólo por extensión comprende la descripción de las formas históricas de ella. De ahí que los fincs y métodos de sus investigaciones sean también dos, uno para cada caso: el empírico, que expone, mediante la cataloga- ción de expresiones, el desarrollo de una lengua en su caudal literario, y el científico, que explica, mediante la concordancia de formas, la evolución de una lengua en su estructura. Pero, en uno y otro caso, es siempre una sola lengua, y solamente en el curso de su historia, lo que constituye el campo de las inves- tigaciones filológicas, que tienen por eso como base la crítica textual del documento antiguo.
A propósito de filología, como de cualquiera otra disciplina, hay que distinguir entre el estudio y la investigación : el estu- dio lleva a la adquisición de los conocimientos universales in- dispensables para fundar una cultura; la investigación tiene por objeto constituir una cultura diferenciada, mediante el exa- men directo y la crítica propia de los hechos. Por tanto es evi- dente que, en materia de filología, cuya base, repito, es el do- cumento, el campo argentino de investigación se restringe para comprender sólo lo que, por medio del documento original, po- demos analizar y apreciar directamente. De ahí que nuestra esfera de investigaciones filológicas deba ser siempre la ameri- cana, y no pueda ser nunca la europea; y como el medio se su- bordina al fin, y el método a la materia, fuerza es también que los argentinos tengamos nuestro método propio para reali- zar tales investigaciones. Explícase que en España la necesidad
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de una reacción vigorosa contra el preceptismo gramatical, el formalismo etimológico y el purismo académico haya llevado a un grupo de filólogos a la posición extrema del cientificismo y al método analítico de tipo alemán, igualmente extremo. Acá, en nuestro país, tales excesos no tienen ambiente favorable y resultan incongruentes; acá no ha habido nunca campeones del precepticismo gramatical, ni del formalismo etimológico, ni del purismo académico; el escepticismo en cuanto a dogmas grama- ticales es nuestra característica, consideramos la etimología con- jetural como obra de ingenio y no de erudición, y una toleran- cia discreta es la enseña que levantan todos los que nos pre- «dican la corrección del lenguaje.
De muy distinta índole, en relación con las españolas, han de ser, pues, nuestras investigaciones filológicas. Ante todo, nos- -otros no contamos con los textos originales que guarda España, y nunca podremos colaborar en esa parte del campo científico con los que viven en la cuna de nuestra lengua. Ese caudal in- formativo está lejos de nuestro examen directo, y de ahí que ta- les estudios deban quedar librados enteramente a la actividad de los filólogos españoles; los argentinos nos plantamos en muy mal terreno cuando intentamos hacer obra mejor que la de ellos, en la esfera propia de ellos y sin los recursos con que e¿uentan ellos. La documentación es la base indispensable de la investigación histórica, que sólo logra acercarse a la verdad cuando amplía considerablemente el número de los autoriza- «dos testimonios. Con respecto al castellano clásico y preclásico, cuya documentación original se encuentra toda en Europa, ¿qué valor puede tener lo que afirmemos nosotros, los argentinos, es- tando como estamos a 2500 leguas de los archivos y de las bi- bliotecas que guardan los correspondientes testimonios? Para intentar tal género de investigaciones no tenemos más recurso que una que otra edición o reimpresión moderna, en la que, «cuando no se equivocó el copista o el impresor, hizo subrepticia- .mente una corrección docta el editor o el comentarista. Más que precaria, enteramente inútil me parece toda labor hecha en América en esa rama filológica del castellano.
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Los argentinos tenemos nuestra esfera propia en estas inves- tigaciones, representada por los productos de la cultura ameri- “ana, que están al alcance de nuestra observación personal; una -«esfera tan propia que los españoles no podrían actuar con auto- ridad en ella. Tenemos, ante todo, la organización léxica y gra- matical del castellano colonial, esto es, del idioma común en que se fundieron, bajo nuestro cielo, las diferentes hablas afines de los colonizadores procedentes de las diversas regiones del reino de Castilla. Mientras no conozcamos esta fuente inme-
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diata del castellano en América, continuaremos en la infrue- tuosa tarea actual de intentar explicar los orígenes de nuestra lengua a la manera española, esto es, refiriendo el castellano de América a la lengua culta de los peninsulares de la época clá- sica, mejor dicho, al lenguaje literario del siglo de oro; falsa posición que es causa de nuestro error constante : el estar viendo americanismos en lo que no aparece en tales textos, ni en sus derivaciones directas que son el diccionario y la gramática es- pañoles o españolados. Porque la verdad es que, si no todas, casi todas nuestras presuntas creaciones populares estaban en los labios de los colonizadores poco cultos y nada literatos que poblaron la América castellana, habla cuya existencia no han querido reconocer hasta ahora el diccionario y la gramática es- pañoles o españolados, porque sus rutinarios autores actuales creen que el castellano está en pañales todavía, y siguen apli- cándole, para inventariarlo y explicarlo, el mismo método doe- trinario que en los siglos XV, XVI y XvHn se justificaba por el proceso de fijación de la lengua. En la Argentina, el castellano no se fijó bajo la acción de esta tutela académica, y nuestros ar- chivos capitulares, judiciales y eclesiásticos ofrecen abundantes materiales a la obra de establecer los caracteres originarios de nuestra lengua; en estas indagaciones, limitadas al léxico, está empeñado de un tiempo a esta parte el benemérito padre Gre- nón, de Córdoba, con el aplauso de nuestro Instituto de inves- tigaciones históricas. En esta labor benedictina, el padre Gre- nón está solo en toda la extensión de la América castellana, y eso es realmente lamentable.
Tenemos luego la evolución del castellano en nuestro propio territorio, al contacto de las lenguas indígenas primero, y des: pués al rozarse con las de los inmigrantes europeos. En cuanto a las lenguas indígenas, la influencia fonética y la aportación to- ponomástica son la materia interesante cuando se trata del es- tudio particular del castellano. Desde el punto de vista cientí- fico universal, lo más interesante es el estudio de las lenguas indígenas en sí mismas; y hay que decir que este interés, nada utilitario, puramente platónico, no ha decidido aún a nadie en- tre nosotros. no obstante el ejemplo que nos dan Chile, Brasil y Estados Unidos, a organizar y completar la labor fragmenta- ria y empírica, rudimentaria a veces, pero siempre valiosa, que en este terreno han realizado los gramáticos coloniales, y luego López y Barbará, Mossi y Lafone Quevedo, Outes y Lehmann: Nitsche. El estudioso Juan Benigar, de Pulmarí, Neuquén, está empeñado, desde hace seis años, en la investigación científica de los topónimos araucanos; pero lo ocupa preferentemente la. preparación de la gramática araucana, una de cuyas partes, la fonética, está por terminar. No veo la hora de que salga a luz alguno de esos estudios, porque, dada la competencia de este
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araucanista, lo que publique será siempre obra seria, nueva y - valiosa.
Más vasto aún es el campo que ofrece a nuestra actividad la investigación de las leyes del castellano y la formación de su inventario general. Sobre esto no tenemos hasta ahora, en toda la América castellana, sino crítica pedagógica y compilación localista. Las generaciones instruídas en la materia por los tex- tos de la vetusta escuela no han producido profesionales de la cátedra y de la crítica capaces de superar a sus maestros, des- prendiéndose del dogmatismo y del empirismo escolásticos, para dedicarse a la investigación y a la catalogación científicas de los hechos de la lengua; por lo que los estamos viendo... parva leves capiunt animas... seguir haciendo la crítica léxica por el trivial patrón valbuenista, y en lo gramatical mantenerse fieles a la superstición hereditaria. Para ellos es mucho más cómodo y seguro encastillarse en la tradición y confiarse a la rutina; y por eso, en pleno siglo xx, tienen todavía por artículo de fe que la lengua castellana, nueva Atenea gloriosa, salió de la cabeza jupiteriana de los clásicos del siglo de oro; para ellos las obras de éstos son la Sagrada Escritura, cuyo verbo divino la Esco- lástica ha codificado en la gramática doctrinaria e inventariado en el diccionario alfabético, y por tanto consideran que sería pecado contra el Espíritu Santo alterar las bases de esos dos libros canónicos.
Desde hace ya más de un siglo nuestro espíritu americano, que tantas instituciones europeas ha repudiado por incompati- bles, protesta contra la subsistencia de una Gramática y de un Diccionario que, por mucho que se reformen externamente, mantienen su carácter tradicional, justificado sólo en Europa, de institución escolástica, esto es, empírica, dogmática y doe- trinaria. No vivimos sino clamando contra los defectos de estos grimorios, pero todavía no hemos visto que esos defectos no es- tán en los detalles sino en la estructura, sobre todo en el espí- ritu que alienta a tales obras. Y como a todos, repito, nos place enfrascarnos en la crítica pedagógica y en la compilación loca- lista, todavía no ha surgido el segundo Bello que ha de prose- guir y terminar la obra de emancipación de nuestra Gramática, para fundar en leyes y no en reglas el uso de los recursos de la lengua; como tampoco ha surgido todavía el Webster caste- llano que ha de darnos nuestro propio diccionario, libre de lo anticuado, de lo desusado y de lo ripioso en el vocabulario, y de empirismo, de dogmatismo y de doctrina en las definiciones.
* Nuestro material de investigaciones no está, pues, en España,
en sus archivos y bibliotecas, en sus becerros y códices, ni en los manuscritos primitivos ni en las ediciones primeras de los
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escritores preclásicos y clásicos del castellano. Esto por una parte; por la atra, el culto a la tradición no es la obsesión de los intelectuales americanos, para quienes es más brillante pro- grama aplicarse a preparar los triunfos del porvenir, que po- " nerse a cantar lúgubremente las pasadas glorias. En fin, tam- poco se aviene con nuestra idiosincrasia, que repite la amplitud de los horizontes de nuestra América, entregarnos al análisis extremo, esto es, sumirnos en el pozo de la especialización para examinar las capas geológicas, cuando tanta tierra inexplorada hay aún en la superficie. Admitimos el análisis sólo en la me- dida necesaria para fundar una síntesis; por el momento nos urge dominar el conjunto de las cosas, y la especialización ven- drá después. Por esto, por la naturaleza del mundo en que vi- vimos, y no por petulancia, somos poliglotos, polígrafos y poli- técnicos.
Sin embargo, seguir los caminos trillados, repetir lo ya he- cho, remedar la obra de los que representan a la escuela grama- tical y léxica que tuvimos que pedir a la tradición, al iniciarse el aluvión cosmopolita, para impedir nuestro extravío en el lenguaje, ésa es todavía, para nuestra cómoda inercia, la tarea que consideramos impuesta por las cireunstancias. No adverti- mos que, constituída ya esa escuela, esto es, asegurado el mante- nimiento de la lengua heredada, nuestra necesidad actual no es ya la lucha contra la exaltación patriotera, fomentadora del idioma privativo, que esa escuela ha morigerado, evitando la preponderancia de la jerga, y por tanto la formación de una nueva lengua franca, o sabir, o papiamento; ahora, nuestra ne- cesidad cada vez más imperiosa, en este país argentino cada vez más impregnado de cosmopolitismo, es que esa escuela funcione acertadamente, enseñando de una manera intensa y eficaz el castellano, para impedir que lo inficionen, en las letras, el ga- limatías de los truchimanes, la monserga de los pedantes y el guirigay de los politiqueros; y en el habla, la algarabía gringa, la jacarandana orillera y la jerigonza lunfarda. Menos aún ad- vertimos que, para que esta enseñanza sea intensa y eficaz, de- bemos aplicar nuestro más grande esfuerzo a crear, como ins- trumentos indispensables, una gramática que exponga las leyes orgánicas de la lengua y explique su función imperativa, en vez de prescribir reglas contradichas por excepciones, y de pro- poner modelos que entre ellos se desautorizan, así como un die- cionario que defina la palabra por su significado privativo y no por su analogía con las congéneres, porque esto es pura y sim- ple e inepta tautología.
¿Sentiremos alguna vez los argentinos un anhelo de emanci- pación de la secular tutela que nos obliga a considerar nuestra lengua propia como un bien ajeno, puesto que, al parecer, sólo en España se puede inventariar autorizadamente su vocabula-
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rio, y sólo allá se puede explicar autorizadamente su uso gra- matical ? Si es lógico que esta obra la haga el intelecto españo) para España ¿no es igualmente lógico que el intelecto ameri- cano se encargue de ella en América? No se trata de trasladar a América la Academia de la lengua, sino de dar a los ameri- canos su propia autoridad en la disciplina que la enseñanza de la lengua representa; de la misma manera que, cuando nos in- dependizamos políticamente, no fué para trasladar a América el trono español, sino para regirnos con nuestras solas fuerzas. ¿Tenemos estas fuerzas para asumir el régimen de nuestra len- gua? Dudar de ello sería desconocer la eficacia de la escuela que pedimos a España hace cincuenta años y que ha estado pre- dicándonos el empleo de las mejores formas del castellano, ha- ciéndonos conocer y admirar sus riquezas técnicas y artísticas, y que ha tratado de estimular a nuestras inteligencias para que examinemos hondamente esta lengua nuestra, en sus elementos y en su mecanismo, porque sólo el conocimiento cabal de ella puede darnos el dominio de ella. ¿ Y cómo llegar a este conoci- miento si nuestro espíritu americano no forja sus propios ins- trumentos de investigación y no elabora sus propios métodos de estudio, adaptados unos y otros a su particular idiosinera- sia? Mientras la Gramática y el Diccionario de nuestra lengua sean obra ajena, será fatal que los americanos, los argentinos al menos, sigamos repudiando, como Alberdi, Echeverría, Sar- miento, López y Gutiérrez, lo que no nos habla sino de subalter- nería. Pero, me apresuro a decirlo, de esta ingrata situación no nos va a librar la voluntad solamente, si ante todo no la apli- camos a erear, por medio del estudio, las necesarias armas de emancipación, que son, repito, nuestra Gramática y nuestro Die- cionario americanos, y americanos no por su carácter externo sino por su espíritu libre de tradicionismo, de rutina y de cate- quismo.
La enseñanza
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La acción social solidaria
El cuidado de la lengua, a los efectos de mantener su unidad y corrección, es una cuestión de orden social y de trascenden- tal importancia, que en todo momento deben atender las clases dirigentes; porque ¿cómo aunar las ideas y emociones colecti- vas de un pueblo si no es común el medio de expresión de esas ideas y emociones? ¿y cómo elevar su cultura si no se refina su habla? ¿y cómo nutrir su inteligencia y educar su senti- miento si la lengua, único medio de inculcar tales enseñanzas, no es inteligible porque no es correcta? Es evidente que, para realizar esta triple función suya: crear la solidaridad nacional, elevar la cultura y servir de instrumento para la instrucción y educación, la lengua resultará tanto más eficaz cuanto más uni- forme sea y cuanto más depurada esté de las incorrecciones con que la ignorancia por un lado, y la petulancia por el otro, ha- cen confusa o pedantesca la expresión de los conceptos.
En nuestro país, tres factores conspiran permanentemente contra la corrección y consiguiente eficacia del idioma nacional : 1* la falta de tradición secular literaria, que hace del castellano, para nosotros, una lengua ajena, por cuanto sus autoridades consagradas son extrañas a nuestra nacionalidad; 2” la intro- ducción de libros y demás impresos escritos en idiomas extran- jeros, recurso indispensable para la ampliación y el progreso de nuestros conocimientos; 3” la inmigración cosmopolita, que forma hogares donde no es el castellano la lengua que apren- den nuestras criaturas en el regazo de la madre y en las rodi- llas del padre. De ahí que el tipo común del habla en nuestro país revele en nosotros un grado de cultura inferior al de todo pueblo dueño de una lengua propia, autóctona, desarrollada por él mismo, y por él solamente, en el curso de los siglos. De ahí que el lenguaje de nuestros oradores y escritores, hasta entre los universitarios y entre los literatos, sea el más indisciplinado del mundo. De ahí también que, en nuestras escuelas, al incon- * veniente de que los alumnos no llegan a ellas con el debido co- nocimiento elemental de nuestra lengua, se agrega la dificultad de que, a causa de la preponderancia de la filiación extranjera, no es posible encontrar maestros en los que el dominio del cas- tellano sea la primera aptitud docente.
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Mientras no hayamos creado nuestras autoridades propias. en la materia, esto es, los estilistas, gramáticos y lexicógrafos: del castellano en la Argentina; mientras la inmigración cosmo- polita sea necesaria para el erecimiento económico de este país, y el tributo a la ciencia y a la literatura extranjeras sea indis- pensable para nuestro desarrollo intelectual, subsistirán esas causas de la corrupción de nuestra lengua. En consecuencia, por el momento no es posible curar este mal necesario, y para combatirlo no hay más recurso que los paliativos. Estos son : la escuela, que debe contrarrestar la influencia malsana del ho- gar extranjero; el lenguaje oficial, que debe ser ejemplo de exactitud y disciplina; y la obra literaria, que debe hacernos. conocer las bellezas del castellano y despertar y mantener en nosotros el amor a él. Y en tanto que obran estos paliativos, nuestro progreso natural en las ciencias y en las letras irá pre- parando el específico indicado para el caso: nuestra gramática propia, nuestro léxico propio y nuestros estilistas propios, lla- mados a emancipar nuestro castellano de toda autoridad extra- ña y a darnos la conciencia, que hoy nos falta, de que esta len- gua es un bien nuestro, inherente a la nacionalidad argentina.
Con respeeto a la acción que a la escuela toca desarrollar en este plan, no voy a exponer aquí el mejor método de enseñar la lengua a nuestros escolares. Cualquier recurso de este gé- nero fracasará siempre por la ineptitud de los encargados de: aplicarlo. En las presentes cireunstancias, y mientras la ma- yor parte, la totalidad casi, de nuestros maestros y de nuestros autores de textos escolares no tengan el dominio de la lengua y el conocimiento de sus formas cultas, la ineficacia de la en- señanza de esa asignatura, que administran directamente los macstros de gramática e indirectamente todos los demás, resi- dirá siempre en la pobre locución de ellos, sea cual fuere el valor pedagógico o didáctico del método o del texto en las clases de: idioma nacional; porque es una ley de la naturaleza que en las criaturas siempre ha de poder más el ejemplo que el precepto. De modo que, cuando nuestras autoridades escolares quieran obrar eficientemente para mejorar la suerte de la lengua entre: nosotros, forzoso será que traten ante todo de reformar la lo- cuela del maestro y el lenguaje del autor de textos.
Para esto último bastaría establecer, como condición previa: de la aceptación de todo texto escolar sobre cualquiera materia, _ el visto bueno gramatical y léxico de un censor oficial en fun- ción docente, esto es, obligado a puntualizar en sus informes las incorreeciones, a fin de inducir al autor a salvarlas, En cuanto: a los maestros, hay que advertir que en los adultos el estudio metódico y perseverante no puede ser ya sino voluntario; y cuando se trata de materia elemental, como se considera por error inveterado el estudio de la gramática y del léxico, tal es-
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tudio les inspiraría la más resuelta aversión si se les impusiera como un deber. Además, la imposición de este deber a los' maes- tros rebajaría su autoridad profesional, por lo que sería vio- lento y desdoroso a la vez someterlos a semejante disciplina. Pero si el procedimiento imperativo está fuera de lugar en este -easo, el método persuasivo podría reemplazarlo.
Demostrar al maestro, con la exposición de nuestros antece- dentes históricos, cómo hemos estado perdiendo el tiempo con la quimera de emanciparnos de nuestra lengua heredada me- diante la creación de un idioma privativo; hacerle ver cuánto más patriótico, cuánto más cómodo y cuánto más digno es abra- zarnos al castellano como a cosa propia para cultivarlo con amor y acierto; y hacerle sentir cuánta satisfacción moral, cuánta fruición intelectual, cuánto goce espiritual hay en manejar la lengua con tal arte que la hagamos expresar hasta la más tenue sutileza de nuestro pensamiento y la más leve delicadeza de nuestro sentimiento, sería el programa que a mi juicio debe- rían proponerse las autoridades escolares para obtener, por medio de conferencias continuas de los inspectores seccionales -en los principales centros de población, la colaboración indis- pensable del maestro en la empresa de reprimir la corrupción de la lengua entre nosotros.
Naturalmente incumbe a la escuela la tarea de contrarrestar la influencia malsana que sobre la lengua de nuestras criatu- ras ejerce el hogar de nuestros inmigrantes cosmopolitas. Pero .4 qué puede hacer la escuela para librar a los adultos del perni- -cioso ejemplo que en el mismo sentido dan la calle, la literatura mercantil, el teatro plebeyo y la prensa populachera? Forzoso es, pues, que el gobierno complete esa obra inicial de la escuela. Por lo que se refiere a la calle, el recurso sería invitar a los intendentes municipales a promover la sanción en todo el país .de una ordenanza que prohibiese la fijación o circulación en la vía pública, y en los vehículos, de letreros o avisos incorrecta- mente escritos. En cuanto a la literatura mercantil, al teatro plebeyo y a la prensa populachera, visto que la censura gra- matical y léxica no se conciliaría con la libertad de expresión -del pensamiento, la influencia malsana de su lenguaje inco- rrecto sólo podría combatirse, mientras se eleva la cultura del «pueblo, único remedio radical. con el estímulo oficial a la pro- ducción literaria de lenguaje depurado, es decir, con la institu- ción de un premio anual para la obra mejor escrita en cuanto a precisión léxica y a corrección gramatical. Un recurso más sería promover la divulgación, por medio de las bibliotecas pú- “blicas, de todo libro que trate de infundir el amor a la lengua, demostrando de una manera explícita o en forma sugerente la necesidad de su cultivo y las ventajas de este esfuerzo.
En cuanto al literato, su acción social con respecto a la len-
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gua consiste en mantenerla en equilibrio entre las dos fuerzas que se disputan el predominio sobre ella: la libertad de evolu- ción, que tiende a desintegrarla en neologismos, y la necesidad de tradición, que tiende a fosilizarla en arcaísmos. El neólogo conspira contra la unidad de la lengua, y la unidad de la len- gua es una grande y preciosa obra secular de la cultura, cuya conservación y cuyo desarrollo debe cuidar todo escritor, tra- tando de que su originalidad literaria se manifieste en la fuerza de sus modos de pensamiento y no en la violencia de sus for- mas de expresión, tal como, en lo personal de su figura, trata de distinguirse por la manera de llevar el traje y no por la ex- travagancia de sus prendas. Y el arcaísta, a su vez, conspira contra la eficacia de la lengua, porque ésta, ceñida dentro de los moldes antiguos, no podría expresar la renovación que en- trañan los conceptos modernos. Como leve toque ocasional, el arcaísmo refuerza el cuerpo y el aroma de la expresión, del mismo modo que un jarro de vino añejo compone un tonel de vino nuevo; pero preferir sistemáticamente determinados. voca- blos obsoletos a las voces que han triunfado sobre ellos suplan- tándolos, lleva a abolir estas últimas, a proseribirlas del vocabu- lario propio, como si fueran sordida verba; con lo que el ar- caísta enriquece tanto la lengua como enriquece su casa el que, por amor a la antigualla, trae a la sala los trastos del desván, y lleva al desván los muebles de la sala.
En fin, sólo en las naciones donde la escuela, el gobierno y el escritor se esfuerzan de consuno en cuidar la lengua, para mantener su unidad y su expresividad, es donde aparece ele- vado el nivel de la cultura; porque el lenguaje, que resume el saber y el gusto, es el signo más seguro de ella. Y duele tener que decir que este esfuerzo conjunto, esta acción social solida- ria, no existe entre nosotros; y de ahí la situación inferior en que nos vemos por dentro y en que nos ven de fuera.
El campeón del castellano en la Argentina
Señoras, señores :
En la historia del castellano en la Argentina, la figura de Ricardo Monner Sans se alza, enhiesta y gallarda, represen- tando una lucha y un triunfo. Un pintor de batallas y de vie- torias no puede hacer revivir al héroe, en toda la realidad de su grandeza, si no lo presenta de relieve, sobre el campo del combate como fondo, y con la expresión del vencedor como au- reola. Debo hacer como el pintor si quiero hacer revivir ante vosotros, con su particular característica, a esta personalidad de luchador triunfante; debo empezar por trazar el fondo de su cuadro, el campo de la cultura del habla, en el que, durante casi cuarenta años, libró su lucha y alcanzó su triunfo.
La base de nuestra cultura es la heredada tradición hispana; pero su estructura tiende a desarrollarse con caracteres pro- pios, en armonía con nuestra idiosincrasia de pueblo nuevo, li- bre de atavismos constringentes; y por eso, en cuanto a las ins- tituciones sociales, hemos tenido que realizar un esfuerzo de re- novación, de adaptación y de creación, no poco considerable. Lograda en 1862 la organización nacional definitiva, al cabo de cincuenta años de ensayos infortunados, trágicos a veces, y Or- ganizado también el desarrollo económico, al fin podemos en- tonces emprender la obra de organización de la cultura: eri- giendo las instituciones destinadas al estudio de las ciencias, suprema conquista de nuestra inteligencia, y también al de las artes, sublime floración de nuestro ingenio. Al iniciarse esta obra se tropieza de inmediato con la cuestión de la lengua, por- que la lengua es el instrumento indispensable de la cultura. Per- mitidme una digresión necesaria en este punto.
Habéis observado, señoras y señores, que en el reino animal hay una escala de voces que, en cuanto a intensidad, va desde el leve piar del polluelo hasta el bramido cavernoso del león; y que, en cuanto a tonalidad, va de lo desagradable a lo agradable : empieza en el rebuzno y el relincho, y refinándose cada vez más en ronquido, en gruñido, en aullido, en chillido, acaba en el arrullo y el gorjeo de las aves gárrulas y canoras. Así también en la especie humana hay lenguajes que empiezan en los ron- quidos y chasquidos de los hotentotes, en los gruñidos y silbidos
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de otros salvajes, y refinándose cada vez más, acaban en las modulaciones musicales de los idiomas europeos. Pues bien: de la misma manera, en toda lengua de pueblo civilizado hay una escala de expresiones, que empieza en el mascullar y el barbu- lar de los rústicos, y refinándose cada vez más, al pasar de lo rústico a lo plebeyo, de lo plebeyo a lo vulgar, y de lo vulgar a lo noble, acaba en la dicción clara y fluída del orador diserto. Y esto es así porque, como el hombre se diferencia de todos los demás seres de la creación por la circunstancia de que es el único de ellos que no está conforme con su condición de animal, y se ha propuesto serlo cada vez menos, con la esperanza de que algún día dejará de serlo totalmente, he ahí que se ha desarro- llado en nosotros, en el curso de unos diez mil años, un instinto que nos incita a refinar constantemente nuestros modos natu- rales, a tal punto que, aún entre nosotros mismos, ha llegado a establecerse una emulación que nos induce, a los que formamos cierta clase en la sociedad, a distinguirnos del común de las gentes, por la figura, por los modales, por el habla. Y para dis- tinguirnos por el habla hemos creado, dentro de cada idioma, lo que se llama la lengua culta; y ahí tenéis, señoras y señores, cómo y por qué el cultivo de la lengua es una de las bases cons- titutivas de la cultura social.
Decía que, al iniciarse entre nosotros la organización de la cultura, se tropieza de inmediato con la cuestión de la lengua; porque este medio imprescindible para la difusión de la ciencia, y poderoso recurso de arte, y signo inequívoco de la condición social, aparece desorganizado entonces entre nosotros. La in- fluencia francesa, impuesta por la cultura, ha desnaturalizado nuestro castellano eserito, y el contacto demasiado íntimo de las clases altas con las bajas, impuesto por la política, ha vulgari- zado el habla de nuestra gente decente. Surge entonces, como exigencia imperiosa de la cultura, la necesidad de restablecer la lengua culta. Pero esto piensan los reflexivos, y los imagina- tivos tienen otra idea... los adorables imaginativos, ese Qui- jote, mitad del alma nuestra, que tanto trabajo da a Sancho, la otra parte... Las irregularidades de nuestro castellano los in- ducen a creer que en este país se está formando un idioma pri- vativo... ¡gloriosa empresa patriótica sería la de favorecer su «desarrollo para que los argentinos pudieran distinguirse en el mundo por una lengua propia y exclusiva!... y a poco andar, en 1876, anuncian la preparación de un diccionario del «len- guaje argentino», obra que se redujo a un prospecto con doce voces de muestra. Mientras los soñadores, con Rafael Obligado al frente, se entreticnen en esto, los prácticos dan comienzo a la reorganización de la lengua culta ajustando la ortografía a la de la Academia española, porque en este punto acaba por pre- valecer la doctrina de la uniformidad, predicada por Marcos
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Sastre, sobre la teoría de la simplificación, sostenida por Sar- miento; pero en lo principal, en cuanto al léxico y a la sintaxis, la empresa de restauración de la lengua culta se paraliza por falta de maestros aceptables: se ha descartado por rancio el mo- -delo arcaico de los clásicos castellanos, se repudia por afectado el estilo hiperbatónico y pomposo que está de moda entonces en- tre los escritores de la Península, y la situación es de expec- tativa; cuando, de pronto, la dificultad se resuelve felizmente y de una manera inesperada. El régimen opresivo que precedió en España a la revolución de 1868 primero, y después la caída de la república en 1874, obligan a expatriarse a buen número de intelectuales españoles, que llegan al Plata y son recibidos con palmas, especialmente en Buenos Aires, donde encuentran, en el magisterio y en el periodismo, sus medios de vida más ade- «cuados.
Empiezan a actuar entonces en nuestra prensa, alentados por Benito Hortelano que desde Caseros está en ella, Casimiro Prie- to, Romero Jiménez, López Benedito, Rafael Barreda, Salvador Alfonso, Martínez Villergas, Enrique Ortega, Carlos de Egoz- cue, Antonio de Aleu, Rafael Calzada, López de Gomara, y más tarde Alonso Criado, Martín Herrera, Enrique Frexas, Eusta- quio Pellicer, Federico Leal, Javier Santero, Carlos Malaga- rriga, Ricardo Fors, Severiano Lorente, Julián de Vargas, Po- leró Escamilla; mientras se esfuerzan en el aula José María To- rres, Guillermo Parodi, Santa Olalla, López Lorenzo, Bernardo "Troncoso, Gregorio Martí, Cayetano Aldrey, Baldmar Dobra- nich, y más tarde Hidalgo Martínez, Benigno Martínez, Monner Sans, Moreno Godínez, García Velloso, Atienza Medrano, Vera González. Lo que nuestra cultura debe a esta pléyade, que nos auxilió en la obra de adaptar el castellano a la modalidad ar- gentina, y lo que le debe también nuestra técnica literaria, no ha sido escrito aún; presento la cuenta a nuestros historiadores de la literatura y de la cultura para que salden su deuda con esos argentinos de adopción, que confirmaban cordialmente a nues- tro lado el imperial apotegma de Casimiro Prieto: «España está donde se habla el castellano, y donde se habla el castellano está mi patria».
En las redacciones de los grandes diarios se establece enton- ces verdadera camaradería entre el escritor porteño y el eseri- tor español; y en la antigua sala de profesores de este Cole- gio Nacional de Buenos Aires, un vínculo también de compa- ñierismo liga a los catedráticos españoles con sus colegas argenti- nos. Un sociólogo dirá que la afinidad de raza, la comunidad en el concepto ideal de la vida, y por tanto en los anhelos, en los gustos y en las costumbres, era lo que llevaba a esa unión; un filólogo tiene que decir que la lengua era el agente de ella, por- que la lengua en sí, con la razón que entrañan sus vocablos, la
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sebo
sensibilidad que muestran sus giros, y el arte que desarrollan sus sonidos, es el reflejo completo del alma humana; y por eso la unidad de lengua lleva a los hombres necesariamente a la armonía de formas en el pensar, en el sentir y en el idear; y de ahí la mutua simpatía. Corto aquí esta reflexión un poco tras- cendente, y vuelvo a los hechos de la historia. Al fin las insti- tuciones culturales quedan organizadas, y la lengua entra en la vía del refinamiento. Pero no todo es trillado en esa vía; hay quien hace rodar piedras sobre ella, y a cada paso se tropieza con las puntas y las aristas que a ese avance opone la ineul- tura; además, aquella idea del idioma privativo ha ido tomando cada vez más cuerpo, a causa de que el espíritu nacionalista, al reaccionar violentamente contra la irrupción cosmopolita, ha re- cogido esa idea y ha hecho de ella el estandarte de su campaña eriollista en las letras. Y allá por 1889, cuando la cuestión lla- mada del idioma nacional entra en su momento crítico, llega acá Monner Sans; probablemente con tantas esperanzas como incertidumbres acerca de lo que va a ser de él, y seguramente muy lejos de figurarse ni la lucha que iba a emprender ni el triunfo que iba a lograr.
Desde el primer momento su actividad es múltiple: se inicia como docente en el colegio Lacordaire y como publicista en el diario La Nación, y poco tarda en actuar también como autor y orador. En tanto que empieza así su cuádruple faena, observa que, en la Argentina, el castellano está oscilando entre dos fuer- zas opuestas: la criollista que quiere hacerlo particular, típica- mente nuestro, y la de la cultura, que quiere mantenerlo gene- ral, común para todos; y ambos bandos extreman su porfía : unos se abrazan al gaucho, los otros a la Academia... Todo en Monner Sans: su tradición española, su ideal de cultura, su función docente, su devoción literaria, su conocimiento técnico de la lengua, lo incitan a plegarse al bando conservador inter- viniendo en la contienda; pero el respeto a sí mismo y a los demás, que era la primera de sus virtudes sociales, le prohibe inmiscuirse en una cuestión que considera ajena, propia de los argentinos, que sólo a ellos corresponde discutir a causa de su carácter nacionalista; y mientras la cuestión dura, se abstiene de escribir sobre ella entre nosotros. Se limita a estudiar el pleito, a examinar la cosa en disputa, y cuando llega a cono- cerla resuelve asumir frente a ambas partes la posición que iba. a ser el baluarte de su lucha y la causa de su triunfo. En pri- mer lugar juzga que el lenguaje gauchesco, punto fundamental de la controversia, es un miembro legítimo de la familia caste- llana, tan castizo como su hermano el andaluz; y dice esto en 1894, antes que Unamuno llegue en el mismo año a idéntica con- clusión ; luego publica Minucias lexicográficas para pedir la in- corporación al léxico académico de varias voces argentinas, y
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para presentar artículos de un vocabulario gauchesco que está organizando. En segundo lugar, juzga que la crítica del len- guaje debe censurar, no los vulgarismos de los ignaros, porque su corrección toca a la escuela, sino las vulgaridades de los doc-. tos, porque son éstos, y no los otros, quienes estropean la len- gua; y entonces escribe, contra esas vulgaridades, sus Notas al castellano en la Argentina. Más tarde ataca a la intransigencia purista sosteniendo en El neologismo la necesidad de legitimar las voces nuevas, en las que no ve sino los naturales retoños de toda lengua viva. He ahí cómo, en esta lucha suya contra am- bos bandos, al dar a cada cual una parte de la razón disputada, ejerció una acción conciliadora, que, aceptada por unos y por otros, fué su triunfo. Y se explica este triunfo, porque su arma en tal lucha no fué el insoportable dogmatismo del pe- dante: usó en cierta medida el medio imperativo del precepto, pero prefería el método persuasivo de la demostración, al que lo inclinaba su temperamento bondadoso, primera de sus pren- das de carácter; y por eso es que en su obra de publicista se consagra especialmente al examen crítico de la literatura caste- llana, y a la compilación filológica, para poner de relieve la riqueza actual y virtual de nuestra lengua, y también su be- lleza; y de ahí que su producción docente, sobre gramática, lexi- cografía y pedagogía, represente menor volumen que sus com- posiciones poéticas, dramáticas y oratorias, y sus estudios his- tóricos, literarios y filológicos; cuantiosa labor que dura casi cuarenta años y que aparece lanzada a los cuatro vientos, espar- cida en muchos libros y folletos, revistas y periódicos y diarios, como si hubiera querido sembrar de notas castellanas la Ar- gentina.
Esta difusión extraordinaria de su obra, en tan amplio espa- cio y en tan largo tiempo, ha dado a Monner Sans entre nos- otros una notoriedad que supera en mucho a la de todo otro crí- tico de la lengua; y ha hecho de él, por excelencia, el Campeón del Castellano en la Argentina. Por eso he empezado esta diser- tación diciendo que, en la historia de nuestra lengua, la figura de Monner Sans se alza, enhiesta y gallarda, representando una lucha y un triunfo. Es muy sabido que los hombres de letras hemos tratado a Monner Sans manifiestamente de la misma manera que tratamos al Diccionario y a la Gramática; pero en nosutros, como en todos los humanos, lo ostensible disimula lo recóndito, y por tanto ; también muy sabido que no hay un solo escritor entre nosotros que no tenga en su biblioteca un die- cionario, una gramática y las Notas al castellano en la Argen- tina... Mucho tiempo ha de pasar antes que se haga evidente para la generalidad, lo que hasta ahora no hemos visto sino los estudiusos: el alcance social de la obra de Monner Sans, su in- fluencia directa en el cultivo de nuestra lengua; es forzoso que
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así sea, que este reconocimiento tarde, porque el esfuerzo su- premo de la actividad humana que la cultura representa, coma que es síntesis selectiva de innumerables tentativas malogradas y bien logradas, vo puede dar sus frutos de inmediato en cada caso. Sin embargo, es evidente hoy, hasta para la generalidad de los vbservadores, el hecho de que ahora cultivamos la len- gua con un celo que no hemos tenido nunca antes de ahora; y pregunto si es posible considerar ajeno a este hecho el esfuerzo de quien entre nosotros dedicó su vida entera, con tesón de lu- <hador y con fervor de apóstol, a demostrarnos la riqueza y la belleza del castellano, y a transfundirnos algo siquiera del amor icólatra que tenía él a nuestra lengua.
Señoras, señores: se tacha de parcialidad al juicio contempo- ráneo: yo tacho de incomprensión al juicio histórico; y afirmo «que el móvil y el resultado de nuestros actos no pueden ser eo- nocidos, en toda su verdad e integridad, sino por quienes han vivido con nosotros. Por eso os he hablado como acabáis de oirlo, «con decisión y con firmeza; porque ereo que el juicio contem- poránco es el único juicio justo, aunque haya en él pasión o in- terés, puesto que, como muy bien sabemos, la posteridad no está exenta tampoco de pasión o de interés cuando hace sus juicios retrospectivos. La obra social de Monner Sans queda así juzga- «da, y su valor cultural queda así establecido; y esa obra es «ejemplar y es plausible. Hagamos llegar a su autor esta san- -ción de su esfuerzo. Evoquemos su imagen; llamémosla a este recinto para que reciba nuestro aplauso... Ahí está; aparece “tal como era: con la figura elegante que el alma artista reviste; «el paso elástico del que sabe adonde va; el ademán desenvuelto del que sabe lo que hace; la frente alta de la mente noble; la mirada límpida de la conciencia recta; la sonrisa dulce del co- razón sensible; y el nimbo de gloria que circunda al que ha cumplido dignamente su misión personal y social en este mundo. ¡Sea para él nuestro aplauso.
El régimen .
La libertad americana en la lengua castellana
Señoras, señores :
Libertad es un concepto tan amplio que ofrece un campo muy vasto a las especulaciones del intelecto. Aun cuando se circuns- criba a la libertad humana, el concepto abarca tanto todavía que ha dado origen a más de un sistema filosófico y a más de una doctrina ética y moral; porque o se afirma o se niega la libertad del hombre ante la naturaleza, entre sus semejantes y consigo mismo. No temáis; no voy a aburriros con una disertación más, que sería la millonésima, sobre un tema de tanta trascendencia. Dejo a los filósofos sus insolubles cuestiones. Admito que sería muy interesante averiguar si el hombre tiene, o no, la facultad de hacer, de elegir y de no hacer; doy la cosa por averiguada y digo que, aun cuando la libertad no exista y lo que gobierna al hombre sea la fuerza soberana de la necesidad, a esa fuerza ciega opone el hombre su voluntad consciente, decidido a rom- per tales ligaduras. Nada importa que este propósito sea vano; por el contrario, la inutilidad práctica del esfuerzo es justa- mente lo que lo ennoblece; queda en pie su idealidad: la aspi- ración del hombre a superar a la naturaleza, porque no se con- forma con ser lo que es, y lucha tesoneramente por ser más de lo que es. Exaltación sublime, porque con ella se acerca el hom- bre a su Creador, aunque no lo alcance. Está en el alma de este pobre ángel desterrado ese afán irrealizable de subir de nuevo al cielo con sus alas cortadas, embarcado en las nubes de sus quimeras; de la misma manera que, como si impetraran a Dios, suben las plantas con sus aromas humildes, y las montañas con sus cumbres arrogantes, hacia el empíreo donde brillan los as- tros con serenidad perenne, chispas etéreas que tal vez no son en esencia sino los anhelos frustrados de nuestros corazones, que tanto más ansían cuanto menos logran.
La libertad de acción y de conciencia es una de estas ansias, la suprema, del hombre civilizado. Sin entrar a considerar, como el filósofo, si la libertad absoluta es o no un mito, el hombre cree en esas libertades relativas, y aplica todas sus fuerzas a conseguirlas. Aspira a la libertad política y a la libertad re- ligiosa para poder sentir, pensar, querer y obrar de tal modo que su vida sea un bienestar constante. Funda, pues, su bienes-
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tar en esas libertades; a tal punto que, cuando le faltan, arras- tra una existencia miserable. Volvamos la vista atrás en el tiem- po, por un momento: echemos una ojeada al viejo mundo eu- ropeo cuando, al iniciarse la edad moderna, se castigaba con la muerte, por pravedad herética, al que no profesaba una reli- gión determinada, y por lesa majestad al que no se sometía al arbitrio de un monarca. Pavoroso es el espectáculo que en el siglo xv1 ofrece toda la humanidad civilizada, desde los países escandinavos hasta el Mediterráneo y desde la Europa oriental hasta el Atlántico. Las tres furias infernales: la rivalidad di- nástica, la ambición imperialista y la intolerancia religiosa man- tienen permanentemente a todos esos pueblos en una vida de agonía extrema, provocando sin tregua guerras tras guerras, ora civiles por el gobierno propio, ora extranjeras por la expansión territorial o por la hegemonía política. No hay trono que no sea objeto de una contienda armada continua; ni hay país rico y débil, como Italia, Alemania y Flandes, que no sea la presa despedazada de los reyes, emperadores y papas que se lo dis- putan a sangre y fuego. Y sobre este campo inmenso de ma- tanzas, como para colmar de horror el cuadro, se alzan innu- merables, en todas partes también, los cadalsos del despotismo real y las hogueras del fanatismo sectario, donde se consuman las hecatombes de Enrique vin, de María Tudor y de Elisabet en Inglaterra, las decapitaciones de Calvino en Ginebra, las de- gollaciones de hugonotes en Francia, las atrocidades del duque de Alba en Flandes, las ejecuciones de la Inquisición de estado en Venecia, y los autos de fe del Santo Oficio en España y en Portugal. Y mientras esto pasa en el suelo, en el subsuelo gimen los miles de enterrados vivos en las mazmorras y en los pozos.
¿Por qué este frenesí de tortura y de exterminio, esta sed in- saciable de sangre y lágrimas? Porque estaba entonces en dis- puta el dominio absoluto del mundo civilizado: el material por los monarcas, el moral por las iglesias; y el arma de esta lu- cha era en ambos terrenos, entre los monarcas y entre las igle- sias, la violencia: la violencia contra la libertad de acción del ciudadano y contra la libertad de conciencia del creyente. Las ciencias y las artes, en pleno Renacimiento, realizaban entonces grandes obras, pero esta cultura espiritual no lograba emanci- par al hombre de sus instintos brutales, y por eso continuaba todavía en la sociedad civilizada el régimen de opresores y opri- midos que constituía la tradición política de la humanidad desde los tiempos primitivos. Y este estado social de violencia, de opresores y oprimidos, en vez de remediar, agravaba para el co- mún de los hombres las dificultades naturales de la vida, mul- tiplicadas entonces por la densidad de la población, la incul- tura del suelo y la destrueción de los bienes acumulados. Los millones de soldados y merodeadores en la guerra, que eran los.
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millones de forajidos y mendigos en la paz, consumían más de lo que producían el pastor, el labrador y el artesano; la tierra esquilmada por los incendios y las devastaciones, los tributos y los impuestos, los diezmos y las primicias, no sustentaba ya a la humanidad, y el hambre crónica era, después de las guerras y las persecuciones, la tercera calamidad reinante en todos los pueblos, y la causa de la predisposición de las masas a la ma- tanza y al saqueo. De esta calamidad del hambre crónica hablan abundantemente los eronistas en sus relatos, las lenguas en sus refraneros y+las literaturas en sus cuadros de la vida de esos tiempos. .
- De pronto, a consecuencia del descubrimiento de América, sobrevino el alivio. Un nuevo mundo de infinita riqueza y de extensión inmensa se ofrecía a la avidez de recursos de los opre- sores y al ansia de libertad de los oprimidos. Los opresores fue- ron los primeros en lanzarse a este Nuevo Mundo para satis- facer en él su codicia; debían disputar al indígena la posesión de las tierras en que vivían y de los tesoros que guardaban, y su arma en tal lucha fué, como en Europa, la violencia ; hicieron sanguinariamente la conquista del territorio, y saquearon des- enfrenadamente los templos, los palacios y hasta los tugurios para arrebañar el oro, la plata y las joyas que había en ellos. Luego, a fin de explotar el suelo y el subsuelo, organizaron el gobierno, dándole por base la europea también: en economía el monopolio, y en política el despotismo, agravado con una nueva institución inicua: la esclavitud del indio y del negro. Entre tanto, para las masas de los oprimidos de Europa, estas violen- cias de América, si acaso las conocían, se atenuaban hasta des- aparecer detrás del espejismo ereado por los relatos fabulosos de la extensión y de la riqueza de las nuevas tierras; visión que les ofrecía un contraste mirífico con la miseria material y mo- ral que los rodeaba: no veían en América sino campos floridos, bosques fruetuosos, minas preciosas, que se extendían sin tér- mino, bajo un cielo no velado como el suyo por los humos de la guerra, en una atmósfera no impregnada como la suya por los vahos de la sangre, sobre un suelo no surcado como el suyo por los arroyos de lágrimas. Y entonces, a mediados del si- glo xvi, repentinamente reventaron, en todos los países atlánti- cos de ese Viejo Mundo, como los raudales de un desborde in- contenible, las corrientes de emigración que traían a esta nueva tierra prometida a los oprimidos de España, de Portugal, de Francia, de Holanda y de Inglaterra; y la civilización fué sen- tando así sus reales en América, desde el San Lorenzo hasta el Plata. Llegaban acá los emigrados, y la libertad ansiada, el ideal irrealizable en Europa, se hacía para ellos una realidad en Amé- rica; porque el absolutismo y el fanatismo, parásitos de la mi- seria económica, morían al oxigenarse sobre este suelo ubérrimo
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en toda clase de dones. Ante esta maravilla, el emigrado quiso ser americano y no europeo; y este anhelo, fruto de la tierra generosa, fué creciendo cada vez más, por obra de la misma tierra, en los hijos de emigrados, y en los hijos de estos hijos progresivamente, hasta que se concretó en una voluntad deter- minada: crear en América un estado social que no tomara de Europa sino lo que se conciliase con un ideal de libertad omní- moda. El americano trabajó, pues, con ardor y tesón durante casi tres siglos, tolerando necesariamente el régimen despótico que lo auxiliaba en su lucha con la naturaleza y que lo ampa- raba en la posesión y el goce de sus bienes; palmo a palmo fué conquistando los campos con el arado, los bosques con el hacha. las minas con el pico; se multiplicó en número, se agigantó en fuerza, y al fin pudo proclamarse independiente, para realizar de inmediato su sueño de democracia en política y de tolerancia en religión; y para emprender más tarde la revisión total de los valores europeos que constituían su cultura colonial. Este an- helo, este esfuerzo y esta obra de emancipación han acabado por caracterizar al americano como tipo específico en la humani- dad civilizada: como hombre libre; y esta condición suya es precisamente lo que justifica su existencia en mundo aparte, en este Nuevo Mundo.
La libertad es, pues, en los americanos la esencia de su natu- raleza, su razón de vida; y de ahí que las manifestaciones de este espíritu se repitan continuamente en la historia de Amé- rica hasta constituir una tradición firme que se extiende desde el San Lorenzo hasta el Plata, y desde los albores del siglo xv1 hasta hoy, y que en la época de la Colonia empieza en los pri- meros conquistadores que se emanciparon de los gobiernos de Santo Domingo, de Cuba y de Panamá, y acaba en el último de los funcionarios de la Corona que se atrevió a escribir al pie de una orden real: «Se acata, pero no se cumple». Reconozco que la historia de América libre registra, sin embargo, manifes- taciones contrarias al espíritu de libertad. ¿Acaso hay cielo sin nubes? Después de la Colonia, el odio de razas ha originado innúmeras matanzas de negros y de indios, y la hostilidad al mestizo y sobre todo al mulato subsiste aún en parte; también ha habido y hay imperialismo en las naciones, y dictadura en los gobiernos; y en el campo de la cultura las demostraciones de vasallaje a los principios y métodos europeos abundan to- davía. Pero tales hechos no son los que prevalecen en la histo- ria; estas manifestaciones del servilismo, del servilismo que es la causa madre de la prepotencia política y de la subalternería intelectual, son puramente episódicas en la obra de independen- cia realizada ya en América, obra que se especifica en las liber- tades sociales prorlamadas por las constituciones de todos sus estados; esos actos de prepotencia y de subalternería son inci-
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dentes que pasan por encima de esta obra trascendental sin al- terarla, como pasan las nubes por la atmósfera sin cambiar el fondo azul del cielo. Como el cielo azul, así es, profundo, cons- tante e inmutable, el anhelo de libertad de los americanos; y este sentimiento es lo que hace que los argentinos, los america- tos de esta parte del Continente, tengamos una aversión instin- tiva, más que reflexiva, a todas las preocupaciones europeas: al odio de razas o de nacionalidades, al imperialismo y al despo- tismo en política, al fanatismo en las creencias, al dogmatismo en los principios, al tradicionismo en las instituciones, a la ru- tina en los procedimientos. Libertad de examen, libertad de jui- cio, libertad de método, es nuestro programa de vida cultural, que completa el de libertad política y religiosa, el de libertad de acción y de conciencia. Libertad, libertad, libertad, es el grito sagrado que nuestro himno hace oír a los mortales, resumiendo en esa triple afirmación estentórea nuestro anhelo supremo como hijos de esta tierra americana.
¡Cuán fuertemente vibra este sentimiento en los hechos y en los dichos de Moreno, Alberdi, Echeverría, Sarmiento, Mitre, López, Gutiérrez y demás creadores de la cultura nuestra! ¡y cuánta luz esparcen esos faros sobre la ruta que debemos se- guir los argentinos hacia la meta de un estado social de alta cultura propia! Ahí, en las doctrinas de ellos, están concreta- dos nuestros anhelos ae libertad en todos los órdenes, todo la que nos toca hacer a nosotros como continuadores de una obra cuyos cimientos, tarea ciclópea, echaron ellos. Y en una de las partes de esta obra, nada hemos hecho todavía. De esta negli. gencia voy a hablaros, ella es el tema de esta conferencia: no hemos iniciado aún la conquista de la lengua, la realización de la libertad americana en el gobierno, extranjero todavía, de nuestra habla castellana.
Dentro de diez años hará un siglo que Alberdi expresó nues- tro primer anhelo de libertad en el régimen de la lengua pro- clamando el principio de que «una lengua es una facultad in- herente a la personalidad de cada nación» (Obras completas, 1, 132). Poco después declaraba Echeverría el mismo sentimien- to: «El único legado que los americanos pueden aceptar y acep- tan de buen grado de la España, porque es realmente precioso, es el del idioma; pero lo aceptan a condición de mejora, de transformación progresiva, es decir, de emancipación» (Obras completas, Iv, 102). Mientras esto dicen Alberdi en Buenos Ai- res todavía, y Echeverría ya en Montevideo, Sarmiento y Ló- pez expatriados en Chile hacen oír también sus voces por el mismo ideal. Sarmiento dice: «Los idiomas se tiñen con los eo- lores del suelo que habitan... Una vez dejaremos de consultar
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a los gramáticos españoles, para formular la gramática hispano- americana... América debe entrar en posesión de su propia len-- gua y adaptarla a la expresión de sus necesidades» (Obras, XIL,. 184; xx1x, 333). Y López dice: «Mi sistema es escribir en la len- gua culta que usamos los argentinos; desde que yo sea entendido por ellos, no tengo que pedirle licencia a la academia de Ma» drid para usar palabras nuestras que todos usamos cultamente y que tienen una acepción propia, clara y establecida entre nos- otros» (transcripción en el periódico La Ondina del Plata, Bue- nos Aires, 9 julio 1876). Y esta ansia de emancipación del ré- gimen español en el uso de nuestra lengua late continuamente en el corazón de nuestros prohombres, hasta que de pronto asume por primera vez formas concretas en un acto tan sorprendente por lo insólito como ruidoso por su trascendencia : el rechazo que hace Juan María Gutiérrez del título de miembro correspon- diente que la Academia española le ofrece.
Examinemos de cerca este hecho, que es la manifestación más: elocuente del espíritu americano ansioso de libertad también en el gobierno de la lengua. Gutiérrez no ha aspirado nunca al título que le presentan; se lo ha discernido la Academia española para demostrarle, con tal honra, que la madre patria apreciaba y re- compensaba su amor entrañable al castellano, su estudio pro- fundo de la literatura española clásica y moderna, y su es- fuerzo para unir intelectualmente a todos los pueblos de Amé- rica mediante compilaciones poéticas y bibliografías de sus es- eritores. Pero no era el deseo de agradar a España lo que mo- vía a Gutiérrez a cuidar el castellano, a convivir con sus lite- ratos y a divulgar sus obras; procedía así porque consideraba al castellano como un bien propio, y tomaba posesión de él en toda forma, y quería demostrar la riqueza de este vínculo de los americanos, y difundir entre ellos sus bellezas. De modo que, al recibir el diploma no pedido ni esperado, pensó que ese tí- tulo iba a trabar su acción de americanista, a impedirla quizá, porque no podría conciliarla con el interés de la Academia espa- ñola; interés adverso a toda forma de americanismo, por cuanta .España ambicionaba establecer una especie de dominio espiri- tual sobre las naciones nacidas de sus colonias de América, En- tonces, al ver el dulce lazo que así se le tendía, Gutiérrez reac- cionó violentamente, estalló como un cohete, según su propia expresión; rechazó el honor que se le hacía, por tres razones fundamentales: porque el americano no podía aceptar la subor- dinación a una tutela europea, aunque fuese espiritual; porque el republicano no podía formar parte de una institución mo- nárquica; y porque el escritor actual en esta parte del mundo no podía reglar el uso de su lengua por los cánones del purismo, que era el uso de esa lengua en otros tiempos y en otra parte del mundo. He aquí sus palabras al respecto, escritas en una
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«carta confideucial dirigida a un amigo: «Tendremos un diecio- nario y una academia que nos gobernará en cuanto a los impul- sos libres de nuestra índole americana en materia de lenguaje... y no escribiremos nada sino pensando en nuestros jueces de Madrid... Yo he cumplido con mi deber... Rehusé del impe- rio (del Brasil) la cruz que me ofrecieron; por razón análoga no he querido el diploma académico... En fin, yo he procedido «como americano libre» (Relaciones históricas, por Vicuña Mac- Kkenna, segunda serie, 1878, p. 976). No fué el acto del re- pudio, ni las razones especiosas cortésmente alegadas por el re- nunciante en su nota a la Academia, lo que dió a este episodio una resonancia que dura todavía; el desaire inferido estaría ya olvidado si hubiera sido un simple incidente, personal. Lo que “ha hecho de la actitud de Gutiérrez en tal cireunstancia un acon- tecimiento de tanta trascendencia que hoy todavía, a los cin- «cuenta años de producido, sigue excitando al sentimiento penin- sular y al nuestro, es el móvil americanista de esa actitud, su -carácter inequívoco de manifestación de un anhelo de libertad . que España no puede considerar sino con gran disgusto y que nosotros no podemos ver sino con infinita complacencia. Por- -que esa actitud es, en substancia, la afirmación categórica del derecho de los americanos a regir su propia lengua castellana.
Desde entonces, desde hace cincuenta años, el anhelo de eman- «cipación de nuestra lengua, expresado como ideal por Alberdi, Echeverría, Sarmiento y López, y concretado en hechos por Gutiérrez, ha estado manifestándose continuamente en nuestros “pensadores como una voluntad argentina. Rafael Obligado fué el más activo exponente de esta voluntad, actitud que, en la «época ya remota de «la cuestión del idioma nacional», le valió a un tiempo los acres denuestos de los puristas, que lo llamaban -««poeta pampeano, salvaje, avestrucero», y los piropos melosos .«de los criollistas, que calculaban ganarlo así, por cuatro caro- zos, para su causa. Otro espíritu rebelde a toda sujeción espiri- tual a España fué Lucio V. López, cuya graciosa sátira, la Epístola por las buenas letras, dice elocuentemente cuál es el «sentimiento argentino al respecto. En fin, para citar uno más de los pensadores de la misma generación : Ernesto Quesada, al «criticar en El problema del idioma nacional el absolutismo del régimen español del castellano, nos recuerda entre líneas que nuestro ideal de emancipación de la lengua no es ya un simple anhelo sino una voluntad argentina.
Entretanto ¿qué hemos hecho, desde Gutiérrez hasta hoy, para realizar esta voluntad? Perder el tiempo en disertar retó- "ricamente sobre el tema, en formular programas inconducentes, en multiplicar las gramáticas calcadas en la española, y en re- “volver las heces de nuestra habla para constituirnos a todo trance “nna característica, aunque fuera inculta; empeño pueril que
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ha producido varios vocabularios pomposamente titulados «ar- gentinos», cuya base es el gauchesco, el cocoliche, el orillero y el lunfardo. Todas estas trivialidades hemos hecho, y nada de lo necesario para asumir el gobierno de la lengua que hablamos y escribimos; y por eso, para no errar en el manejo de ella, te- nemos que recurrir todavía a la gramática y al diccionario es- pañoles o españolados. En esta mezquina y deprimente situa- ción de colonos españoles en la lengua estamos aún los argenti- nos por haber creído que, para ser dueños de nuestro castellano, nos bastaba afirmar esta voluntad y proclamarla a todos vien- tos. No vimos desde el principio, ni lo vemos todavía, que la voluntad necesita un arma para luchar, y triunfar, e imponerse, y realizarse, y que esa arma es la fuerza; la fuerza que en la política se llama “dea, en la economía trabajo, en el arte ins- piración y en la ciencia estudio. No hemos estudiado las formas del régimen tradicional de nuestra lengua; no hemos examinado a fondo los dos libros en que se codifica ese régimen : la Gramá- tica y el Diccionario; no hemos descubierto la estructura dog- mática y empírica de la gramática y del diccionario españoles o españolados, ni nos hemos puesto a cambiar esa armazón eu- ropca, estrecha y autoritaria, por otra liberal y amplia, es decir, americana. Eso era lo que había que hacer, porque la Gramática y el Diccionario son las riendas del manejo de la lengua.
Pero el estudio nos es penoso; y por eso en el presente caso, como en tantos otros, hemos preferido a la observación y a la reflexión la improvisación y el tanteo; y en esto han coincidido los dos bandos que, desde hace cincuenta años, discuten entre nosotros, teóricamente e interminablemente, la cuestión de la lengua. Los revolucionarios han creado el mito del idioma pri- vativo, exclusivo de los argentinos, a cuya realización se llega- ría mediante la degeneración paulatina de nuestro castellano, ocasionada por una saturación suficiente de aportaciones ex- tranjeras y vulgarismos nacionales; y los más audaces sostienen que ese idioma privativo ya existe, o está por existir, tantas son las variaciones que ofrece nuestra habla, comparada con las de otros pueblos castellanos. El estudio habría revelado a estos ilu- sos que, para que una lengua se corrompa por la ignorancia rústica, por la presión extranjera o por la irrupción plebeya, es menester que en ese medio social no haya una clase ilustrada que contrarreste tales avances, ofreciendo en su lenguaje culto ideales más altos, pensamientos más amplios, sentimientos más nobles y modos de decir más bellos que los del campesino, del in- migrante y del compadrito; y el estudio les habría revelado también que la lengua común es una selección de sus formas ge- neralizadas, y no una suma de sus expresiones regionales y lo- cales, porque las particularidades dialectales varían de un lu- gar a otro y no ofrecen por tanto la unidad que la lengua co-
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mún requiere. Y los otros, los conservadores, que tampoco es- tudian, han sostenido por su lado que el cambio de gobierno de la lengua se realizará automáticamente el día que se subs- tituya en América a la Academia española por una academia autóctona. El estudio habría revelado a estos otros ilusos que las instituciones dictatoriales repugnan a la democracia americana; razón por la cual murió al nacer, por falta absoluta de favor público, nuestra Academia argentina correspondiente de la es- pañola, es decir, una entidad nacional subordinada a una enti- dad extranjera, como ha nacido muerto también nuestro fla- mante Instituto de filología, precisamente por ser otra entidad nacional subordinada a una entidad extranjera.
No es por tales caminos por donde vamos a llegar a ser due- ños de nuestro castellano; lo que hay que hacer es tomar las riendas de su gobierno con una gramática y un diccionario americanos que nos libren de la tutela extranjera. Pero estos li- bros no serán americanos por sus caracteres externos: el lugar de la edición, la nacionalidad del autor, el localismo de sus detalles; serán americanos por su plan científico, no empírico, y sobre todo por su espíritu libre del tradicionismo que constituye la medula de la gramática y del diccionario españoles o españo- lados. Nuestro anhelo de libertad exige esta emancipación pro- vocando a cada momento entre nosotros, como acabamos de verlo, manifestaciones persistentes e inequívocas. También re- clama esa emancipación nuestra cultura, porque, si hemos de elevar el nivel social, tenemos que cultivar la lengua, y no es posible cuidar con interés sino lo propio. Usar lo que poseemos en común con otros no es hacerlo propio; para tomar posesión de nuestro castellano debemos ser nosotros quien establezca el régimen de su manejo entre nosotros. Pero no hay régimen sin dominio, ni dominio sin conocimiento, ni conocimiento sin es- tudio. De modo que, para lograr ese régimen, hay que estudiar; y este estudio ha de hacerse en todas partes: en el hogar, que es donde empieza el conocimiento de la lengua, en la escuela, que es donde se desarrolla, y en la tribuna del orador y del escritor. que es dende se perfecciona. Acostumbramos usar la lengua de. una manera mecánica e inconsciente; como una cosa que está er cl dominio de la naturaleza y no en el nuestro, lo mismo que usamos mecánica e inconscientemente el aire que nos alienta y que nosotros no fabricamos, y el sol que nos calienta y que nos- otros no encendemos. No es ése el caso de la lengua; hay que poner conciencia e inteligencia en el uso de ella, porque la len- gua no es un bien de la naturaleza como el sol y el aire; es una obra del hombre, una costumbre social, con formas buenas y malas que debe distinguir todo el que quiera demostrar buen gusto. Lo mismo que el caminar bien, y que el vestir bien, el hablar bien es una cuestión de gusto. Y el gusto se adquiere por
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la educación, y la educación de la lengua se hace por un medio “único, tan eficaz como agradable: la audición de los buenos ora- «dores y la lectura de los buenos escritores. Y en cuanto al len- guaje, son buenos oradores y buenos escritores los que usan la lengua con claridad gramatical, con precisión léxica y con des- envoltura artística en la expresión.
Maravillosa es la influencia emulativa del lenguaje: las cria- turas hablan como las madres que las crían, los alumnos como los maestros que los instruyen, los jóvenes como las niñas que Jos estimulan. ¿Por qué es así? Por lo que he dicho al princi- pio de esta disertación: porque el instinto de subir cada vez más alto está en el alma de todo ser humano. Aprovechemos, pues, la influencia emulativa del lenguaje para que las nuevas Seneraciones adquieran el dominio de la lengua y preparen así la realización de nuestro ideal de libertad en el régimen de ella. Si la madre forma el habla de las criaturas, y el maestro des- arrolla la de los alumnos, y la niña refina la de los jóvenes, es- tudien la madre, la niña y el maestro los recursos del lenguaje «en las obras literarias, que es donde la lengua alcanza su más alta expresión técnica y artística; amplíen su caudal de pala- bras y de giros, adquieran el hábito de hablar no sólo por ne- cesidad sino también por deleite, porque el lenguaje humano es a la vez, como el de las aves, un medio de comunicarse y de -recrearse. Entonces la lengua de la madre no será ya una reta- 'hila de admoniciones inarticuladas como chasquidos de látigo; -ni el lenguaje de la niña será ya un chisporroteo de términos ponderativos y denigrativos, detonantes como cohetes; ni la elo- «cución del maestro será ya una cantilena de aforismos secos y aturdidores como los golpes del martillo sobre el yunque. La lengua de la madre será un arrullo amoroso, la de la niña un <gorjeo atrayente, y la del maestro un canto persuasivo. Y así, cuando nuestro lenguaje familiar y social se haya hecho una «bra consciente y deje de ser una función mecánica, habremos conquistado el dominio de la lengua y habremos tomado en nuestras manos el régimen de ella; con lo que se habrá reali- zado al fin nuestro ideal de libertad americana en la lengua castellana.
La Academia Correspondiente
El sentimiento regionalista, el «amor al terruño» es tan fuer- te en España que priva a veces sobre el interés nacional, pro- vocando manifestaciones singulares, desconocidas en otros paí- ses. Se observa, por ejemplo, al estudiar el castellano, que Es- paña es el único país que tiene permanentemente en juego dos denominaciones distintas para su lengua, una regional impuesta por la historia. y otra nacional exigida por la política; se ob- .Serva asimismo que España es el único país cuyo diccionario consiste en un conglomerado de regionalismos. Desde su primera edición, en 1726, el diccionario de la Academia española tuvo «que acoger provincialismos; y aunque al calificarlos así los des- calificaba, porque hacía saber en la página XIx que «a todas las voces expresivas, y propiamente castellanas, no les añade ca- lificación», la vanidad aldeana vió siempre en la acogida aca- «démica del provincialismo un homenaje de la metrópoli al te- rruño, creyendo que ese calificativo importaba solamente una localización geográfica. Con el andar del tiempo, la Academia misma, en su afán de atesorar riquezas léxicas, fué olvidándose poco a poco de que la lengua de un pueblo es el conjunto de «sus expresiones comunes y no un catálogo de las voces cireuns- criptas a cada localidad, hasta que llegó a pensar que el regio- nalismo formaba parte de la lengua general; entonces resolvió repudiar su misión de promover la unidad del habla, y se puso a cultivar el dialectismo para hacer un léxico rico de cantidad y no ya de calidad. Con tal fin, al comenzar el último tercio del .siglo pasado, ereó la institución de «académicos correspondien- tes», que se asentó en varias regiones de la Península y que poco después, en 1870, se extendió a los países castellanos de América; y sea cual fuere el programa lírico asignado a los aca- .démicos de América, la función real de ellos ha sido siempre una sola: proponer a la Academia la admisión de regionalismos -en su léxico.
El programa lírico resulta de las razones que dió la Aca- -demia, por boca de uno de sus miembros, como fundamento de la resolución de crear las Correspondientes; estas razones cons- tan en el tomo 1v de sus Memorias y son en substancia las si- «guientes: «En virtud de cireunstancias sobrado notorias y dolo-
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rosas para que sea necesario precisarlas, en las más de las repú- blicas hispanoamericanas es más frecuente el comercio y trato con extranjeros que con españoles; y si pronto no se acude al reparo y defensa del idioma castellano en aquellas regiones lle- gará la lengua, en ellas tan patria como en la nuestra, a bas- tardearse de manera que no se dé para tan grave daño reme- dio alguno. ¿Bastarían a impedirlo los esfuerzos de nuestra Aca- demia, hasta hoy felizmente muy estimada y muy respetada en- tre las gentes de letras hispanoamericanas, si no contase con otros medios que sus publicaciones dogmáticas y la colabora- ción individual y aislada de sus muy dignos correspondientes ? No lo ha creído así la Academia... En nuestra época el prin- cipio de autoridad, si no ha desaparecido, está por lo menos grandemente debilitado: todo se discute, y a nada se asiente sin previo examen; por desdicha, basta con frecuencia que la auto- ridad afirme para que la muchedumbre niegue. Cierto que en materia literaria el triunfo es casi siempre de la Academia, por- que rara vez pronuncia fallo que muy fundado no sea; pero cierto también que no son pocas las ocasiones que ha tenido que rendirse al uso, y que consagrar con su sanción más de un vo- cablo y de un modismo a que, con razón de sobra, comenzó por oponerse. Y si tal sucede aun dentro de casa, es evidente que más es de temer a la distancia de su esfera de acción, y donde no tiene más derecho a que se la escuche que aquél que la ra- zón lleva a todas partes consigo. Verdad es que cada uno de nues- tros ilustrados y celosos correspondientes de América procura y seguirá procurando, sin duda, en el lugar de su residencia, propagar y arraigar las buenas doctrinas de la Academia res- pecto a la lengua; pero no cabe tampoeo desconocer que los es- fuerzos individuales, por grandes y útiles que los supongamos, serán insuficientes al fin deseado... Hoy, pues, que la Acade- mia nada monopoliza, y acaso nada más que su tradición lite- raria representa, con estos únicos y valederos títulos, «llamando a todos y oyendo a todos», debe y puede pugnar por que en el suelo americano el idioma español recobre y conserve, hasta donde cabe, su nativa pureza y grandilocuente acento. Para ello le ha bastado sólo una reforma, grave y trascendental sin duda, pero que, partiendo de lo existente, para mejorarlo, cabe dentro de la naturaleza y legales límites de su instituto : acordó la crea- ción de academias de la lengua castellana o española, como co- rrespondientes suyas y a su semejanza organizadas».
Nuestro país estuvo entre los primeros que se vieron favore- cidos con esta delegación; en 1873, la Academia española nom- bró individuos suyos, en calidad de correspondientes, a Juan B. Alberdi, Vicente F. López y Juan M. Gutiérrez. Poca suerte tuvo en tales nombramientos. Alberdi se declaró contra la tutela académica en América diciendo que «no puede un país sobe-
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rano dejar en manos del extranjero el magisterio de su lengua» ; López se encogió de hombros y dijo: «No tengo que pedirle li- cencia a la Academia de Madrid para usar palabras nuestras»; y Gutiérrez rechazó el título, ostensiblemente porque no podía colaborar en la empresa de poner trabas puristas a la libre ex- presión del pensamiento, y en el fondo porque, como republi- cano, no quería formar parte de una institución monárquica, y como americano no quería rendir vasallaje espiritual a una au- toridad extranjera. Fuerte impresión debió causar a la Acade- mia este desaire, porque se mantuvo tres lustros sin volver a acordar a un argentino el favor de su título de correspondiente; hasta que, en las postrimerías del siglo, salió de pronto de su cornucopia una chorrera de nombramientos que recayeron en Carlos Guido y Spano, Rafael Obligado, Estanislao S. Zeballos, Bartolomé Mitre, Calixto Oyuela, Vicente G. Quesada, Angel J. Carranza, Ernesto Quesada, Luis L. Domínguez y Carlos M. Ocantos. Estos favores, tan espontáneos como los anteriores, fueron produciéndose sucesivamente, entre 1889 y 1898, y no tuvieron más efecto que causar la sorpresa consiguiente al fa- vorecido, quien por lo general no hacía declaración alguna al respecto; por lo que el hecho no trascendía al público ni en forma de noticia ni de comentario.
Al iniciarse esta serie de nombramientos, en 1889, se hizo una tentativa para organizar la Academia Argentina Correspon- diente; pero el esfuerzo se frustró por falta de apoyo en los círeulos literarios. Mientras Rafael Obligado, que era el padrino de la idea, argúía que la Correspondiente sería «un baluarte contra la corrupción de la lengua» y «enriquecería con argen- tinismos al léxico académico», Juan A. Argerich replicaba que la Correspondiente sería «antipatriótica, perfectamente inútil y descaminada», y pedía que «no delegáramos nuestra so- beranía intelectual en elementos que no tenían con nosotros sino un remotísimo parentesco»; y Mariano de Vedia decía: «Niego la necesidad y la conveniencia de una academia que nos espa- ñolizaría». Poco después, en 1892, se produjo el ruidoso fra- caso de la gestión de Ricardo Palma ante la Academia española en favor del peruanismo, y esta repulsa, que empañaba el bri- llo del título de académico correspondiente de esa corporación, no pasó inadvertida para nosotros... En diversas ocasiones, antes y después de los infructuosos esfuerzos de Obligado y de Palma para dar a su título el valor de un cargo, Francisco A. Berra, Vicente G. Quesada, Alberto del Solar, Lucio V. Mansi- lla y Estanislao S. Zeballos recomendaron la conveniencia de establecer la Correspondiente; pero sus voces no tuvieron eco.
Aunque esta experiencia de treinta años había demostrado ya suficientemente que el espíritu argentino rechazaba la vin- culación ofrecida, porque la juzgaba impropia e inútil, la Aca-
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«demia española no cejó en su empeño de crearla; y en la pri- mera década de este siglo reanudó la serie de sus nombramien- tos, favoreciendo con ellos a Eduardo Wilde, Pastor S. Obli- gado, Santiago Estrada, Joaquín V. González, Belisario Roldán y Marco M. Avellaneda, quienes encontraron cómodo asumir con tal motivo la misma actitud pasiva de sus predecesores. Y «de esto resultó que, en el espacio de cuarenta años, la Acade- mia española había llegado a nombrar diecinueve académicos «argentinos, sin que en tan largo período uno solo de ellos hu- .biera presentado nunca a esa corporación el menor trabajo para retribuir el honor aceptado y justificar el título recibido. Pero la Academia persistió en su propósito, y con motivo del cente- nario de 1910 envió a Buenos Aires a don Eugenio Sellés, quien, secundado por nuestros círeulos oficiales, atentos entonces a “promover todo género de manifestaciones fraternales con España, logró que los correspondientes, en número de once «entonces, se constituyeran en cuerpo «bajo el alto patrocinio y con la augusta presencia de Su Alteza Real la Serenísima Señora Infanta de España, Doña María Isabel Francisca de Borbón, que dió su venia para ello», según reza la antidemo- crática acta respectiva.
Presidida por Vicente G. Quesada, con Calixto Oyuela como secretario, esta Academia tenía por miembros a Carlos Guido ¿y Spano, Rafael Obligado, Estanislao S. Zeballos, Ernesto Que- .sada, Carlos M. Ocantos, Eduardo Wilde, Pastor S. Obligado, «Joaquín V.. González y Belisario Roldán. Pero el único que hizo trabajo efectivo en ella